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Reglas de conversación para construir comunidad

La falta de conversaciones honestas y la dinámica del escaparate digital sabotean los vínculos colectivos. Hoy desarrollaremos cuáles son los pilares fundamentales de una conversación honesta que sirva para superar el miedo y reconstruir comunidades reales orientadas a la acción.

Reglas de conversación para construir comunidad
Contenido

¿Por qué las comunidades virtuales organizadas por redes sociales generan una cultura tóxica?

Una de las conversaciones más fructíferas del NEB Fest 2026 fue la búsqueda de las razones por las cuales las comunidades articuladas por redes sociales centralizadas quedan atrapadas en conversaciones que no llevan a ningún lado y acaban generando angustia e impotencia a los que toman parte en ellas.

Una comunidad se puede definir de muchas maneras. La manera más sencilla es que es un grupo de personas que se conocen unas a otras y se reconocen entre sí como parte de lo mismo.

Sin embargo, cuando nos acercamos a una comunidad que funciona y aporta a sus miembros vemos algo más. Descubrimos que una comunidad es un haz de conversaciones que se orienta a la acción y transforma la realidad -la propia conversación, los que son parte de ella y su entorno. Es decir, la conversación útil deriva en trabajo colectivo. Esta segunda parte es la que las redes sociales ha eliminado.

El resultado es una cultura desempoderante que fácilmente se convierte en tóxica y que condiciona toda la visión del mundo del que ha pasado la adolescencia en ella.

El cambio cultural invisible

NEB Fest 2026

Una de las personas que se acercó por primera vez al NEB Fest mantiene un cineclub en Madrid donde se proyectan películas clásicas que se comentan al final. Cuando acaban la película, el debate comienza con una pregunta: ¿Qué es lo que más te sorprendió?

En este año, en ese rango de edad, habían tenido especial éxito dos clasicazos: Breve Encuentro, de David Lean, y Doce Hombres Sin Piedad de Sidney Lumet. Sustancia pura. ¿Qué era lo que más había sorprendido de estas dos películas? Básicamente dos ideas.

De Breve Encuentro, descubrir una relación amorosa construida sobre conversaciones honestas. De Doce Hombres Sin Piedad, que la verdad fuera un producto colectivo (social, en realidad) que se alcanza mediante la discusión. La conversación honesta como base de las relaciones humanas y la búsqueda colectiva de la verdad resultan hoy ya sorprendentes.

Llama la atención que la conversación honesta que construye comunidad se contraponga a la conversación que transmite voluntad de poder que es hegemónica en el entorno virtual. En un entorno donde todos tienen miedo -miedo a cometer un error social, miedo a ser rechazados, miedo a recibir un zasca- acaba creándose una dinámica cruel que vacía de finalidad a las personas, a uno mismo, y a la propia conversación. Unos compiten por la superioridad que les permite dominar la conversación desde el desdén, otros desde una autenticidad que se desvanece cuando se replica, otros por ser reconocidos como palmeros...

Por seguir con las referencias cinematográficas, las redes sociales centralizadas han educado a una generación en una forma de socializar muy parecida a la de la decadente y odiosa corte de Luís XVI en Ridicule de Patrice Leconte.

¿Qué define una conversación honesta?

La conversación da forma a la comunidad, pero las condiciones de partida, cómo se define, determina el alcance y las formas de la conversación. Por eso no sólo se trata de definir un modo de conversar sino los fundamentos de los que parte. Da igual que sea una comunidad de dos -es decir, una pareja- que un espacio de trabajo o un grupo de amigos. Toda comunidad debe tener al menos dos elementos en su constitución sin los cuales no es posible que se desarrollen conversaciones honestas.

Las fundamentos de la comunidad que conversa

doce hombres sin piedad, cine

Ausencia de miedo al fracaso y culpa

El miedo, a desentonar, a equivocarse, a no estar a la altura, es el primer disolvente de toda comunidad sana, el rastro cultural que llevamos tatuados tras 12.000 años de sociedad basada en la explotación del trabajo ajeno. Por eso la ausencia de miedo y culpa es el punto de partida de cualquier comunidad que no quiera derivar hacia el horror sectario y el pandillerismo.

El miedo hace más aceptable la dependencia, hace parecer la renuncia a nuestras responsabilidades vitales una liberación. El miedo es el camino del sometimiento, del fatalismo, lo opuesto a la autonomía personal. El miedo nos lleva a pedirle a quien tiene la fuerza que nos cuide, que nos proteja. El miedo nos empuja a aceptar consuelo. El miedo nos retrata como seres desvalidos y comunidades impotentes en un mundo catastrófico necesitado de poderes fuertes. El miedo es el enemigo dentro de nuestras cabezas. Se le vence a base de fracasar. Por eso no puede haber culpa.

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Objetivo común

Para que el fracaso o el error se absorban como parte necesaria de una evolución colectiva, el grupo, la comunidad, debe tener un para qué, una finalidad, un objetivo común. Da igual lo limitado que sea: ya sea encontrar bares con la caña a menos de un euro con diez o leer literatura pulp. En el momento en que hay algo ahí delante hacia donde ir, hay un aprendizaje útil para todos, un comunal básico -lo que aprendemos- y el error de uno aporta al conocimiento de todos,

Los pilares de la conversación honesta

breve encuentro, cine

Renunciar a toda estrategia

Volvamos a Breve encuentro. ¿Qué es lo sorprendente a ojos de hoy de la conversación entre los protagonistas? Seguramente la ausencia de estrategia. Es decir, ninguno de los dos, en ningún momento, dice A para obtener B como respuesta del otro. La conversación no instrumentaliza al otro, no le convierte en una herramienta para conseguir nada, no busca pastorearle sino, cuando toca, convencerle. Respeta a cada uno como un fin en si mismo. Es decir, es una conversación moral.

Hablar en verdad

En una conversación moral, que no degrada al otro como medio para un fin, las partes pueden estar equivocadas y no decir la verdad, pero hablan en verdad. Son transparentes en la expresión de sus valores y deseos, no ocultan nada. Lo cual no quiere decir que cuenten todo desde el primer momento. Simplemente no ocultan nada que pueda ser compartido. Pero, y ésto es importante, lo que determina qué puede ser compartido o no, no es la utilidad para un fin, como ganar la aceptación o la admiración del otro, sino la existencia de significados comunes.

Por ejemplo, la mayor parte de los términos que definen las creencias de las personas (ya sea conservador, socialista, liberal, comunista, feminista o cristiano) no están asociados a significados universales, sino a marcas, muchas veces denigratorias construidas en la confrontación. Incluso es muy posible que dos personas que se definan con el mismo término posiblemente lo definan de manera sustancialmente diferente. Definirse usando términos así, difícilmente puede ser considerado compartir nada. Compartir no es simplemente poner en común, es un proceso en el que se desarrollan contextos comunes.

Hablar en verdad significa compartir y definirse a partir de los significados, no de las palabras que desearíamos que los contuviesen. No se trata de evitar o negar el juicio del otro para salir indemnes. No tenemos miedo a que se juzguen nuestras ideas o comportamientos. No necesitamos tampoco excusarlos ex-ante. Sencillamente esperamos que los juicios se produzcan a partir de la información que mejor describe la realidad, no de marcas vacías.

Como el protagonista de Doce hombres sin piedad ni queremos llevar razón ni tememos el juicio que se produce a partir del ejercicio de la razón. Nuestro objetivo al compartir no ese obtener algo del otro, es crear la oportunidad de razonar juntos compartiendo en verdad y construyendo en común los contextos que permiten nombrarla con las mismas palabras.

No representar

Otra característica de la conversación en Breve encuentro es que los protagonistas no tratan de representar su vida frente al otro de un modo idealizado, ni pretenden representar a una comunidad imaginada frente al mundo. Es decir, no se ocultan bajo representaciones ideales que difuminen su responsabilidad vital.

Las comunidades imaginadas son aquellas a las que supuestamente pertenecemos pero a cuyos miembros reales podemos, en todo caso, reconocer, pero no conocer a todos. Por ejemplo: aquellos con los que compartimos nacionalidad, profesión, raza, lengua, sexo o cualquier otra cosa. Cuando nos erigimos en representantes de nuestros connacionales, de las personas de nuestro mismo sexo o de nuestra misma profesión o estudios, estamos ocultándonos bajo un ideal que difumina nuestra responsabilidad. Pero también, de un modo sutil, estamos convirtiendo al otro en representante de la comunidad imaginada de turno y definiéndole al margen de sus propias opciones y decisiones. Lo estamos instrumentalizando para apuntalar una visión del mundo basada en arquetipos.

Y ese es un terreno en el que el juicio se sustituye por el prejuicio. Prejuicio positivo sobre lo que pretendemos ser, culpa sobre lo que el otro es en la medida que atribuimos valores al arquetipo en el que le encajamos. Si uno es andaluz, no es el representante de Andalucía en el grupo. Si uno es mujer, no es el representante de las mujeres del mundo en el grupo. Uno es quien es y tiene un nombre por algo.

Porque el culmen de la deshonestidad es el victimismo. El victimismo en nombre de comunidades imaginadas nos permite justificar el daño que hacemos a los demás en nombre de una supuesta compensación. Si los andaluces hemos sido marginados históricamente por catalanes, castellanos y vascos, aquí estoy yo para devolver ese daño a un pobre catalán, castellano o vasco que se pongan a tiro. Y aún me sentiré tan a gusto destruyendo la conversación, colocándome en un plano de víctima, que me otorgue el supuesto derecho a dañar a los demás. No hay nada más deshonesto que eso.

No hay ocultación en la forma del relato

Volviendo a Breve encuentro, la forma en que se entrega la información también importa. Los protagonistas hablan dándose mutuamente información completa, concisa y desdramatizada. ¿Por qué? Porque dramatizar o sesgar voluntariamente la información que se comparte instrumentaliza al otro, prima la reacción que espera provocar sobre la racionalidad con la que debe juzgar. Es estratégico.

¿No se puede expresar dolor? Sí, por supuesto, pero no podemos intentar someter la racionalidad del otro a él. Lo que nos define como humanos no es el dolor, no es lo que hemos sufrido. Lo que nos define como humanos es tener la capacidad de tomar decisiones morales y reconocer a quien tenemos enfrente como una persona completa y soberana porque a fin de cuentas sólo así se puede amar a otro, reconociéndole como un fin en sí mismo y no como una herramienta para nuestro disfrute o conveniencia.

De hecho, la intensidad de sentimientos que transmite la película -y la obra de teatro en la que se basa- se debe precisamente a la renuncia que ambos protagonistas hacen de todo victimismo o sentimentalismo. Es la contención, la distancia que toman respecto a sus propios sentimientos, la renuncia a toda exageración, lo que les permite compartir intensamente una intimidad real y profunda.

Cómo vivir en un haz de conversaciones honestas

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Es difícil imaginarse todas estas condiciones cumpliéndose en twitter, en TikTok o en Instagram. Simplemente porque las formas de relación, definidas por las propias plataformas y su lógica de interacción las hacen imposibles. Uno no está en esas plataformas centralizadas para relacionarse entre iguales. Está en un escaparate y en calidad de producto. Está ahí para competir por la atención y generar tiempo de interacción de otros usuarios que pueda ser monetarizado por los propietarios del chiringuito virtual de turno.

Pero cuando las formas de relación de las redes centralizadas ha calado hasta coartar las relaciones humanas en el espacio físico y dado forma a la cultura de relación e incluso amorosa de una generación, la respuesta ya no puede ser sólo salir de las plataformas, por mucho que abandonar ambientes desempoderantes y tóxicos por diseño sea un primer paso necesario.

A día de hoy la posibilidad misma de comunidad está en jaque en el espacio social. La conversación honesta encuentra cada vez menos espacio para desarrollarse. Toca construir una alteridad.

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