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La IA y la abundancia en la ciencia ficción

Buscando inspiración en la ciencia ficción para adelantar la relación entre IA y abundancia, volvemos a un clásico de 1982: «Viaje desde el ayer», o como una IA adleriana educa de cero a una nueva generación fundando una sociedad de abundancia.

La IA y la abundancia en la ciencia ficción

Como sabéis los que nos leéis y escucháis regularmente, estamos trabajando sobre el aporte de la IA a la abundancia. Es evidente desde la perspectiva de la producción, pero nos interesa mucho también como puede transformar la cultura cotidiana -en un sentido u otro- según los contextos de uso (producción, consumo, aprendizaje...).

En esa búsqueda volvimos a un viejo clásico de la ciencia ficción: Viaje desde el ayer, de James Hogan. En ella narra el reencuentro entre entre una misión militar enviada desde la Tierra -que sigue bajo el sistema actual y en una competición entre bloques militares que es la que da pie al envío de la misión- y unos colonos humanos que han nacido en el lejano planeta «Quirón». Cuando se envió la misión original a Quirón, no existían tecnologías capaces de mantener humanos con vida durante largos periodos, así que enviaron embriones y robots IA que los criaron

La cuestión, y ésto es lo inspirador, es que la IA no deja de ser una máquina estadística alimentada por la cultura universal, así que establece la colonia sobre valores universales de abundancia, comunidad y responsabilidad colectiva, realizando además una crianza explícitamente adleriana:

Los primeros quironeses no conocieron padres de carne y hueso. Fueron criados por robots pedagógicos, diseñados para garantizar la supervivencia y el desarrollo autónomo de la colonia. Aquellas máquinas, programadas con los principios de cooperación, racionalidad científica y respeto por la vida, enseñaron a los niños a observar antes de actuar, a deliberar antes de decidir y a anteponer siempre el bienestar colectivo al impulso individual. No había premios ni castigos arbitrarios: sólo consecuencias explicadas y comprendidas. Así se forjó la primera generación, bajo una ética de responsabilidad compartida y confianza en el conocimiento.

El resultado de una sociedad fundada así es la abundancia. En Quirón la producción está totalmente automatizada y la realización personal de los quironeses consiste precisamente en aportar a la abundancia general mediante su trabajo libre. No aparecen megaciudades ni cinturones industriales, no existe división del trabajo, ni dirigentes ni sometidos, ni clases sociales, ni proletariado urbano ni campesinado separado, la producción está automatizada y distribuida, la vivienda y el trabajo no están espacialmente segregados y Naturaleza y tecnología forman una continuidad.

—Supongo que todo esto os parecerá extraño, gente —dijo Rastus—. Pero como las máquinas proveían de todo en los días en los que los fundadores crecieron, la idea de restringir el suministro de cualquier cosa jamás se le ocurrió a nadie. No había ninguna razón para hacerlo. Hemos seguido así desde entonces. Ya os acostumbraréis.

En conjunto nos habla de formas de abundancia hoy ya posibles. A fin de cuentas la energía solar tiene coste marginal cero y debería ser gratuita si el sistema de subastas eléctricas no generara escasez obligándonos a pagarla a precio de gas natural. A partir de esas fuentes de energía abundantes hacen crecer una economía realmente circular y pequeña escala.

El subcomplejo de extracción de metales hacía uso de las altas temperaturas de fusión disponibles in situ para reducir el agua de mar, rocas comunes y arenas, y todo tipo de desechos industriales domésticos a un plasma de iones elementales de gran carga que luego eran separados de manera limpia y simple mediante técnicas magnéticas; era algo así como un espectrómetro de masas a escala industrial.

En el subcomplejo químico se formaban una serie de productos como fertilizantes, aceites, combustibles y piensos para diversas industrias independientes, principalmente mediante recombinación de reactantes del estado plasma bajo condiciones en las que la radiación del plasma era obligada a un pico en una estrecha banda de frecuencia que favorecía la formación de las moléculas deseadas y optimizaba la producción sin exceso de subproductos indeseados… El método de plasma hacía inútiles las cubas y torres de destilación de tecnologías más anticuadas, y, sobre todo, permitía hacer en segundos reacciones en masa que en el pasado hubieran tardado.

El libro se complace en contrastar el choque de mentalidades de un mundo militarista y decadente -el nuestro que es el de la expedición- con una sociedad de abundancia. Lo primero que les resulta chocante a los recién llegados es que la gente va a los supermercados y toma lo que necesita sin pagar, sin otra restricción que el sentido común. ¿Para qué querría nadie llevarse lo que no necesita? En otra escena se encuentran con una madre y su hija e intentan saber cual es «su lugar» en la estructura social.

— ¿Sois... eh... maestras, o algo así? —preguntó Driscoll.

—A veces —respondió Shirley—. Ci enseña lengua, pero principalmente en el planeta. Es decir, cuando no está trabajando con electrónica o instalando el cableado de una planta subterránea en alguna parte. Yo no soy tan técnica. Cultivo olivos y viñedos en la península, y también diseño interiores. Por eso he subido hasta aquí, Clem quiere reestructurar y redecorar los alojamientos de la tripulación. Pero sí, también enseño costura a veces, pero no lo hago mucho.

—Quiero decir como trabajo regular —dijo Driscoll— ¿qué es lo que hacéis básicamente?

—Todas esas cosas. —Shirley parecía algo sorprendida—. ¿Qué quieres decir con «básicamente»?

—Ellos hacen lo mismo todo el tiempo, desde que dejan la escuela hasta que se jubilan —le recordó Ci a su madre.

—Oh, sí, claro —asintió Shirley—. Parece horroroso. Pero bueno, es asunto suyo. \[...\]

La ausencia de dinero y salarios, les resulta fascinante e incomprensible

—Lo que sigo sin comprender es qué motiva a esta gente —le comentó Colman a Hanlon mientras caminaban con Jay camino de la casa de Adam—. Todos parecen trabajar duro, pero ¿para qué trabajar si nadie te paga nada? Un vehículo rodante pasó cerca de allí y varios quironeses les saludaron desde las ventanillas.

—No puede ser exactamente eso —dijo Jay—. Esa mujer de la que estaba hablando le dijo a Jerry Pernak que un trabajo de investigador en la universidad se pagaba bastante bien. Así que algo tiene que haber.

—Bueno, lo que es seguro es que no se paga con dinero.

Pero aun más la ruptura del viejo tópico del trabajo como un mal, como una maldición que nadie haría si no existiese la amenaza del hambre.

El pintor miró al otro lado de la calle y se percató de que lo observaban.

—Buenos días —comentó, y continuó con su trabajo. La superficie que estaba pintando había sido limpiada a fondo, las oquedades habían sido rellenadas, la pared pulida y dada una capa de pintura base, un par de planchas habían sido reemplazadas y un alféizar reparado, todo ello como fase previa a la pintura. El trabajo de carpintería era limpio y eficiente, y las planchas de las paredes encajaban con precisión; el pintor trabajaba con movimientos lentos y pensados que dejaban la pintura sobre la madera sin brochazos discernibles o zonas de diferente intensidad. Los tres terrestres cruzaron la calle y se quedaron mirando un rato el trabajo del pintor.

—Buen trabajo —comentó Hanlon al final.

—Me alegro de que lo crea así —prosiguió el pintor.

—Es una casa muy bonita —dijo Hanlon tras otro breve silencio.

—Sip.

—¿Suya?

—Nones.

—¿De algún conocido? —preguntó Colman.

—Pues sí. —Eso pareció explicar algo a los terrestres hasta que el pintor añadió—. ¿Acaso no es como si, en cierto modo, todo el mundo conociera a todo el mundo?

Colman y Hanlon se miraron con expresiones confusas. Obviamente no llegarían a ningún lado si no eran más directos. Hanlon se limpió las manos sobre las perneras de su pantalón.

—Bueno, ah... no queremos ser entrometidos ni nada por el estilo, pero por pura curiosidad, ¿por qué la está pintando? —preguntó.

—Porque necesita que la pinten.

—¿Y por qué le importa el que la casa de otro necesite pintura o no?

—Soy un pintor —dijo el pintor por encima del hombro—. Me gusta ver un trabajo bien hecho. ¿Por qué si no lo haría?

—Retrocedió un paso, examinó su obra con ojo crítico, asintió para sí, y dejó caer la brocha en una solapa de su taller ambulante, donde una garra empezó a hacerla girar en disolvente—. En todo caso, la gente que vive aquí hace fontanería, tienen un bar en la ciudad y uno de ellos enseña a tocar la tuba. A veces necesito que me arreglen las cañerías, me gusta ir a la ciudad a tomarme una copa de vez en cuando, y puede que un día uno de mis hijos quiera aprender a tocar la tuba. Ellos arreglan grifos, yo pinto casas. ¿Qué tiene de raro? Colman frunció el ceño, se frotó el entrecejo y al final alzó las manos con un suspiro.

—No... no estamos haciendo la pregunta adecuada, se nos escapa. Pongámoslo de esta manera... ¿cómo puede determinar quién le debe qué a quién? El pintor se rascó la nariz y se quedó mirando a la tierra por encima de su nudillo. Estaba claro que la idea le era nueva.

—¿Cuándo sabe que ya ha hecho suficiente trabajo? —dijo Jay, intentando ponérselo más fácil. El pintor se encogió de hombros.

—Pues lo sé. ¿Cómo saben ustedes que ya han comido lo suficiente?

—Pero suponga que varias personas tienen ideas diferentes sobre ello. El pintor volvió a encogerse de hombros.

—Pues está bien. Diferentes personas valoran las cosas de manera diferente. No se le puede decir a otro que ya ha comido suficiente. Hanlon se lamió los labios mientras intentaba comprimir sus ciento una objeciones en pocas palabras.

—Ah, sí, claro, pero ¿cómo se pueden hacer las cosas con un acuerdo como ése? Quiero decir, ¿qué impide a un tipo decidir que no va a hacer nada excepto tomar el sol tumbado en la hierba? El pintor parecía dubitativo mientras inspeccionaba el alféizar, que era su siguiente paso.

—Eso no tiene mucho sentido —murmuró pasado un rato—. ¿Por qué querría alguien permanecer en la pobreza si no tiene por qué? Eso sería una extraña forma de vivir la vida.

—No se saldría con la suya, seguramente —dijo Jay con incredulidad—. Quiero decir, no le dejarías seguir yendo a los sitios a coger las cosas que quisiera. ¿No?

—¿Por qué no? —preguntó el pintor—. Uno sentiría lástima de alguien así. Lo mínimo que podrías hacer sería asegurarte de que estuviera alimentado y bien cuidado. Tenemos unos cuantos así, y eso es lo que pasa con ellos. Es una lástima, ¿pero qué se puede hacer en esos casos?

—No lo entiende —dijo Jay—. En la Tierra hay mucha gente que lo vería como el sueño de su vida. El pintor le clavó la mirada durante un momento y asintió lentamente.

—Mmm... me imaginaba que debía ser algo por el estilo —les dijo.

Lo que además, como es lógico, transforma todas las relaciones en la producción:

—Quiero decir... ¿quién es dueño del lugar? ¿Quién decide las políticas de dirección?

Los dos quironeses se miraron extrañados.

—¿Dueño? —repitió Juanita. El tono sugería que la idea le era completamente nueva—. No estoy segura de lo que quiere decir. La gente que trabaja aquí, supongo.

—Pero ¿quién decide quién trabaja aquí? ¿Quién asigna los puestos de trabajo?

—Ellos mismos. ¿Cómo podría hacerlo otro por ellos?

—¡Pero eso es ridículo! ¿Qué impide que cualquiera que venga de la calle empiece a dar órdenes?

—Nada —dijo Juanita—. Pero ¿por qué iban a hacerlo? ¿Quién les prestaría atención?

—¿Y cómo sabe entonces la gente a quién escuchar? —preguntó Jay, igual de perplejo que su padre.

—Lo averiguan pronto —dijo Juanita como si eso lo explicara todo. Entraron en la cafetería, que estaba bastante ocupada ya que era alrededor del mediodía, y se sentaron junto a una ventana que daba a un aparcamiento para voladores, más allá del cual discurría una autopista que recorría el margen más cercano del río. Una pantalla a un lado de la mesa proporcionaba un menú ilustrado y recitaba una serie de recomendaciones del chef para ese día. Juanita dictó sus pedidos a la pantalla. En el reservado de al lado, un robot con ruedas que había estado entregando los platos que guardaba en el compartimento caliente que formaba su sección superior cerró su puerta de servicio y se alejó. Bernard no conseguía hacerse entender, por lo que veía.

—Tomemos a Kath como ejemplo —dijo volviéndose a Nanook—. Un montón de gente por aquí tiene que aceptarla como... jefa, a falta de una palabra mejor... en un montón de aspectos, de todas formas. Nanook asintió.

—Cierto. Yo lo hago la mayor parte del tiempo.

—Porque sabe de lo que habla, ¿no? —dijo Bernard.

—Claro, ¿por qué si no? —Así que supongamos que aparece alguien que cree que sabe tanto como Kath. ¿Qué pasaría si la mitad de la gente de por aquí cree lo mismo y el resto no? ¿Quién decide? ¿Cómo resolveríais algo así? Nanook se frotó la barbilla y pareció dubitativo.

—Esa situación me parece demasiado inverosímil para que ocurra en realidad —dijo tras unos segundos—. No veo cómo es posible que apareciera alguien con la misma experiencia. Pero si ocurriera, y fuera cierto... entonces supongo que Kath tendría que mostrarse de acuerdo con él. Estaría en deuda. Y eso lo decidiría para todos los demás.

Bernard se quedó mirándole con completa incredulidad.

—¿Me estás diciendo que Kath simplemente se retiraría? ¡Eso es una locura!

—Todos tenemos que pagar nuestras deudas —dijo Nanook sin contribuir a la comprensión de Bernard.

—Para empezar, si fuera tan tonta como para no hacerlo, no estaría donde está —añadió Juanita, intentando ayudar.

Eso tampoco explicaba nada, Jay seguía sin verlo.

—Sí, sería bonito que todo el mundo fuera razonable y racional acerca de todo en cualquier ocasión. Pero no es posible, ¿verdad? Los quironeses tienen los mismos genes que el resto del mundo. No puede ser algo radicalmente diferente.

—Jamás he dicho que lo fuera —respondió Nanook.

—¿Y qué pasa con los chalados? —preguntó Jay—. ¿Qué pasa con la gente que insiste en comportarse de manera irracional y desagradable cuando pueden, sólo por que sí?

—Tenemos de ésos —concedió Nanook—. Pero no muchos. La gente normalmente aprende desde muy temprano lo que es aceptable y lo que no. Tienen ojos, oídos y cerebros.

Continuará

Con este artículo iniciamos una serie en la que extraeremos citas de distintas novelas de clásicos del género como Ursula K Leguin, Iain M. Banks, Kim Stanley Robinson, etc. para explorar el imaginario contemporáneo de la abundancia.

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