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La doctrina epicúrea en el pórtico de Enoanda

Alrededor del año 120 de la era común, un tal Diógenes, quien probablemente era el patrocinador de un huerto epicúreo en la ciudad de Enoanda, en el Sur de la península de Anatolia, manda construir una gigantesca inscripción de 2,37 x 80 metros en la estoa.

La doctrina epicúrea en el pórtico de Enoanda
Contenido

La estoa de Enoanda es un largo paseo porticado a la entrada de la ciudad, probablemente erigido también por Diógenes, en cuyos extremos coloca, opuestos el uno al otro, el mensaje del pórtico y su propio mausoleo. Hasta 1840, cuando una expedición arqueológica rescata los primeros restos del muro, reutilizados para un muro defensivo en el siglo III, no se tiene conocimiento de Diógenes ni de la comunidad epicúrea de Enoanda, en realidad una de las muchas esparcidas en ese momento por el Mediterráneo.

El texto del pórtico es un resumen propagandístico de las posiciones públicas de los epicúreos del siglo II de la era común. Es extraordinariamente coherente con lo que se conserva de los trabajos que Epicuro escribe a partir del año 306 antes de la era común, fecha en que el maestro vuelve a Atenas para fundar la primera comunidad-huerto. Es también el último documento escrito por un grupo o figura epicúrea que conservamos.

Sumerjámonos en el discurso que destila organizando lógicamente sus principales mensajes.

La Naturaleza, la sociedad, la moral y la psicología de cada individuo están imbricados entre sí

El mundo natural y social es material, no hay separación ni independencia entre cuerpo y alma, entre cultura y necesidad social

Toda realidad es material, incluso el «alma», es decir, la vida psicológica.

Es preciso entender que es una parte [del ser vivo]. Porque por sí misma no puede el alma existir, por mucho que sobre ello haga discursos Platón, y también los estoicos, ni moverse, del mismo modo que tampoco el cuerpo [tiene sensaciones cuando el alma lo abandona].

Todo lo social, desde la arquitectura al lenguaje, nace de la lucha por satisfacer las necesidades materiales humanas.

[A partir de las cuevas en que habitaban para huir de los fríos inviernos,] al pasar el tiempo, llegaron a la invención de casas para vivir, y a partir de los envoltorios que se fabricaban para sus cuerpos cubriéndose con el follaje de las plantas o con pieles —porque ya mataban animales—, llegaron a la idea de hacerse vestidos —aunque no cosidos, sino más bien a la manera de pellejos o algo por el estilo—. Más tarde, al avanzar, el tiempo les inspiró también, a ellos o a sus descendientes, la idea del tejido. Así que para ningún arte ni técnica, como tampoco para las mencionadas, hay que aducir a Atenea ni a ningún otro de los dioses. Pues todas las artes las engendraron las necesidades y diversas circunstancias en el curso del tiempo. Tampoco con relación a sus voces, me refiero a los nombres y los verbos, con las que construyeron sus primeras expresiones los seres humanos nacidos de la tierra,

La eudaimonia, el buen modo de vivir, aunque se traduzca incorrectamente como felicidad, es algo material, cuando se aplica a alguien concreto no quiere decir que sea feliz en el sentido contemporáneo, sino que se siente satisfecho. Por eso el placer está en el centro de toda vida satisfactoria, no «la virtud», que como dice Diogenes de Enoanda «es, en todo caso, un medio».

La cuestión no es la de qué es eso que produce el buen modo de vivir; sino en qué consiste ese estado y a qué tiende como objetivo final nuestra naturaleza. En el placer, afirmo, ahora y siempre, para todos, griegos y bárbaros, proclamándolo en voz alta; ése es el objetivo final del mejor modo de vivir.

Porque...

Cuando el placer está presente no hay dolor en el cuerpoeudaimonia ni pena en el alma, ni mezcla de ambos.

Máximas Capitales, 3

Nada por cierto, más lejos del placer extático del místico en busca de un estado de elevación permante.

Si el tiempo pudiera alargar el placer hasta el infinito, no podría sin embargo aumentarlo al infinito.

Máxima de Epicuro no atestiguada en otro lugar

Porque ni siquiera mundo físico es perfectamente determinista, la responsabilidad individual es ineludible en el mundo social

Materialismo por otro lado, no significa determinismo ni fatalismo mecánico, porque la Naturaleza en sus elementos más básicos, los átomos, tiene ya un clinamen, un giro aleatorio, que hace imposible un determinismo total.

Pues si resulta rechazada la adivinación, ¿qué otro indicio queda de la fatalidad? Pues si alguno utilizara el argumento de Demócrito, diciendo que los átomos no tienen ningún movimiento libre en el continuo chocar mutuo de unos con otros, y que de ahí se deduce que todos se mueven fatalmente, le replicaremos a éste que: «¿No sabes tú, quienquiera que seas, que hay en los átomos un movimiento libre, que Demócrito no descubrió, pero que Epicuro sacó a luz, que consiste en su desviación, según él demuestra considerando los fenómenos?».

Es esa ausencia de determinismo la que hace que en ninguna circunstancia podamos orillar la responsabilidad individual porque...

Lo más importante es esto: si uno cree en la fatalidad, eliminará con ello cualquier acusación o premio y ni siquiera sería posible castigar con justicia a los malvados, puesto que no serían responsables de sus delitos.

La sociedad existente tiene un carácter anti-humano

Sin embargo, que siempre esté presente la responsabilidad individual no quita sino que hace aún más relevante la responsabilidad social. Y es que la sociedad existente es el opuesto de la comunidad. No libera ni desarrolla a sus miembros, sino que se convierte en una verdadera enfermedad para ellos.

La mayoría de las personas andan enfermos en masa, afectados, como por una epidemia, por sus falsas opiniones acerca de las cosas, y van enfermando cada vez más, pues en sus empeños se contagian la enfermedad unos a otros, como sucede en los rebaños.

La capacidad destructiva de esa sociedad enferma se multiplica en cada uno a través de su propia vida psicológica.

[Tiene el alma] sufrimientos muy superiores a la causa que se los ha causado. También con una pequeña chispa se enciende un gran fuego, tan enorme que abrasa puertos y ciudades. Pero el predominio de los dolores del alma les es difícil de entender a la mayoría;

La moral como alternativa asequible a una sociedad inhumana

La gran operación epicúrea: negar el miedo a través del que la sociedad niega el desarrollo humano

La solución que el epicureismo propone al neófito, al externo, es negar aquello a través de lo que la sociedad niega en él su desarrollo como ser humano. Negar el aparato ideológico de su propia dominación.

Investiguemos ya nosotros cómo nuestra vida puede hacerse placentera tanto en su condición estable como en nuestras actividades. Hablemos primero de las situaciones duraderas, destacando lo fundamental: el hecho de que, una vez que se suprimen los padecimientos que perturban el alma se presentan en su lugar los que la alegran.

Para las comunidades de los huertos eso significa enfrentar los miedos. No tanto los miedos inmediatos, reactivos, sino especialmente, aquellos que la ideología del esclavismo hace universales. Esos «miedos turbios» que configuran a sus contemporáneos desde el nacimiento y que no son menos irracionales que los otros.

Ahora bien, ese terror unas veces resulta claro, y otras es turbio. Claro cuando tratamos de huir de un mal manifiesto, como cuando aterrorizados por el fuego nos lanzamos a la muerte; turbio cuando el miedo resulta infiltrado en nuestra naturaleza por algo que se presenta a nuestra mente y que amenaza de modo tenebroso...

Son esos miedos turbios, esa debilidad, los que nos hacen «débiles», los que nos alejan de la serenidad (soberanía sobre nosotros mismos) y nos convierten en carga o problema para los demás.

El ser satisfecho e indestructible ni tiene preocupaciones ni las causa a otros; de modo que ni se ocupa de venganzas ni de agradecimientos. Pues todo eso es propio de lo débil.

Máximas Capitales, 1

Son esos miedos los que algunos expresan como búsqueda del poder sobre los demás...

[Ni el prestigio público ni la realeza ni la riqueza es fundamento del placer.] Así que el filósofo no ambiciona el poderío ni el reino de Alejandro, o poseer aún más de lo que él tenía, porque esos hombres no andan deseosos de nada vano.

...o a través del uso espurio del conocimiento para lograr el reconocimiento de los poderosos.

[Muchos con ansias de riqueza y de fama] buscan el filosofar, como si fueran a obtener tales premios de ricos patronos o de reyes que mantengan la creencia de que la filosofía es una adquisición importante y valiosa.

Son, al fin, esos miedos los que sirven para mantener la dominación y los que producen aquello que más teme una persona de la época: la aparición de nuevos tiranos y caudillos que embarquen a la sociedad en gigantescas matanzas bélicas.

[No] Vamos a postrarnos ante las estatuas. Al transformar a ciertos individuos en tiranos, se les permites cosas horribles. Y mucho más podemos decir de los soldados que causan espantosas matanzas en todo el mundo.

Bajo todos estos comportamientos sociales antihumanos, están los miedos y las angustias más básicas. Miedos y angustias que, en realidad, no definen nada parecido a la «naturaleza humana», sino a la sociedad que los produce.

¿Cuáles son las cosas que perturban [el alma]? Por un lado, son terrores: el de los dioses, el de la muerte, el de los dolores. Y, además de ésos, los deseos que exceden los límites de lo natural. Ésas son, en efecto, las raíces de todos los males, y, si no las extirpamos, nos inundará una cascada de desdichas.

La medicina que cura la inhumanidad

Frente a esos miedos no hay fórmulas mágicas. De nada sirve proyectar hacia los dioses la necesidad de enfrentar las injusticias sociales. Al revés, el temor a los dioses, la expectativa de que «hagan justicia», solo puede desquiciarnos aun más.

No pensemos que los dioses son jueces de los injustos y perversos y de los buenos y justos. De lo contrario surgirán en nuestras almas las mayores perturbaciones.

El temor a los dioses es destructivo para la persona y ni siquiera reduce la injusticia, algo que solo depende de tener y cumplir leyes «justas» que contengan el daño que los demás pueden causarnos. Diógenes de Enoanda se pregunta: «¿En atención a qué dioses van a ser justos los humanos?»

Declaro que quienes basan sus argumentos en la naturaleza no son justos a causa de los dioses, sino por observar correctamente qué naturaleza tienen, las pasiones y también los dolores y la muerte, porque en todas partes y en general los seres humanos cometen injusticias a causa del dolor o por el placer, y, a su vez, los humanos normales son justos a causa de las leyes, en tanto que haya leyes justas, y por los castigos que están impuestos por ellas.

Ahora bien, si también de entre ellos puede haber algunos que sean de recto proceder con vistas a los dioses, y no por temor a las leyes, ésos son pocos. Apenas dos o tres van a encontrarse entre grandes grupos de la población, y ni siquiera ésos actúan justamente con entera firmeza. Pues no tienen convicciones firmes acerca de la providencia divina.

Tampoco frente al miedo a la muerte cabe otra cosa que la razón.

Pues ciertamente, cuando estemos muertos, no habrá para nosotros ni largos gemidos ni sollozos ni ríos subterráneos y otras cosas lamentables, como cuentan los mitos. Nada es para nosotros, ausente la capacidad de sentir, la muerte, como ya he dicho antes y de nuevo rectamente continuaré asegurando.

Inevitable ahí la cita de Epicuro inscrita en el pórtico:

La muerte nada es para nosotros: porque lo descompuesto nada siente y lo que no se siente nada es para nosotros.

Sentencias Vaticanas, 2

Del mismo modo, al miedo al dolor hay que enfrentar la razón:

El dolor cuando es pequeño no suprime el placer, y cuando es muy grande no perdura.

Pues...

El límite de la magnitud de los placeres es la eliminación de todo dolor. [Donde hay placer, por el tiempo que se mantenga, no existe dolor ni pesar ni la mezcla de ambos]».

Máximas Capitales 3

Porque a fin de cuentas, satisfacer las necesidades naturales, es decir reales, es fácil con un sencillo huerto comunal. Volvemos una y otra vez a la clave de bóveda de todo el pensamiento epicúreo: la comunalidad de los trabajos -productivos y filosóficos- permite una vida sensata, refinada y capaz de satisfacer las necesidades de cualquier persona que no esté dominada por el miedo.

Es decir, la comunidad es la base material de la eudaimonia. Tanto es así que los epicúreos piensan que todas las condiciones están dadas para poder alcanzar universalmente una modesta pero eficaz forma de abundancia social.

Aunque ya una gacha de cebada sería suficiente por naturaleza [la vida nos ofrece para nuestro alimento] muchas cosas que son agradables de comer, y un lecho que no lastima nuestro cuerpo por su dureza y unos vestidos ni demasiado suaves ni demasiado ásperos, de tal modo que no nos apartemos de lo natural... como nosotros mismos nos vestiríamos... un tejido acorde con nuestra elección.

Y esas cosas, y aún mejores que éstas en mucho, son fáciles de obtener, de tal modo que gocemos continuamente de una vida refinada y que resulta beneficiosa en todo y permite socorrer a otros en sus necesidades.

La comunidad como puerta hacia otro conocimiento y otra estructura social

El pórtico como propaganda y como puerta a un conocimiento en oposición a la sociedad establecida

El pórtico de Enoanda es una pieza de propaganda. Su objetivo, como el de toda la comunicación pública epicúrea es dar herramientas a los contemporáneos para liberarse de las ataduras más básicas de la ideología de la sociedad imperante, vivir mejor y eventualmente, en algunos casos, unirse a las comunidades de los huertos.

Por eso ese gran esfuerzo de la propaganda epicúrea que es el pórtico no se dirige a la polis, sino a aquellos de sus miembros lo suficientemente conscientes de su propia alienación como para poder llegar a separase de ella.

Viendo a cuantos estaban en ese estado de ánimo, me compadecí de su vida y lloré por la pérdida de su tiempo y vine a considerar como deber de un hombre de bien acudir a socorrer con afecto humano, en la medida que está a mi alcance, a las personas de buen juicio. Ésta es la razón primera de esta inscripción. [...]

[Y he querido refutar a los que acusan a la filosofía de no sernos provechosa.] Así que, aunque no participo de los asuntos públicos, digo estas cosas como si me hiciera presente en ellos, intentando mostrar que lo que conviene a nuestra naturaleza, que es la serenidad de ánimo, es lo mismo para uno y para todos.

No es propaganda «política» en el sentido de que no pretende guiar ni reorientar el poder establecido ni transformar la gestión del estado. Su objetivo no es la polis, es la Humanidad.

Y hemos preparado por eso esta inscripción no para nosotros, sino para vosotros, que os sirve como un medio de salvación, como anunciamos al comienzo de todo el texto. Y no pensamos que vaya a ser útil para algunos de vosotros, sino que lo es para todos.

Es en realidad la más subversiva de las formas de propaganda posible pues no distingue siquiera entre ciudadanos y forasteros, entre bárbaros y civilizados.

Y nos hemos empeñado en esto con el propósito de que, incluso estando recluidos en casa, expongamos nosotros los beneficios de la filosofía, no ya sólo a todos los de aquí, sino a todos los civilizados en la lengua de nuestros conciudadanos. Y no en menor medida lo hemos hecho así pensando en los que llamamos extraños, pero que no lo son en realidad. Porque, según una y otra división particular de la Tierra, la patria es una para unos y otra para otros; pero en la perspectiva total de este universo la patria de todos es una sola: la Tierra entera, y una sola familia es todo el universo.

El radical universalismo de la ambición epicúrea ni siquiera para en las generaciones presentes.

Y justo es acudir en ayuda también de los que vivirán después de nosotros, pues también ellos son algo nuestro aunque no hayan nacido, y es además una muestra de amor al prójimo socorrer a los forasteros que se lleguen hasta aquí. Así que, como los consejos de la inscripción quedarán al alcance de muchos más, he querido utilizar este pórtico para exponer en un ámbito público los remedios medicinales de la salvación. Estos remedios médicos los hemos probado nosotros cabalmente. Porque nos hemos liberado de todos los temores que suelen acongojarnos en vano, y hemos anulado por completo las penas superfluas y limitado las naturales en su conjunto a algo pequeño, reduciendo su grandeza a lo mínimo.

Del mensaje universal a la práctica comunitaria

Pero no corresponde al texto público ir más allá de la negación de lo que nos niega, que no es el realidad el objetivo de la doctrina, sino su punto de partida. El camino que entonces se abre para el que sabe escuchar requiere del establecimiento de otro tipo de comunicación, a otra escala, en otro marco de relaciones y con otro contenido.

Llegado ya al ocaso de mi vida, a punto casi de despedirme de la existencia por motivo de mi edad, he querido hacerlo con un hermoso peán para celebrar la plenitud de sus placeres, a fin de no quedarnos atrás en ayudar ya a las personas de buen entendimiento. Así que, si uno solo, o dos o tres o cuatro o cinco o seis o cualquier otro número de personas que prefieras, amigo, con tal de que no sean demasiadas, se hallaran angustiadas, yo me dirigiría personalmente a cada uno de ellos, uno por uno, para darles mi mejor consejo.

Consejo cuyo objetivo no es otro que el desarrollo del conocimiento desprovisto de «utilidad social», es decir, movido por la voluntad de reconocimiento en la estructura de poder de la sociedad establecida.

Pero en nosotros no se origina en ninguna de esas ventajas mencionadas; no por eso practicamos esta tarea, sino con el fin de ser felices logrando el objetivo final al que nos destina nuestra naturaleza.

¿Cuál es éste? Algo que no pueden procurarnos ni la riqueza ni la fama política, ni la corona real, ni una existencia de refinados lujos y mesa espléndida, ni los placeres de amoríos refinados, ni nada por el estilo, sino que lo consigue únicamente la filosofía, esa que nosotros perseguimos.

Es importante subrayar la necesidad de otro tipo de relaciones -las que se producen en el huerto comunal- para que el conocimiento verdadero sea posible. La «filosofía» verdadera no puede existir en la polis, porque no es en la polis, sino fuera de ella -aunque en comunicación y oposición a ella- el único lugar donde es posible una vida placentera, sensata y justa.

No es posible vivir placenteramente sin vivir sensata, honesta y justamente; ni vivir sensata, honesta y justamente sin vivir placenteramente. Quien no consigue tal presupuesto no puede vivir con placer.

Máximas Capitales 5. También en las Sentencias Vaticanas 5 y en la Carta a Meneceo, 132.

Un espacio de relaciones sociales diferente para desarrollar un conocimiento radicalmente liberador. Esa es la apuesta y la invitación epicúrea.

Adquirir mediante la firmeza de los razonamientos correctos una guía de conducta para quienes están bien dispuestos a compartir a gusto lo que tienen. Y mediante ese modo de vivir que es óptimo se llega a ser un ciudadano civilizado.

Es decir, discreta pero contundentemente Diógenes de Enoanda nos dice que solo viviendo en comunidad puede llegar alguien a ser considerado realmente un «ciudadano civilizado».

Una vez más, la negación de lo que nos niega, ahora materializado en la comunidad del huerto, la comunidad que puede abastecerse a sí misma y que niega las clases existentes, sus justificaciones del poder, su conocimiento y sus pompas.

Poco le beneficia al sabio la fortuna. Sus mayores y más importantes bienes se los ha procurado su juicio y se los procura y procurará a lo largo de todo el tiempo de su vida.

Máximas Capitales, 16

La dignidad comunera

No es «ciudadano civilizado» el estoico ni el patricio, el dirigente ni el héroe militar, sino el comunero. Comunero que para mayor escarnio puede ser varón o mujer, haber sido antes patricio o esclavo, prostituta o artesano, pues la comunidad es en realidad una anti-sociedad que no reconoce en las divisorias sociales otra virtud que generar un dolor innecesario y alienante.

El materialismo en el camino hacia la comunidad humana

El papel de la comunidad del huerto en la sociedad esclavizante

La función del huerto, de la producción colectiva comunal, es generar las condiciones de un estado general de ausencia de angustia o dolor que permita el desarrollo soberano (sereno) de conocimiento. La comunidad es una pieza necesaria porque sin ese soporte colectivo, sin esa autarquía, y la relativa pero inevitable separación de la polis, sería casi imposible escapar de fines antinaturales que imposibilitarían la serenidad del conocimiento.

Si no refieres en toda ocasión cada una de tus acciones al fin según la naturaleza, sino que antes te desvías dedicándote a perseguir cualquier otro, no serán consecuentes tus acciones con tus ideas.

Máximas Capitales, 25

Tampoco es tan difícil. No es necesario reproducir las supuestas liberaciones, en realidad alienantes, que enorgullecen a la polis.

Digo, por un lado, que el vano temor a la muerte y a los dioses os angustia a la mayoría de vosotros, y, por otro, que lo que produce la alegría de verdad duradera no son ni los teatros ni los espectáculos, ni los baños ni los perfumes ni los ungüentos que dejamos del todo para las masas vulgares, sino el estudio de la Naturaleza...

La producción comunal en el huerto debe proveer para ello de la satisfacción de las necesidades básicas alcanzables con la tecnología de la época. Diógenes nos lo dice, una vez más, con una máxima del maestro.

[«Éste es el grito de la carne: no tener hambre, no tener sed, no tener frío; quien tenga y confíe contenerlo, podría] rivalizar [incluso con Zeus en satisfacción («eudaimonia»)]. Además los alimentos sencillos [proporcionan igual placer que una comida de lujo, una vez que se elimina del todo el dolor por la necesidad, y pan y agua procuran el máximo placer cuando los toma quien los necesita»].

Sentencias Vaticanas 33; también en Carta a Meneceo 130-131

Y para permitir ese conocimiento liberador, lo primero que ha de sustentar la comunidad es el conocimiento de la Naturaleza en todos sus ámbitos porque...

No habría ganancia alguna en procurarse la seguridad entre los hombres si uno se angustia por los fenómenos celestes y los de debajo de la tierra y, en una palabra, por los del infinito.

Máximas Capitales 13; también en Sentencias Vaticanas, 72

Y por tanto enfrentar el discurso alienante de la filosofía que destila la polis.

Algunos filósofos, y de modo especial los socráticos, afirman que el investigar la naturaleza y los fenómenos celestes es una ocupación excesiva e inútil, y no se dignan ocuparse en nada por el estilo.

[Otros no desacreditan] declaradamente la investigación de la naturaleza, avergonzándose de reconocer tal aserto, pero usan otros modos de rechazo. Pues, cuando afirman que las cosas son inaprensibles, ¿qué hacen sino decir que no debemos investigarlas? Pues ¿quién va a elegir buscar lo que nunca se encuentra? Así, Aristóteles y los que siguen la misma senda peripatética que Aristóteles dicen que nada puede saberse de modo científico.

La comunidad como base de la perspectiva de la superación de la sociedad alienante por una comunidad universal

El pórtico nos deja finalmente con un destello de lo que hay al otro lado. Diógenes no puede, o no quiere, contenerse y cierra el monumental texto con una perspectiva política universal que los contemporáneos solo podían entender como anti-política.

Diógenes acaba trazando los rasgos de una abundancia futura que hace de la sociedad una gran comunidad con un único comunal universal, sin diferencia entre clases y sin separación entre el trabajo manual y el intelectual. La verdadera perspectiva epicúrea, el núcleo real de la doctrina, es afirmar una moral sobre el presente a partir de la afirmación de una comunidad universal futura que, a su vez, proyecta la experiencia de los huertos comunales.

[De modo que no en cualquier lugar hallaríamos la sabiduría], porque no todos son capaces de ella. Pero si la suponemos posible, entonces cuán de verdad la vida de los dioses se encontraría entre los seres humanos. Pues todo rebosaría de justicia y amor recíproco.

Y no habría necesidad de muros ni de leyes ni de todo cuanto montamos para protección de unos contra otros. En lo que respecta a los sustentos necesarios de la agricultura, como entonces no tendremos esclavos, nosotros mismos empuñaremos el arado y abriremos los surcos y velaremos por los cultivos, desviaremos los ríos y recogeremos [las cosechas].

Y habrá pausas para la tarea de filosofar de modo constante y en compañía al modo actual. Pues las tareas del campo nos proporcionarán todo lo que la naturaleza exige...


¿Qué nos está contando el pórtico de Enoanda?

El pórtico nos habla de una comunidad muy madura, que se ve a sí misma como alternativa a una sociedad esclavizante en la que vive. Una comunidad que entiende que su capacidad para producir lo que necesita, su autarquía comunal, su huerto comunero, es lo que le permite pensar y vivir libremente.

Desde esa convicción, la comunidad epicúrea de Enoanda enarbola en público los fundamentos morales de su teoría materialista buscando pares: personas de cualquier clase social u origen geográfico, que rechacen la sociedad que les niega de una manera u otra. Pero al hacerlo no puede evitar una promesa: algún día, la Humanidad entera formará una comunidad.

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Pregunta 1

El origen de lo social es...

Pregunta 2

Si el mundo es material y la Naturaleza está sujeta a leyes (es determinista)...

Pregunta 3

La eudaimonia, el buen modo de vivir, produce y se debe asociar a...

Pregunta 4

La sociedad existente es...

Pregunta 5

La comunidad es para los epicúreos...

Pregunta 6

Para comenzar a liberarnos de esta sociedad debemos...

Pregunta 7

La realidad es...

Pregunta 8

La base material de la eudaimonia es...

Epicureismo para comuneros › Tema 2

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