La tecnología ya no es el campo de batalla

Durante años pronosticamos qué pasaría si los monopolios tecnológicos se salían con la suya, acababan con las estructuras distribuidas de Internet y aplastaban o marginaban a los nuevos comunales universales como el software o el hardware libres. Durante todo ese periodo que comienza en los noventa y acaba con la consolidación de la Internet de las redes sociales, la tecnología fue un campo de batalla central y las tecnologías libres y distribuidas una causa a desarrollar.
Hace mucho que ya no estamos en ese mundo. Nuestro mundo ahora es el de las consecuencias de la recentralización de Internet. Hoy las herramientas digitales están más extendidas que hace veinte años, pero son mucho más ajenas, devenidas parte de lo que ahora se entiende como un programa de transformación social orientado hacia el control y la productividad que, en la vida cotidiana, se tradujo en precariedad, atomización y pérdida de sentido.
Crear cultura y ensayar nuevas formas de comunidad y soberanía en y desde las que entonces se llamaban nuevas tecnologías, estuvo al orden del día mientras las estructuras que habían de dar forma a la comunicación y producción digital estuvieron en disputa. Ahora, con las redes sociales claramente definidas como parte de un abrumador aparato distópico de propaganda, lo que ocurre en el espacio digital es poco más que un espectáculo secundario del poder, incapaz de producir otra cosa que ahogo y hastío.
Las consecuencias interpersonales y comunitarias
La recentralización de Internet en torno a la Big Tech no solo ha hecho posible la IA tal y como está siendo -que no es como debería ni podría ser-, ha dañado seriamente los fundamentos de la vida comunitaria. No hablamos de las cosas que preocupan -hipócritamente- al poder, desde las fake news y la soberanía sobre la conversación social al ciberbullying y la autoría, sino de los fundamentos mismos de la conversación interpersonal y colectiva.
A raíz de nuestro último artículo un lector que ahora está en la veintena señalaba que:
La falta de confianza va aumentando y va a ser cada vez más difícil construir nuevos espacios donde la gente vea factible una conversación honesta.
Este tipo de afirmaciones, cada vez más comunes entre los grupos de jóvenes que se nos acercan, nos trasladan a otra época y otro lugar. Recuerdan al estado de ánimo en los países del Este de Europa a finales de los ochenta. La represión masiva y el control obsesivo y criminal de las Stasi, Securitate, etc. habían llegado dañar el tejido básico de lo comunitario y reducido a mínimos la confianza interpersonal básica. Como ahora las generaciones crecidas con las redes sociales, más que comunicar se exponía de manera consciente y siempre para mostrar conformidad.
Cómo reconstruir el tejido básico de lo comunitario

Ni entonces ni ahora el centro -geográfico, social, tecnológico...- sirve para construir y experimentar alternativas. Ni la gran ciudad ni los espacios digitales sirven en este momento para llamar siquiera a los que desean algo diferente. El mismo lector de la cita de arriba confesaba:
Cuando me planteo la cuestión de las relaciones interpersonales en mi mundo, real y virtual, tengo una sensación de ahogo, como quién está en un barco que se hunde y no ve manera de salvarse, se resigna y no intenta ni nadar a la costa.
Cuando el naufrago renuncia, cuando ve desde fuera su propia realidad incapaz de echarse a nadar, es porque no tiene tierra a la vista y sólo ve agonía por delante. Fatalismo es un nombre discreto para el desespero. Y éste es un desespero racional en tanto los protagonistas, los que están ahogándose, no amplíen el campo de batalla.
Conquistar la tierra y el trabajo desde abajo

Mostrar esa costa en el horizonte es por donde tenemos que empezar. Para reconstruir el dañado tejido que hace posible la comunidad debemos mostrar la posibilidad y el horizonte de la conquista del trabajo. Eso implica, en primer lugar, recuperar el espacio y el tiempo de comunidad.
Para eso estamos rehabilitando la Candela y dotándola de proyectos como la Biblioteca Juan Urrutia o el Centro de Conocimiento Juan Antonio Gallardo. Porque de lo que se trata es de mancharse las manos, recuperar el trabajo directamente en y sobre la tierra, construir, cultivar y hacer comunidad a través de la acción colectiva y la transformación directa del medio.
En este momento por ejemplo, desde la Fundación Repoblación y con la ayuda de nuestro amigo Jaime y su estudio, Sibarkia, estamos organizando un curso de construcción con adobe y tapial. En ese curso se trata de aprender a tratar la tierra para construir ahí mismo, en equipo, un quincho, tal vez un horno. Todo durante una semana de aprendizaje, trabajo y convivencia para crear cosas que servirán para el propio disfrute comunitario y que sobre todo, den la excusa para recuperar un terreno de comunicación y experiencia limpio de la mugre competitiva y aspiracional de las redes sociales y su cultura.
Es la forma más básica y literal de reconquista de la tierra que podemos imaginar. Es un buen lugar por el que empezar: reconstruir el sentimiento de comunidad en el mundo físico separándose temporalmente de la ciudad, mediante la recuperación de espacios compartidos, el trabajo colectivo y manual, y el contacto directo con la tierra. ¿Y después? Después haremos tecnologías a medida de las necesidades de la comunidad rejuvenecida.