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Por qué el sistema da por perdidos a los jóvenes

Acéptenlo, los jóvenes están enfadados -y con razón- porque quieren ser socialmente útiles y personalmente autónomos y no les dejan. Si facilitamos herramientas para conquistar el trabajo y la soberanía personal no se verán atraídos en masa a la ludopatía cripto ni la desesperanza; si tienen oportunidad de viajar como cooperantes a proyectos reales de infraestructuras básicas en las que puedan poner en utilidad lo que estudiaron -desde la FP básica a las ingenierías- plantarán cara a las racistadas cuando vuelvan; si les dan un lugar real en la protección civil, no un chaleco y una gorra para tenerlos de pasmarotes, preferirán poner el cuerpo a jugar a las tormentas tuiteras; y si pueden rehabilitar casas y llevar vidas mejores repoblando y recuperando el territorio, no acumularán odio en cada pago del alquiler madrileño, zaragozano o sevillano.

Por qué el sistema da por perdidos a los jóvenes
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¿Por qué los políticos dan por perdidos a los jóvenes?

Según las encuestas que están manejando los medios en las elecciones aragonesas Vox sería hoy el partido favorito de los menores de 45 años en la región.

encuestas, jóvenes

Nadie que esté a pie de calle se sorprende a estas alturas. Desde las aulas a los talleres, son muchos los jóvenes que están virando a la extrema derecha en España. Desde el entorno de los partidos sistémicos culpan a la cultura de las redes sociales y al juego perverso de los bulos y los debates vacíos (al que juegan todos).

Pero desde el punto de vista programático todo lo que parecen sacar en claro son propuestas punitivas -prohibir las redes sociales a menores de dieciseis años por ej- o retractaciones por los hechos de políticas públicas de fondo (cooperación al desarrollo, sin ir más lejos). Todo menos presentar programas de juventud reales capaces de darle la vuelta a las cosas. Cuando los periodistas preguntan, emerge la realidad: dan por perdidos a los jóvenes.

Pero si nos fijamos en los síntomas y nos centramos en las causas más evidentes de la ira juvenil podemos aprender y ofrecer algo.

¿Qué hace de las redes sociales un infierno?

La cacareada cultura tóxica de las redes sociales, no es más que la generalización en ciertos entornos digitales de una actitud de desprecio violenta e incívica. Por supuesto que los partidos políticos han contribuido con gusto a ella, como lo han hecho a la conversión del debate político en televisión a los modos de los peores contenidos basura de la prensa rosa. La práctica del troleo, el zasca y el linchamiento moral les pareció estupenda mientras era parte de su batalla por las redes.

No se dieron cuenta -o no quisieron darse cuenta- de que en realidad estaban dando paso a una nueva forma de pertenencia. Mostrando al que se sentía despreciado -y muchas veces despreciable- que ejercer el desprecio a aquellos que le contradecían, soltar un puf y mirar por encima del hombro, sin molestarse en argumentar ni valorar argumentos más allá de las consignas del momento o del relato conveniente -verdadero o falso-, era una forma de ser reconocidos por fin como iguales. Inevitablemente, tras casi veinte años alimentando a la máquina, esto arrasó con la deliberación online, convirtió el sesgo de confirmación en criterio de verdad y el sectarismo extremo en forma normal de afirmación personal en cualquier conversación política.

Ahora, cuando la historia que se adopta, bajo la misma lógica es un bulo antivacunas, un ataque demagógico a políticas públicas de toda la vida o un cuento demencial y ad hominem sobre tal o cual personaje político público, llegan las madresmías. Pero ninguno de los que se rasgan las vestiduras parece reparar en lo evidente: el suelo fértil sobre el que crece la extrema derecha es la percepción de ser tratados como despreciables que sufre buena parte de una generación que ha sido la de edad de emancipación más tardía, la más precarizada y la que más difícil ha tenido conquistar el trabajo de todas las presentes hoy.

Cómo podemos ayudar a superar el sentimiento de desprecio que sufren los jóvenes

No nos engañemos, la dinámica del desprecio es otra forma de llamar a la desesperanza.

Estamos ante una crisis de la esperanza. En particular la idea de que las propias acciones, individuales o colectivas, sirven para cambiar las cosas y ganar un espacio, individual o colectivo, en un futuro mejor.

La demanda implícita no es de redes de seguridad. La demanda implícita es de modelos de éxito alternativos tanto a la desesperación airada como a los pelotazos que -como las cripto- sirven de cebo y justificación al sálvese quien pueda que exhala un mundo cada vez más decadente y hostil. Modelos de éxito que pasan necesariamente por un nuevo modo de vivir.

Y si de lo que se trata es de crear y hacer posibles modelos reales de éxito que no sean antisociales, el camino no va precisamente por los cuidados y el victimismo. No en esta época.

La esperanza colectiva no se construye desde la lírica sino desde la épica, no pide ironías posmodernas sino mostrar al común que debe tomarse lo común muy en serio. Y apostar por ello.

Esto quiere decir que cosas como el cooperativismo (no los discursos melifluos sobre la economía social), el voluntariado organizado para responder a catástrofes -no van a faltar dado el abandono de infraestructuras y la evolución del clima-, la rehabilitación y repoblación de los pueblos, o la cooperación internacional, son precisamente las vías por donde se puede dar cauce a las necesidades de acción colectiva y pertenencia que, insatisfechas, alimentan monstruos de todo tipo.

Acéptenlo, los jóvenes están enfadados -y con razón- porque quieren ser socialmente útiles y personalmente autónomos y no les dejan. Si facilitamos herramientas para conquistar el trabajo y la soberanía personal no se verán atraídos en masa a la ludopatía cripto ni la desesperanza; si tienen oportunidad de viajar como cooperantes a proyectos reales de infraestructuras básicas en las que puedan poner en utilidad lo que estudiaron -desde la FP básica a las ingenierías- plantarán cara a las racistadas cuando vuelvan; si les dan un lugar real en la protección civil, no un chaleco y una gorra para tenerlos de pasmarotes, preferirán poner el cuerpo a jugar a las tormentas tuiteras; y si pueden rehabilitar casas y llevar vidas mejores repoblando y recuperando el territorio, no acumularán odio en cada pago del alquiler madrileño, zaragozano o sevillano.

Por esta banda, estamos en nuestra pequeña escala, intentando hacer todo eso y algo más. ¿Te unes? Nos da igual tu edad.