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Bajo el mismo techo, trabajando el mismo huerto

Una visión general sobre qué fueron y qué pretendieron los epicúreos sin la que es difícil entender sus mensajes.

Bajo el mismo techo, trabajando el mismo huerto

Non schola sed contubernium

Seneca. Ep. 1.6.6

Como escribe Séneca a Lucilio, «fue la vida bajo un mismo techo (contubernium) y no una escuela de pensamiento (schola)» lo que dio forma al movimiento epicúreo e hizo de «de Metrodoro, de Hermarco, de Polieno, grandes hombres». Es imposible hacerse una idea cabal del epicureismo al margen de su naturaleza comunal y comunitaria. Sin embargo eso es lo que pretenden casi la totalidad de libros y materiales de divulgación y buena parte de la literatura académica.

Para el comunero que lee hoy lo que nos queda del maestro de Samos o del pórtico de Enoanda resulta evidente que no hay nada más ajeno a la lógica epicúrea que la figura del «jardín». Por mucho que sea invisibilizado en un relato lleno de «falsos amigos» heredados de traducciones cojas, interpretaciones anacrónicas y proyecciones de la imagen que los libertinos (=materialistas) barrocos deseaban para sí mismos, es un hecho que Epicuro no reunió a sus amigos alrededor de parterres de setos y plantas ornamentales. Les llamó a cultivar juntos un huerto que satisficiera sus necesidades básicas. La supuesta «escuela del jardín» era más bien la «comunidad del huerto».

Esta centralidad de la producción colectiva y el tipo de relaciones que los comuneros establecían entre sí en la búsqueda de sus objetivos compartidos, limitaba la escala de las ambiciones materiales a las que debían atenerse, alimentando dos temas fundamentales que conforman los cimientos materiales de la moral epicúrea: la necesidad de producir por sí mismos lo necesario para todos los miembros de la comunidad, la autarquía, y las verdaderas bases de un buen modo de vivir, la eudaimonia, un concepto habitualmente mal traducido como felicidad.

El mensaje epicúreo es de un comunitarismo tan autárquico como contundente: la ataraxia, la serenidad e independencia de juicio, puede alcanzarse tan sólo si la comunidad produce cuanto necesita. No hace falta más, todo lo demás es suntuario y nuestro ánimo no puede depender de ello aunque tampoco se niegue a disfrutarlo si llega como regalo extraordinario. «Envíame un tarrito de queso a fin de que pueda darme un festín cuando apetezca», nos cuenta Diógenes Laercio que Epicuro escribió a un amigo.

La experiencia del trabajo comunal también está en el origen de su perspectiva política, habitualmente negada al confundirla los comentaristas con la participación en las instituciones de gobierno establecidas. Solo en ese estrecho sentido eran apolíticos. En realidad eran sencillamente «malos ciudadanos». Entre otras cosas porque igual que no reconocían diferencias de clase, tampoco reconocían pertenencias de patria ni diferencia de naturaleza entre «bárbaros» y «civilizados». De hecho, solo encontraban civilizada la superación de barreras, fronteras y clases, que en aquel momento sólo ellos representaban como posi bilidad de futuro, es decir, como realidad moral.

Así lo afirma por ejemplo, el último gran legado epicúreo que conservamos, el pórtico de Enoanda. No hay acto político más contundente que publicar un mensaje como el del pórtico en un gigantesco mural de piedra a la entrada de la propia ciudad. Por supuesto, el texto grabado en el muro no se presenta como una declaración política, sino como un acto de filantropía destinado a ayudar a superar la destrucción psicológica y moral que sufren tanto habitantes como forasteros que por ahí pasan a consecuencia de una sociedad que, no hay que leer demasiado entre líneas, consideraban aberrante.

El mensaje expresado en el pórtico es una verdad razonada y argumentada expresamente para el «exterior» de la comunidad, escrita en términos universalmente comprensibles y limitada temáticamente. Es propaganda destinada a ganar miembros y combatir a los rivales en el espacio público.

Su consigna principal, el tetrapharmakos, es un producto de la doctrina, pero no la doctrina misma. Pensar lo contrario, como hacen prácticamente todos los manuales de uso común, equivale a pensar que el núcleo teórico del marxismo ruso en 1917 podía resumirse en algún tipo de plan para la distribución de pan entre la población, el reparto de tierras y la defensa de la paz.

En la lógica epicúrea la filosofía como tal, el conocimiento que surgía de hablar en verdad, la parresia, solo podía existir entre personas que previamente se habían liberado de los miedos y pretensiones sociales impuestas; personas que gracias a la serenidad provista por el tetrapharmakos, conquistaban la soberanía sobre sí mismos que la sociedad les había negado.

No es difícil entender por qué el tetrapharmakos era la puerta a las comunidades de los huertos. Literalmente marcaba la entrada a un mundo alternativo. Solo en el marco de autonomía productiva provisto por el trabajo común en el huerto, el conocimiento y la discusión podían dejar de estar condicionados por la angustia y el miedo impuestos socialmente. Sólo en ese entorno de ayuda mutua y discusión franca, los seguidores del maestro podían llegar a ser amigos entre sí, desarrollar el tipo de fraternidad que solo es posible tras «procurarse la máxima seguridad de quienes les rodean».

El epicureismo no es, aunque suela describirse así, ese pensamiento ético que reflexiona sobre la felicidad y nos propone no temer a los dioses, la muerte y el dolor. Y desde luego no es una aritmética moral de los placeres, al modo benthamita.

El epicureísmo es, ante todo, una cosmovisión construida desde y para una comunidad productiva que busca un «buen modo de vivir» (eudaimonia) y para conseguirlo reduce al mínimo su dependencia del metabolismo económico general de una sociedad esclavizante para alcanzar su autarquía, literalmentet su autogobierno.

El epicúreo es además, y no conviene olvidarlo, un proyecto comunizador que sabe que no puede encontrar enganche ni tracción en los grandes desarrollos históricos de su época, pero que no renuncia a un horizonte en el que su propia experiencia se torne universal. Un horizonte en el que las divisiones sociales desaparezcan, la abundancia necesaria sea un producto social y los seres humanos se reconozcan y descubran como aquello que ahora, en el mejor de los casos, solo saben ver en unos dioses inalcanzables.

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Pregunta 1

¿Que es la «parresia» y para qué sirve?

Pregunta 2

¿Qué era la autarquía para los epicureos?

Pregunta 3

La ataraxia se consigue mediante...

Pregunta 4

¿Que es la «eudaimonia»?

Pregunta 5

¿Qué era el famoso «jardín» epicúreo?

Pregunta 6

¿Qué es la ataraxia?

Epicureismo para comuneros › Tema 1

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