El adlerianismo, ciencia para la comunidad
El adlerianismo original era mucho más que una psicología clínica. Alfred Adler entendía el compromiso político, la acción social y la actividad terapéutica como una única misión, llevando su hacer a las calles de Viena, a las escuelas y a las familias trabajadoras. No se trataba solo de atender el sufrimiento individual, sino de transformar el entorno para satisfacer las necesidades humanas universales.
En «Die Geschichte der Psychosomatik in Österreich» (SpringerLink, 2024) vemos claramente como el adlerianismo se desarrolla en la práctica comunitaria de la Viena Roja.
- Abriendo más de 30 centros de orientación infantil donde se atendía gratuitamente a familias.
- Creando ambulatorios infantiles para cuidar la salud física y mental de los niños de familias trabajadoras.
- Organizando Escuelas de verano que sacaban a los niños de familias trabajadoras de la ciudad para llevarlos a entornos saludables, bajo el lema «Luz, aire y sol».
- Creando una Escuela de trabajo (Arbeitsschule), donde se formaba en el aprendizaje y el trabajo cooperativo: «con los compañeros, no contra ellos».
Además, los pupilos de Adler fueron pioneros en terapia de grupo en las escuelas vienesas, mucho antes de que la figura del psicólogo escolar se extendiera de forma casi generalizada en Europa y EEUU.
El resurgir comunitario
Hoy, tras décadas de individualismo salvaje, la necesidad de reforzar lo comunitario se ha convertido en una demanda social que permea las instituciones civiles y la cultura. Emerge con fuerza el deseo de comunidad, de pertenencia real, de construir tejido vecinal y social. Hay un anhelo colectivo que abre una oportunidad única para el adlerianismo. Lo vemos en campos tan diferentes como la religión, la economía o la literatura... y por supuesto, en la práctica pionera de algunos adlerianos.
En el mundo religioso
El panorama religioso es muy sensible a los cambios en el sentimiento comunitario en el espacio social. A nivel anecdótico, catalizada por el Año Jubilar de San Francisco entornos que hubieran resultado insospechados hace tan sólo unos meses, las taus de madera o plata proliferan. Las llevan padres y madres de mediana edad, jóvenes que no frecuentan parroquias ni organizaciones católicas, trabajadores de todo tipo hasta ahora aparentemente ajenos a ningún fenómeno religioso distinto de las celebraciones tradicionales.
Es inevitable no pensar en el Negri de Imperio, quien veía en San Francisco una referencia histórica para una moral subversiva propia del siglo XXI que se asentara y alimentara un proceso de «formación de aparatos cooperativos de producción y comunidad». No es la única señal que marca una reorientación del zeitgeist. Seguramente no sea casualidad que en Asís se hayan realizado ya dos ediciones, la última el mes pasado, del Festival de la Administración Compartida de los Bienes Comunes (Festival dell'Amministrazione condivisa dei beni comuni), un foro sobre comunales impulsado por las principales ONGs y cooperativas comunitarias italianas.
Ese es el marco inmediato de la última Encíclica papal, Magnifica Humanitas, un desarrollo de la Doctrina Social de la Iglesia católica que vuelve a poner el trabajo y la comunidad en el centro. Supone un rearme de la acción social de la Iglesia en un momento de cambio geopolítico y social global en el que el neoliberalismo y sus supuestos morales han quedado tan caducos que hasta el partido Republicano de EEUU abomina públicamente de ellos.
Y es que la demanda de comunidad no es sólo un fenómeno católico. De hecho su base social se ve cada vez más atraída, tanto en América como en Europa por denominaciones cristianas que ponen el centro en la construcción comunitaria. No es casualidad que en su visita a Madrid...
El Papa va a pisar, literalmente, la trinchera evangélica, significando dónde y cómo se localiza la fuga de los cristianos hacia otras variantes heterodoxas que proliferan en las Américas y Filipinas.
La Comunidad de Madrid cuenta ya con 1.187 templos evangélicos frente a 481 parroquias católicas. En cinco años han crecido un 62%. Se abre uno nuevo cada cuatro días. (...) La diáspora de ultramar (...) ha encontrado en el pentecostalismo todo aquello que el catolicismo institucional ya no sabe administrar: una comunidad inmediata (...). La administración concede citas; el pastor otorga pertenencia.
En la economía
En España, según datos del Ministerio de Trabajo, sólo en 2025, se crearon 1.107 cooperativas de trabajo asociado. El conjunto de las cooperativas inscritas en la Seguridad Social cuenta con 8.577 trabajadores más que en 2024, con un total de 343.634 empleos directos.
Las cooperativas de trabajo forman el núcleo duro, el de mayor compromiso comunitario, de la llamada Economía Social, que a su vez significa según el INE el 11,1% del PIB español, es decir, una cifra equivalente a cuatro veces todo el sector primario (agricultura, ganadería, pesca, minería...) y aproximadamente el doble del sector de la construcción.
¿Pero de qué estamos hablando? ¿Cómo define la ley a la economía social?
Se denomina economía social al conjunto de las actividades económicas y empresariales, que en el ámbito privado llevan a cabo aquellas entidades que, de conformidad con los principios recogidos en el artículo 4, persiguen bien el interés colectivo de sus integrantes, bien el interés general económico o social, o ambos.
Los principios, según el artículo 4 de la ley, son:
- Primacía de las personas y del fin social sobre el capital, que se concreta en gestión autónoma y transparente, democrática y participativa, que lleva a priorizar la toma de decisiones más en función de las personas y sus aportaciones de trabajo y servicios prestados a la entidad o en función del fin social, que en relación a sus aportaciones al capital social.
- Aplicación de los resultados obtenidos de la actividad económica principalmente en función del trabajo aportado y servicio o actividad realizada por las socias y socios o por sus miembros y, en su caso, al fin social objeto de la entidad.
- Promoción de la solidaridad interna y con la sociedad que favorezca el compromiso con el desarrollo local, la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres, la cohesión social, la inserción de personas en riesgo de exclusión social, la generación de empleo estable y de calidad, la conciliación de la vida personal, familiar y laboral y la sostenibilidad.
- Independencia respecto a los poderes públicos.
Es decir el 11,4% de lo producido por la económica española se da ya en un marco prácticamente opuesto a la concepción y modelo de negocio que el gerencialismo nos ha vendido como el único posible. Un marco protagonizado por la misma triada comunidad-trabajo-bien común que moviliza los anhelos de cada vez más personas.
La literatura
Desde el resurgir de la novela policiaca clásica inglesa a la aparición de nuevos géneros que hacen relatos comunitarios de futuro como el Solarpunk, vemos en la literatura una tendencia creciente a reconsiderar lo comunitario, presentado durante las oscuras décadas neoliberales casi exclusivamente desde las perspectivas del peligro sectario y la exaltación del individualismo contra las lealtades familiares.
De hecho, un autor tan importante en las letras inglesas como William Boyd ha inaugurado una serie de la que ya han aparecido dos títulos (La luna de Gabriel y The Predicament ) en la que un terapeuta adleriano representa y ayuda a la búsqueda de sentido del protagonista.
Incluso en el audiovisual tanto en Europa (recordemos la impresionante La Fiebre de Eric Benzekri) como en EEUU (con Earth Abides), los nuevos relatos son prácticamente manuales para la creación de comunidad.
En la propia práctica adleriana en otros países
En Canadá, la Adler University está trabajando con la First Nations Health Authority para formar profesionales de la salud mental para poder trabajar con comunidades indígenas. El proyecto utiliza la técnica adleriana de trabajo comunitario para servir de puente cultural. En Ucrania un equipo de psicólogos ha propuesto utilizar herramientas adlerianas de afrontamiento comunitario para canalizar la angustia hacia la acción colectiva y prevenir el trauma vicario.
¿Qué aprendemos de todo ésto?
Lo que vemos en el auge de clubes de lectura, de los proyectos de economía social y solidaria, en el crecimiento de las cooperativas en Francia, Italia o EEUU, en las redes vecinales de cuidados que brotan en los barrios tiene un nombre: hambre de comunidad.
El espíritu de la nueva época no es «encontrarse a uno mismo» sino encontrarnos con los demás.
Es el momento de poner el espíritu comunitario en el centro de la conversación pública. Y también de atrevernos a sacar la práctica adleriana fuera de la consulta, a los barrios, las redes vecinales y los acompañamientos comunitarios. Es hora de que el adlerianismo vuelva a pensar en las personas como fines que encuentran su sentido en comunidad, no como clientes a los que atiende aislados.