Retiros por todos lados
Rama Duwaji, es la imagen de la izquierda caviar neoyorquina, aunque en Europa sea más conocida por estar casada con el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani. El pasado cuatro de julio, 250º aniversario de la independencia del país, la Sra. Duwayi no asistió a los actos organizados en su ciudad. Ejercía como artista residente y co-anfitriona de un retiro espiritual en Mallorca para mujeres musulmanas acaudaladas y anglófonas. El retiro tenía una matrícula de 3.500 dólares, viaje aparte.
No es ni mucho menos el único retiro de este tipo ni para este público. Umnya en Marruecos (4 noches, 28.000 €) parece estar centrándose en retiros con contenidos sufíes para mujeres acaudaladas. Sin salir del mundo musulmán hay ofertas más económicas como Echoes of Andalusia (950€) o The Spirit of Al Andalus (1.750 dólares) que combinan un tour por los grandes monumentos andalusíes con rezos y predicación.
Si nos vamos al mundo católico español, los retiros de impacto como Emaús, o su versión para jóvenes, Effetá, se han convertido en poco tiempo en un tsunami a pesar de suscitar dudas y un cierto disgusto entre los obispos y de las acusaciones de estar concentrados en un perfil socioeconómicamente alto y políticamente voxita.
Y cambiando completamente el tercio, en EEUU clubes de lectura como el Bad Bitch Book Club y organizaciones como las escuelas de atención se dedican ahora a organizar retiros de distinta duración para los alienados hijos adolescentes de la clase media acomodada demócrata.
Los elementos comunes
El «reencantamiento»
Abrazando el pensamiento mágico
El deseo de participar de un cierto reencantamiento del mundo ha desbordado con mucho a la derecha religiosa estadounidense. No es casualidad que el evento en el que participaba la Sra. Duwaji estuviera organizado por algo llamado The Women Sanctuary ni que el tema del retiro en el que participaba fuera Plantas del Corán.
La mitología ecofeminista de la mujer sanadora, viene alimentando desde la pandemia un giro esotérico de las escuelas de yoga orientadas al público femenino de clase media. Y es que el reencantamiento es inseparable de los periodos de atomización social. Supone creer en la interacción permanente y cotidiana entre las personas y lo sobrenatural, lo sagrado y lo mágico. En la intervención de seres o fuerzas sobrenaturales en la historia colectiva y en la acción de cada uno. Es decir, relativiza la autonomía humana y por tanto el sentido de la construcción colectiva y de la soberanía comunitaria.
Por eso acompañó el despertar esotérico de los años 20 en las clases medias europeas del que la afición nazi por el ocultismo y la mitología germánica eran sólo una cara. La otra fueron la Antroposofía, la Teosofía y la proliferación de maestros espirituales que años después, en los sesenta y setenta californianos -otro contexto de erosión del tejido social e individualismo desaforado-, mutarían en la figura del gurú occidental y la New Age.
Hoy, tanto en EEUU como en Europa, el reencantamiento crece a derecha e izquierda. En la derecha alimentada tanto desde la derecha religiosa cristiana, de cuyo núcleo ideológico forma parte como por el relativismo anticientífico y el amor a la conspiranoia de sectores clave del trumpismo (Bannon, Kennedy...). Y en la izquierda la renuncia del universalismo está siendo acompañada, como era inevitable cuando se pasa con dos pies a un mundo de esencialismos identitarios, por una renuncia -no sólo estética- al racionalismo.
Paradójicamente, son los obispos españoles, los que primero parecen estar reaccionando a este viaje a las antípodas de la cosmovisión teilhardiana que sobrevoló el Concilio Vaticano II.
Un retiro de impacto
Viernes por la tarde. El participante entrega su móvil y su reloj al llegar a la casa de espiritualidad. Sin conexión con el exterior ni noción del tiempo, comienza un fin de semana diseñado para provocar una experiencia de conversión radical. Es el punto de partida de un retiro Emaús, uno de los llamados «retiros de impacto» que, nacidos en Miami, han invadido la práctica totalidad de las parroquias españolas
La mecánica del retiro se articula en torno a una espiral emocional ascendente. Dinámicas cuidadosamente coreografiadas -como caminar a oscuras con los ojos vendados mientras una voz guía al participante hasta una pared fría, preguntándole cuántas veces ha sido una pared para los demás- van creando un clima de vulnerabilidad. Pero es en los momentos de compartir grupal donde la experiencia alcanza su punto más álgido. Los asistentes, llamados caminantes, son animados a exponer ante el grupo sus traumas, heridas y episodios dolorosos de su vida.
Una de las participantes lo describe así en un testimonio publicado en Religión Digital: las servidoras del retiro -las responsables de acompañar a los nuevos, que se separan por sexos- parecen conocer «todos los detalles de su vida hasta lo más íntimo y doloroso». El objetivo es arrancar «exclamaciones de entusiasmo» y una entrega emocional total, en un ambiente gregario.
El clímax emocional del sábado por la noche da paso a un efecto bajón que se prolonga hasta la jornada del domingo. Los participantes, exhaustos tras haber compartido sus heridas más profundas, atraviesan un valle emocional que los prepara para la siguiente fase del retiro: el momento del silencio. Se les insta a guardar reserva absoluta sobre lo vivido, en aras de preservar el factor sorpresa para futuros asistentes y proteger la intimidad compartida.
El momento cumbre del retiro suele ser la entrega de cartas escritas por los familiares de los participantes. Para muchos, es el instante de la reconciliación y el perdón, el broche emocional que sella la conversión. Paradójicamente, el ambiente de austeridad espiritual contrasta con la abundancia material. Los retiros de Emaús son conocidos por la comida generosa y el trato hospitalario a los asistentes. Combinan el rigor emocional con el confort físico para crear una experiencia envolvente y, para muchos, transformadora.
Precisamente esa combinación de discreción frente a externos, presión emocional y manipulación afectiva ha puesto a los retiros de Emaús en el punto de mira de la jerarquía eclesiástica. El pasado 3 de marzo, la Conferencia Episcopal Española publicó la nota doctrinal Cor ad cor loquitur, en la que, sin citar directamente a ningún grupo, lanza una dura advertencia contra lo que denomina reduccionismo emotivista de la fe. Los obispos señalan que el emotivista resulta más fácilmente manipulable y subrayan el peligro de que estas experiencias de bombardeo emocional deriven en abuso espiritual. Voces dentro de la propia Iglesia señalan además la falta de transparencia y control institucional de lo que los obispos califican significativamente como chutes de Dios.
La necesidad de atender y ser atendidos
Esta semana leíamos en el New York Times cómo los retiros organizados por clubes de lectura proliferan por EEUU. Sin embargo, las novedades metodológicas -recitación colectiva, salmodia, lectura en voz alta, etc.- de estas iniciativas las coloca en un lugar más cercano a los retiros de impacto que lo que cabría esperar.
Estamos en un momento de transición: la función informativa de los libros está disminuyendo, mientras que su función experiencial cobra protagonismo. (...) Interactuar con los libros como instrumentos para la experiencia grupal no es el tipo de lectura que encontramos en las aulas, pero tiene mucho que enseñarnos sobre las complejidades de habitar el mundo juntos y cómo nuestra herencia literaria puede prepararnos para el desafío. (...)
El mes pasado ayudé a organizar una de estas reuniones en Dumbo, en el paseo marítimo de Brooklyn: una recitación grupal nocturna de "Canto de mí mismo" de Walt Whitman, en la víspera del 207.º aniversario del nacimiento del poeta. (...) Tras cuatro horas de recitación, canto, repetición, preguntas y respuestas, y un sinfín de otros métodos experimentales de lectura, nos trasladamos a la orilla del East River, donde, alrededor de las dos de la madrugada, lanzamos un grito colectivo ensordecedor. En el silencio expectante que siguió, una recién graduada universitaria que estaba a mi lado admitió que nunca antes había leído a Whitman. Varias cabezas asintieron, asegurándole que no era la única. Entonces, animada por la compañía, propuso: "¿Lo repetimos?".
El contexto es importante. El autor del artículo trabaja en la Strother School for Radical Attention, cara pública de una fundación que fue pionera en los Laboratorios de Atención para jóvenes que deseaban reaprender a observar su entorno y participar en él tras crecer en un ambiente marcado por la socialización a través de redes sociales:
Mediante prácticas de atención grupal y debates guiados, creamos y ponemos a prueba herramientas para construir santuarios de atención, así como redes de solidaridad para mantenerlos.
Una palabra clave: santuario
Llama la atención la aparición de la palabra santuario en la descripción de ofertas y experiencias en apariencia tan diferentes. En el mismo artículo, la coordinadora de eventos de una librería, asegura que «muchos lectores [Gen Z] tienden a ser introvertidos».
Se combinan de nuevo el ansia por descubrir y descubrirse en la conversación honesta y un miedo cerval a sentirse rechazados o desautorizados. Son las heridas de una época -no sólo una generación- marcada por el abuso en entornos digitales y el terror a sufrir humillación en unas redes sociales cada vez más violentas. La respuesta, tomada del arsenal del identitarismo, es afirmar la necesidad de un espacio seguro para poder socializar. Necesitan saber que no están en un espacio competitivo darwiniano del que pueden salir dañados. Sólo que ahora ya no es un espacio seguro determinado por la identidad. Se han dado cuenta de que no sufrían maltrato por ser ésto o aquello, sino porque la combinación de medios centralizados y valores narcisistas no podía producir otra cosa. Quieren compartir un santuario porque les da igual con quién lo compartan siempre que estén dispuestos a interactuar y compartir sin buscar el daño del otro para elevarse ellos mismos.
Subsiste, eso sí, un elemento de clase, derivado en buena parte del tipo de preocupaciones que dan tema a cada retiro y de sus costes de entrada. Las mujeres musulmanas inmigrantes de Mallorca no pueden gastarse 3.500 euros en disfrutar de las meditaciones botánicas de la señora Duwaji. Los encuentros de impacto se organizan desde las parroquias y desde instituciones educativas católicas, que ya tienden a ser homogéneas de por sí. Los talleres de atención y eventos de lectura colectiva se anuncian públicamente, pero qué chavales van a romper la timidez para ir a una lectura de Walt Whitman o qué padres van a enviar a sus hijos a un retiro de atención.
Una demanda de comunidad con trascendencia
Según la misma coordinadora de eventos citada, «necesitamos un espacio donde sepamos que compartimos intereses con los demás». Es otro elemento común de todos estos retiros: se acude bajo la promesa de encontrar pares y relaciones que podrán mantenerse después. Pero no son los retiros vacacionales de los ricos de otra época ni encuentros de singles. Se busca comunidad con intimidad y se busca una comunidad capaz de aportar trascendencia y sentido.
Ya sean creencias religiosas o descubrir claves existenciales en la literatura clásica o la poesía, más allá del reencantamiento hay un elemento ideológico que es definitorio del retiro en cuestión y que promete trascendencia. El hambre de comunidad es siempre necesidad de sentido.
Las fragilidades
Todo este auge de los retiros muestra una búsqueda social más amplia de espacios y haces de relaciones en los que sea posible una cierta intimidad sin temer daño intencional por parte de los otros, que sirvan de base a una cierta vida comunitaria posterior y que aporten sentido vital y colectivo.
La fragilidad más obvia del modo en que se está dando respuesta a esta demanda es que crear santuarios desde la vulnerabilidad emocional los deja sólo a un pasito de la comunidad terapéutica o, como advertían los obispos, de nuevas formas de abuso emocional.
Por otro lado, la búsqueda de sentido y comunidad contrasta con el aire de ocio y tiempo libre de todos estos retiros. Al final comunidad y trascendencia no sólo implican propósito, sino acción, trabajo. Es más, un chute de dios, un chute de literatura o un chute de espiritualidad botánica puede hacer bien al ánimo particular de alguien en un momento dado, pero sin un objetivo social y un hacer concreto y colectivo orientado a lograrlo ¿cuánto durarán las fuerzas restauradas?
¿Algo que aportar?
Tal vez, para nosotros, aportar en este contexto se trata tan sólo de abrir las puertas. Compartir trabajos sencillos en comunidad. Dejar claro su sentido material y concreto. Y volver a lo más básico: animar a todos a encontrarse y aportar. El sentido siempre estuvo ahí, en quienes nos rodean, en la aventura colectiva de nuestra especie por superar la necesidad y vivir en la Naturaleza como un metabolismo único. No hace falta reencantar el mundo con seres mágicos y supersticiones. Podemos crear abundancia con conocimiento y trabajo. Como decía el pórtico de Enoanda:
Si suponemos posible [la sabiduría], entonces cuán de verdad la vida de los dioses se encontraría entre los seres humanos. Pues todo rebosaría de justicia y amor recíproco. Y no habría necesidad de muros ni de leyes ni de todo cuanto montamos para protección de unos contra otros. En lo que respecta a los sustentos necesarios de la agricultura, como entonces no tendremos esclavos, nosotros mismos empuñaremos el arado y abriremos los surcos y velaremos por los cultivos, desviaremos los ríos y recogeremos [las cosechas]. Y habrá pausas para la tarea de filosofar de modo constante y en compañía al modo actual [de los huertos epicúreos]. Pues las tareas del campo nos proporcionarán todo lo que la naturaleza exige...