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Epicureismo para comuneros

En una civilización en crisis, un pequeño grupo irreligioso de personas comunes que abrazan una perspectiva materialista y una moral igualitaria, deciden abandonar la gran ciudad y establecerse en un huerto de la periferia rural. Su objetivo: ganar soberanía económica, serenidad psicológica e independencia de criterio. Integran a todo tipo de personas con una única condición: que estén dispuestos a superar los miedos que el orden y la ideología social dominante implanta y para producir personas pasivas y frágiles.

Epicureismo para comuneros

Imaginemos un estado en el que la influencia de los demagogos y el poder de las oligarquías ha disparado la corrupción y arrasado con la ilusión en la democracia. Una sociedad de economía muy globalizada, dependiente de mercados exteriores, que sin embargo ha perdido su soberanía en el juego estratégico global. Una sociedad en la que la pobreza vuelve a enseñorearse y las diferencias de clase e ingresos se ensanchan y en la que sin embargo, el cuerpo electoral, hastiado y pasivo, en contradicción con sus propios intereses, es cada vez más xenófobo, sexista y militarista. Y encima de todo ésto, la proliferación de enfermedades mentales y una vida cultural sectarizada y apesebrada en torno a las principales facciones políticas.

Y en esa civilización en crisis, que se acerca sin querer verlo al abismo de la guerra y la hambruna, aparece un grupo que deja la ciudad y marcha al campo a vivir en torno a un huerto que cultivan colectivamente. Piensan que la independencia de criterio y la serenidad ya no son posibles en la gran ciudad de los mercaderes y los políticos. Y que para conseguirlas, deben ganar primero su propia independencia productiva: producir lo que necesitan para sostener un buen modo de vivir.

Su mirada sobre la civilización en cuya periferia se han instalado es inmisericorde: es una sociedad esclavizante y pasivizada a base de multiplicar los miedos e implantar opiniones autodestructivas en sus miembros; una sociedad que crea miseria y escasez pero propone a los ganadores necesidades artificiales que tampoco van a proporcionarles serenidad alguna. Una cultura y una ciencia que oscilan entre un determinismo mecánico -que elimina la responsabilidad personal sobre el mundo- y un idealismo que la coloca exclusivamente en dioses y próceres.

Por contra, en el pequeño universo de su huerto, estudian ciencias naturales dando explicaciones materialistas, proponen por primera vez la teoría del átomo, defienden que nada -ni bueno. ni malo- cabe esperar de los dioses, integran por igual y como iguales a hombres y mujeres de todos los orígenes sociales, sean locales o extranjeros con la única condición de superar los miedos implantados -a la muerte, a los dioses, al dolor- con una única promesa: lo necesario es fácil de proveer trabajando juntos.

Su visión del futuro es la restauración de la comunidad humana. Pero no miran atrás hacia un pasado mítico. Miran hacia delante imaginando una sociedad sin fronteras ni clases, sin división entre sexos ni necesidad de leyes formales porque, en abundancia, no tendremos que defendernos los unos de los otros.

Y sin embargo ni son utópicos ni esperan que el tiempo imponga necesariamente su visión. Creen que el futuro dependerá en parte de lo que hagan y que la mejor demostración de que el sistema esclavizante puede ser superado es que su propia experiencia de fraternidad demuestre que funciona y lo haga a cada vez mayor escala. Y de hecho, según algunos historiadores, unos siglos más tarde, sus comunidades tendrán decenas de miles de miembros por todo el Mediterráneo. Un historiador del pensamiento de la época dirá que los amigos, porque así se llamaban entre ellos, eran tan numerosos que no pueden contarse en ciudades enteras.

Evidentemente hablamos de una historia que arranca en el año 306 aEC, cuando Epicuro y sus estudiantes marchan al famoso huerto que servirá de base material para su comunidad, y termina en algún momento a partir del siglo IV eC, cuando el cristianismo se impone, bajo una fuerte represión de toda la cultura clásica, como única ideología de estado en todo el mundo romano.

Era otro mundo, claro, pero aunque nada tenga que ver con nuestro presente y nuestro continente, sin duda únicos e incomparables en toda la Historia de la Humanidad, el Universo y más allá, parece que algunas cosas interesantes se pueden aprender todavía de los epicúreos. Para sentar un punto de partida más serio que el de los libros de autoayuda coloreados con Filosofía de garrafón y el de una Academia que sistemáticamente invisibiliza la base material comunal que hace posible el epicureismo como modo de vivir y como movimiento, hemos publicado este itinerario. Creemos que lo vais a disfrutar.

Temas del itinerario

La doctrina epicúrea en el pórtico de Enoanda
Tema 2

La doctrina epicúrea en el pórtico de Enoanda

Alrededor del año 120 de la era común, un tal Diógenes, quien probablemente era el patrocinador de un huerto epicúreo en la ciudad de Enoanda, en el Sur de la península de Anatolia, manda construir una gigantesca inscripción de 2,37 x 80 metros en la estoa.

El testamento de Epicuro
Tema 3

El testamento de Epicuro

Los epicúreos, a diferencia de los pitagóricos, de donde deriva la corriente principal de la Historia de la Filosofía, no eran ni pensaban como una secta, sino como una comunidad de trabajo y conocimiento que se desarrollaba en el tiempo. Eso cambiaba su relación con la propiedad y con la memoria de las generaciones anteriores, y además aseguraba un escandaloso lugar igualitario a las mujeres y una sorprendente, para la época, atención a los niños.

Las epístolas: entendiendo el tetrapharmakos
Tema 4

Las epístolas: entendiendo el tetrapharmakos

En la base de las «cuatro medicinas del alma», es decir, de la vida psicológica, están una y otra vez la necesidad de superar los miedos socialmente impuestos a través de la comunidad y el trabajo colectivo del comunal.

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