Imaginación, estilo de vida y abundancia
La psicóloga adleriana Victoria Armet presentó ayer un avance de su tesis doctoral, titulada «La función de las fantasías en la psique». Fue una conversación fascinante que nos obligó a repensar qué hacemos realmente cuando nuestra mente se ausenta del aquí y ahora. Nos llevó a una reflexión: el maximalismo no es solo una cuestión de producir más, sino de imaginar mejor. Se trata de atrevernos a soñar con un mundo donde la tecnología y la comunidad se entrelacen para que cada individuo pueda encontrar su lugar de valor y pertenencia. Y después, con los pies en la tierra, poner manos a la obra para construirlo.

El domingo asistimos a una nueva sesión del Adler Café, el espacio de encuentro organizado por la AEPA . En esta ocasión, la psicóloga adleriana Victoria Armet nos presentó un avance de su tesis doctoral, titulada «La función de las fantasías en la psique». Fue una conversación fascinante que nos obligó a repensar qué hacemos realmente cuando nuestra mente se ausenta del aquí y ahora.
Lejos de entender la fantasía como una simple evasión o un desperdicio de tiempo, Armet, apoyándose en los pioneros Jerome L. Singer y Eric Klinger, la sitúa en el centro de la vida psíquica. Y lo que es más importante para nosotros, la conecta directamente con el concepto nuclear de la psicología individual: el estilo de vida.
El ser humano, habitante de dos mundos
Vivimos de forma constante en dos planos. Estamos expuestos a dos fuentes de información simultáneas: el mundo exterior (la realidad compartida, las tareas de la vida) y el mundo interior (nuestras ensoñaciones, nuestro teatro privado). La propuesta de Armet es clara: la fantasía no es un mero decorado, sino un motor que nos impulsa hacia la persecución de metas. Es la función motivacional por excelencia, la que nos permite evocar emociones y movilizarnos.
Para Adler, «el ser humano vive en el reino de los significados». No habitamos la realidad objetiva, sino la interpretación que hacemos de ella. Y las fantasías son una de las vías privilegiadas para acceder a ese reino, a esa interpretación íntima del mundo. Nos permiten responder, una y otra vez, a la pregunta fundamental: ¿cuál es mi lugar de valor y pertenencia?
La fantasía sería así la expresión simbólica del estilo de vida, entendiendo este último, en palabras del propio Adler, como la actitud global del individuo hacia la vida, incluyendo sus metas, su autoconcepto y su visión del mundo.
Las múltiples funciones de nuestro teatro interior
Para comprender mejor por qué fantaseamos, Eric Klinger nos ofrece una clave poderosa: el concepto de preocupaciones actuales (current concerns). Sostiene que todos arrastramos, de forma continua, una serie de metas y compromisos no resueltos, desde los más triviales (recordar comprar leche) hasta los más vitales (encontrar una nueva carrera). Este estado motivacional opera en gran medida de forma inconsciente, pero actúa como un filtro o un radar: sensibiliza nuestra atención para captar cualquier estímulo relacionado con esa preocupación. La consecuencia es directa: nuestras ensoñaciones y pensamientos espontáneos están constantemente teñidos y dirigidos por esas metas no resueltas. Fantaseamos, en definitiva, sobre lo que nos importa.
Partiendo de esta base, Victoria Armet desgranó las funciones específicas de estas fantasías, dotándolas de una profundidad que va mucho más allá del simple soñar despierto:
- Función vincular: La imaginación opera como un lugar seguro. En ella, recreamos experiencias de pertenencia, de conexión y reconocimiento interpersonal que quizás no están disponibles en la realidad. El deseo de pertenecer con valor se torna real, aunque sea por un instante.
- Función moduladora: Nos permite escapar del estrés, modula nuestros estados emocionales y ayuda a restablecer el equilibrio psicológico. Es una válvula de escape necesaria para la higiene mental.
- Función identitaria: En nuestras ensoñaciones ensayamos versiones del yo. Probamos quiénes podríamos ser, qué decisiones podríamos tomar, antes de dar el salto al mundo real.
- Función reparadora: Quizás una de las más conmovedoras. La fantasía nos permite reescribir escenas dolorosas. Lo hacemos cuando repetimos una discusión en nuestra mente, cuando ponemos límites que no pusimos, cuando cerramos diálogos que quedaron abiertos. Nos permite recuperar dignidad y equilibrar sensaciones que la realidad dejó descompensadas.
- Función existencial: Finalmente, la fantasía nos conecta con el futuro. Da coherencia a nuestro estilo de vida, expresa nuestras metas y la dirección que queremos tomar. Cada individuo necesita sentirse válido y con un lugar en el mundo; la fantasía es el ensayo general de esa vida con sentido.
Conviene señalar la importancia de distinguir la fantasear de divagar o rumiar. Mientras esta última es un bucle sin salida que atrapa la mente, la fantasía, aunque recurrente, es constructiva: fantaseamos sobre lo que nos preocupa, sí, pero también sobre lo que deseamos y sobre las soluciones que imaginamos.
De la imaginación individual a la construcción colectiva
¿Qué hacemos con todo esto? Nuestro marco de la abundancia opera en dos ámbitos: el productivo y digital (el maximalismo como exploración tecnológica) y el comunitario (el adlerianismo como brújula comunitaria). La fantasía, sería uno de los puentes que conecta ambos.
- En el ámbito digital y productivo: Si las herramientas no son neutrales y moldean nuestro trabajo (como exploramos en nuestro artículo sobre Enlil), las fantasías colectivas también lo hacen. La ciencia ficción, que tanto nos inspira (como en Viaje desde el ayer), no es sino un depósito de fantasías compartidas sobre el futuro. Una sociedad que no es capaz de imaginar tecnologías al servicio de la comunidad, infraestructuras públicas digitales o comunales universales, está condenada a reproducir una y otra vez la escasez del presente.
- En el ámbito social y comunitario: La función vincular y reparadora de la fantasía adquiere una dimensión profundamente política. Cuando imaginamos nuevas cooperativas funerarias, o cuando pensamos en proyectos que otorguen a los jóvenes un lugar real de utilidad social, estamos traduciendo una necesidad de pertenencia en una acción real. Nuestra preocupación actual más profunda —el anhelo colectivo de un mejor modo de vivir— se convierte en el cauce por el que discurren nuestras fantasías compartidas, guiándonos hacia proyectos comunitarios que encarnan, en la práctica, la posibilidad de la abundancia.
Integrar la esperanza: una nueva forma de hacer
Lo que nos llevamos de la conferencia de Victoria Armet es una certeza reconfortante: la fantasía no es una fuga del mundo, sino una forma de hacerlo habitable. Refuerza lo que protege nuestro estilo de vida, y si somos capaces de hacerla consciente y, sobre todo, de compartirla, también puede expandirlo.
Integrar esta mirada en nuestra práctica cotidiana significa:
- Validar la imaginación como una fuente legítima de datos sobre lo que realmente nos importa, tanto como individuos y como comunidad.
- Entender que toda gran transformación —el cooperativismo, la comunidad organizada, la abundancia compartida— comienza como una fantasía en la mente de unas pocas personas.
- Crear espacios donde las fantasías colectivas puedan ser contadas, escuchadas y, eventualmente, convertidas en proyectos y esperanza.
Porque, al final, el maximalismo no es solo una cuestión de producir más, sino de imaginar mejor. Se trata de atrevernos a soñar con un mundo donde la tecnología y la comunidad se entrelacen para que cada individuo pueda encontrar su lugar de valor y pertenencia. Y después, con los pies en la tierra, poner manos a la obra para construirlo.