La fiebre
«La fiebre» es, sin duda, la mejor serie de 2024 y, probablemente, se recordará como una de las tres mejores series sobre política de lo que va de siglo.
Sólo la comunidad organizada puede generar un mejor modo de vivir
«La fiebre» es, sin duda, la mejor serie de 2024 y, probablemente, se recordará como una de las tres mejores series sobre política de lo que va de siglo.
Un experimento con IA que nos está sirviendo para descubrir nuestros propios sentimientos morales.
El fin de los bares y casas de comidas en las grandes ciudades y su sustitución por restaurantes y bares de cadenas y fondos de inversión reduce y dificulta las formas en que la gente puede conocerse y cambia por tanto el objeto y el alcance de lo que pueden hacer juntos. ¿Qué alternativas podemos poner en marcha?
¿Qué es el «radical cooperativism» (literalmente «cooperativismo radical»)? ¿Qué aporta el debate estadounidense al futuro de las cooperativas?
Cuando buscas en Google «comunidad de trabajo» los resultados son verdaderos «click baits» que tratan de algo que llaman erróneamente «trabajo comunitario». Hablan del oficio de «trabajador social», las acciones de voluntarios de ONGs o las penas de trabajo en beneficio de la comunidad, pero nunca de qué es una «comunidad de trabajo» ni de en qué consiste el verdadero «trabajo comunitario», una institución tan universal y antigua como los propios comunales.
Hace 36 años «Islands in the Net», de Bruce Sterling, enunció por primera vez el sueño de un cooperativismo transnacional capaz de ofrecer a sus miembros una alternativa que encarara simultáneamente la erosión de la cohesión social que despuntaba entoces con Reagan y Thatcher y la fractura, que crecía sin parar desde la postguerra, entre las condiciones generales de vida y acceso a los recursos y el conocimiento en los países más capitalizados y el resto.
Tras recibir las primeras muestras de interés y disponibilidades de fechas, publicamos una propuesta abierta para discutir contenidos, temas y referencias con vistas a septiembre.
Fragilidad, miedo, sentimiento de pequeñez e inferioridad, victimismo, excepcionalismo permanente, renuncia a la comprensión del otro... todo lo peor que definía a cada identidad nacional frente a las demás, justificando un orden internacional en conflicto y barbarie eterna, se traslada inevitablemente a las identidades imaginadas creadas a su imagen y semejanza, produciendo un ambiente polarizado, particularista e invivible. Un modo de identificación con los propios y convivencia con los distintos basada, como la de los relatos nacionales, en la memoria y revitalización constante del agravio sobre la «propia» comunidad imaginada.