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El testamento de Epicuro

Los epicúreos, a diferencia de los pitagóricos, de donde deriva la corriente principal de la Historia de la Filosofía, no eran ni pensaban como una secta, sino como una comunidad de trabajo y conocimiento que se desarrollaba en el tiempo. Eso cambiaba su relación con la propiedad y con la memoria de las generaciones anteriores, y además aseguraba un escandaloso lugar igualitario a las mujeres y una sorprendente, para la época, atención a los niños.

El testamento de Epicuro
Contenido

El comunal y sus garantes

No hay libro contemporáneo sobre los epicúreos que no se moleste en recordarnos las líneas de Diógenes Laercio en la que apunta que:

Epicuro no imponía la comunidad de bienes como Pitágoras, el cual hacía comunes las cosas de los amigos; pues esto es de personas poco fieles, y entre éstas no puede haber amistad.

Ignoran lo más relevante de la afirmación: la comparación con los pitagóricos. Extraen de la frase la idea de que la comunidad epicúrea no era tal sino un mero espacio compartido en el cual cada uno de los miembros mantenía su «propiedad».

Esta idea sin duda tranquilizaba las ansias de los primeros pensadores materialistas de la burguesía barroca y parece permitir todavía a los académicos olvidar cualquier preocupación sobre la organización del huerto, pero se ve inmediatamente contradicha en el mismo texto de Diógenes Laercio cuando recoge el testamento del maestro, claro al respecto.

Doy todo cuanto tengo a Aminomaco de Bate, hijo de Filocrates, y a Timócrates de Pótamo, hijo de Demetrio, al tenor de la donación hecha a entrambos en el Metroo, con la condición de que den el huerto y sus pertenencias a Hermaco de Mitilene, hijo de Agemarco, a los que filosofan con él, y a los que Hermaco dejare sucesores en la escuela para filosofar allí. Y a fin de que procuren conservar perpetuamente en lo posible los que filosofan bajo mi nombre con Aminomaco y Timócrates la escuela que está en el huerto mismo, se lo entrego en depósito a ellos y a sus herederos del modo más valedero y firme, para que también ellos conserven el dicho huerto del mismo modo que aquellos a quienes éstos lo entregaren, como a discípulos y sucesores de mi escuela y nombre.

La casa que tengo en Mélite la entregarán Aminomaco y Timócrates a Hermaco, para habitarla durante su vida, y los que con él filosofen. [...]

Cuidarán asimismo de Nicanor, según yo lo he practicado, para que cuantos han filosofado conmigo, puesto sus bienes en uso propio de todos nosotros, y dándonos prueba de un sumo y estrecho amor han querido envejecer con nosotros en la filosofía, nada les falte de lo necesario en cuanto mis facultades alcancen. Entregarán todos mis libros a Hermaco. Si éste muriese antes que los hijos de Metrodoro lleguen a la edad adulta, Aminomaco y Timócrates les darán, siendo ellos de vida arreglada, lo que de mis bienes les parezca necesario, atendido el alcance de la herencia.

Queda claro que «cuantos han filosofado conmigo, han puesto sus bienes en uso propio de todos nosotros», pero también que Epicuro mantuvo hasta su muerte la titularidad de huertos y casas... y que fue su intención establecer una línea sucesoria de líderes en cada comunidad que heredaran propiedades y libros, haciéndose garantes de la continuidad de los distintos huertos y sus bases materiales. Solo un bien escapa a la herencia: sus esclavos, a los que da libertad tras su muerte.

Es decir, lo principal que el testamento del maestro nos revela sobre la organización interna del huerto es que todo era puesto en común, para «uso propio de todos nosotros».

De la referencia de Diógenes Laercio, apuntalada por otros testimonios, cabe inferir pues que los bienes puestos en común por los miembros de la comunidad revertían a sus propietarios originales en caso de que marcharan o la comunidad se disolviera. Esto explica el contraste con los pitagóricos. Las secta pitagórica, raíz del platonismo y con él de la corriente principal de la Filosofía hasta nuestros días, como era común en los grupos iniciáticos, despojaba de todos sus bienes a sus novicios. Y éstos, en caso de abandonar el grupo, no tenían derecho alguno a reclamarlos.

En los epicúreos, en cambio, el uso colectivo nacía de la amistad, es decir, del aporte voluntario, convencido y desinteresado al proyecto de vida colectiva. Era un disfrute en común basado en la confianza mutua. Eso sí, la propiedad legal del principal medio de producción -la tierra y las edificaciones- se transmitía a los líderes de cada comunidad, garantes ideológicos y materiales de la permanencia del modelo de huerto colectivo creado por Epicuro.

Entre los amigos que vivían y trabajaban en los huertos, los sucesores del maestro fundador, los kathēgemones, «los que marcan el camino», eran los encargados de garantizar la continuidad comunitaria, objetivo por el que erigían como organizadores de los kataskeuazomenoi, «los preparados para una vida de conocimiento». Dentro de este grupo de líderes tenían preminencia además aquellos que, como los hijos de Metrodoro, habían nacido ya en la comunidad.

Las ínsulas huertanas epicúreas estaban tratando de crear, a través de una experiencia vital comunal, un nuevo tipo humano preparado para «marcar el camino» hacia una sociedad diferente como aquella con cuya descripción culmina el pórtico de Enoanda.

Pero no son inocentes, las instituciones comunales no son mágicas: solo constituyen un nuevo ser por asimilación de una experiencia vital colectiva nueva, es decir, para los recién llegados, tras un periodo de trabajo comunal tanto productivo como intelectual. Otra cosa son aquellos que nacen y se desarrollan ya en la comunidad.

Esto explica la importancia de los niños no sólo en el testamento sino en general, en las comunidades del huerto, sin comparación con ningún otro grupo filosófico de la Antigüedad. Y sobre todo, el papel igualitario de las mujeres, brutalmente a contracorriente de la sociedad esclavista griega de la época. Y es que la función trascendente de la vida comunal era crear un nuevo modo de ser humano a través de un buen modo de vivir (eudimonia).

Satisfechos e indestructibles, seremos como dioses: el nuevo ser humano «germinado» en el huerto

Una de las cuestiones más polémicas del grupo, ya durante la Antigüedad cuando, como recuerda Diógenes Laercio, no faltaron a epicúreos legiones de injuriadores y acosadores, fue establecer cultos y tratamientos a los fundadores y a otros miembros destacados, más similares a los de los dioses que a los de los antepasados.

Los miembros de las comunidades hortelanas eran conocidos por ejemplo, como Eikadistai, miembros del culto del día 20. Pues el propio Epicuro establece en su testamento que los días 20 de cada mes las comunidades celebren a los dos fundadores, Metrodoro y él mismo. Este tipo de ceremonias mensuales eran propias de ciertas advocaciones divinas mientras que las de familiares y antepasados solían tener carácter anual. Ni que decir tiene que la celebración de los días 20 de cada mes ofendió a no pocos piadosos de la época.

En realidad, en el contexto de la época, tenían motivos. El propio Epicuro escribe a su discípulo Colotes como si ambos fueran dioses, habla de la próxima visita de Pithocles como si tuviera naturaleza divina. Aristóbulo, Metrodomo o Cairedemo -tres de los primeros kathēgemones- son tratados y celebrados con honores divinos. Y toda una ceremoniosidad se establece, desde el testamento del maestro, alrededor de las distintas celebraciones de su propia vida y de la de éstos.

Estamos ante el provocativo núcleo «esotérico» del pensamiento del huerto: liberados de la propiedad, la división del trabajo y las instituciones esclavistas, los comuneros representan ya islotes de esa sociedad comunista en la que, como apunta Diógenes de Enoanda, «la vida de los dioses se encontraría entre los seres humanos».

Esta es la operación teórica más radical del epicureismo. Define la moral y la práctica de la comunidad y su entorno como creadora de una nueva forma de ser humano que conformaría a cada uno como «satisfecho e indestructible», los mismos epítetos que describen a los dioses en su propia -y restrictiva- definición. Los epicúreos pueden ser así, no solo formal sino sinceramente «piadosos» y convivir con las exigencias sociales. Nadie puede decir que no crean en los dioses o que no los tomen por modelo de conducta, pues como dioses aspiran a ser ellos mismos gracias a su sistema moral, su búsqueda del conocimiento y, sobre todo, su modo de vida.

La ceremoniosidad y sus funciones

epicuro, epicúreos

Pero ¿por qué arriesgarse a la persecución por impiedad estableciendo cultos y celebraciones de sus propios miembros?

En realidad, esto no era tan infrecuente en la época. Los platónicos celebraban anualmente la figura de su fundador y no eran pocas las fraternidades religiosas que instituían sacrificios o libaciones por sus miembros y dirigentes más destacados. De forma escueta el propio Epicuro da la respuesta:

El honor dado a un sabio es un gran bien para quienes le honran.

Sentencias Vaticanas, 32

Dicho de otra manera: las muestras de devoción sincera son provechosas y socialmente útiles porque son inspiradoras para el que honra, aunque el honrado ni siquiera exista ya. Las muestras de piedad para con los dioses -o con los líderes fallecidos de la comunidad- en tanto que «satisfechos e indestructibles», son un referente útil para revivificar en cada miembro de la comunidad la moral comunitaria y la perspectiva universal que acarrea.

Por eso establecer ceremonias, copiar textos y elaborar memoriales -todo lo que conforma la timē griega, los «honores»- a los miembros de la comunidad que alcanzaron la serenidad, es parte de la construcción comunitaria alrededor del huerto y entre ellos.

Por paradójico que resulte, aquellos que aspiraban a «morir como si no hubieran vivido» cuando desaparecen han de ser honrados, pues como los dioses, aunque solo existan ya en la imaginación de los vivos, sus palabras aún pueden servir a la comunidad como guía, y su recuerdo como motivación a cada uno.

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Las comunidades epicúreas...

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En las comunidades epicúreas...

Epicureismo para comuneros › Tema 3

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