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Moral, concepto de justicia y fraternidad en el buen modo de vivir

¿Cómo encaja la moral epicúrea -una moral comunitaria- con la sociedad sin conducir a un enfrentamiento suicida? ¿Cuál es el sentido de Justicia de los epicúreos? ¿Cuál su sentido de la libertad?

Moral, concepto de justicia y fraternidad en el buen modo de vivir
Contenido

Diógenes Laercio y el mito de «la felicidad» individual frente a la práctica del «buen modo de vivir» en comunidad

Diógenes Laercio escribe su Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres en el siglo III. Dedica el décimo y último de los tomos de la obra a Epicuro. A pesar de que el texto contiene algunos errores de bulto conocidos desde antiguo, la pérdida o destrucción de prácticamente toda la obra epicúrea convirtió a esta obra en la principal referencia sobre el epicureismo durante siglos.

Pero lo que realmente perduró de las Vidas fue su enfoque. Diógenes Laercio es un doxógrafo: el objetivo de su trabajo es reducir la filosofía de la Antigüedad a un conjunto de temas y «opiniones de los filósofos» (doxai o doctrinas, en realidad) relativamente comparables entre sí. Entender el origen, contexto y significado de epicureismo por lo que nos presenta es tan difícil como entender el metabolismo de una oveja visitando la nevera dedicada a las carnes en un supermercado y comparando allí costillas de cordero con chuletas de cerdo.

Pero, a pesar de todo, la destrucción masiva de fuentes durante siglos ha convertido en preciosas las pinceladas biográficas y los materiales que rescata. Gracias a él por ejemplo sabemos que el epicureísmo fue un movimiento comunal masivo que contó además con un entorno de influencia -los afectados por la filantropía epicúrea- no menos notable. Diógenes Laercio nos habla de:

Sus amigos, que son tan numerosos que no pueden contarse en ciudades enteras; y todos sus conocidos que no estaban ligados a él más que por los encantos de su doctrina.

Diógenes Laercio, Epicuro

No debemos olvidar sin embargo que es Diógenes el que emprende la reducción del epicureismo a «escuela» y el paso del contubernium de los huertos a un oscuro segundo plano. Y es una cierta y particular interpretación anacrónica del término eudaimonia a partir de su obra, la que convierte a Epicuro en el «maestro de la felicidad» que nunca fue. Precisamente por éso Diógenes Laercio ha sido extremadamente cómodo para la Filosofía de la era individualista y su academia.

Seamos claros, la felicidad tal como se entiende comunmente hoy es un invento dieciochesco, una secularización del estado de gracia cristiano. No tiene sentido alguno fuera del concepto de individuo como átomo social y su origen teológico: la relación única y personal de cada uno -al margen de los demás- con la divinidad. La felicidad es un invento dieciochesco que seculariza la Gracia Divina.

La eudaimonia griega es en cambio un «buen modo de vivir», un estado de satisfacción con uno mismo, el resultado de esa «vida hermosa» que Epicuro promete a Meneceo.

La moral epicúrea

Epicuro no afirma realmente una ética, un modo de ser para el individuo que quiere ser feliz en el sentido que promueven los libros de autoayuda. Sino una moral, un modo de vivir con otros una vida satisfactoria cuyo núcleo, una vez más, está en la experiencia comunal de los huertos.

Pero, como toda moral comunitaria, por mucho que se proyecte hacia el futuro como un horizonte universal, necesita dar también una guía coherente para la convivencia entre la comunidad y la sociedad de la que no puede dejar de ser parte.

Toda la parte final de las Máximas Capitales estará destinada a intentar articular esa relación entre sociedad externa y fraternidad interna desde el punto de vista del principal interés de la colectividad: no temer ser dañada desde el exterior.

Las Máximas Capitales y el significado epicúreo de la justicia

Lo justo para los epicúreos es simplemente el resultado de una convención, de un pacto, por el que los involucrados en él reducen las posibilidades de causarse dolor los unos a los otros.

Lo justo por naturaleza es símbolo de lo útil, es decir, no dañar a otros, ni ser dañado.

Máximas Capitales 31

Lo que caracteriza pues a la justicia es su carácter voluntario y social.

Los animales que no pudieron convenirse con pacto alguno de no dañar ni ser dañados, no reciben justicia, ni padecen injusticia. Lo mismo ocurre con las tribus que no pueden o no quieren tales pactos, por los cuales [acuerdan] no dañar ni recibir daño.

Máximas Capitales 32

No es que ningún acuerdo, regla o ley sea justo o no por sí mismo, es que cuando dos partes reducen las posibilidades de causarse mutuamente dolor o daño entre sí decimos que han establecido normas justas.

La justicia nada sería por sí; pero en el trato común y recíproco se hacen algunas convenciones en todas partes para no causar daño ni recibirlo.

Máximas Capitales 33

Por lo mismo, ser «injusto» ante la sociedad no es en sí malo, pues no tiene por qué causar dolor. Solo es malo, es decir nocivo para la serenidad personal o comunitaria, el temor a ser castigado o reprimido.

La injusticia no es un mal por sí misma, salvo por el miedo a no poder ocultarse a los encargados de castigar accciones injustas.

Máximas Capitales 34

Lo que es inevitable cuando nos enfrentamos al estado desde un hacer injusto, fuera de los acuerdos que fundamentan las relaciones sociales.

No es posible para un hombre que en secreto hace algo que contraviene el acuerdo que los hombres han hecho entre sí para protegerse de hacer o sufrir daños mutuos, creer que siempre pasará inadvertido, incluso si ya ha pasado inadvertido diez mil veces; porque hasta su muerte, es incierto si no será detectado.

Máximas Capitales 35

La justicia, en tanto que principio mutualizador del riesgo de dolor, daño y violencia, es universal; sin embargo su materialización es circunstancial y variará entre lugares y situaciones.

En un punto de vista general, la justicia es lo mismo para todos; porque hay algo ventajoso en la mutualidad. Sin embargo, la diferencia de lugar y otras diversas circunstancias hacen que la justicia varíe.

Máximas Capitales 36

Y precisamente por eso lo que es justo en un momento -porque reduce el riesgo de causar o recibir daño y dolor- puede dejar de serlo en otro al variar las circunstancias.

Desde el momento en que una cosa declarada justamente por la ley se reconoce generalmente como útil para las relaciones mutuas de los hombres, se vuelve realmente justa, sea universalmente considerada como tal o no.

Pero si, por el contrario, algo establecido por la ley no es realmente útil para las relaciones sociales, entonces no es justo; y si lo que era justo, en tanto que útil, pierde este carácter, después de haber sido considerado así durante algún tiempo, no es menos cierto que durante ese tiempo fue realmente justo, al menos para los que no se desconciertan con palabras vanas, sino que prefieren en todos los casos examinar y juzgar por sí mismos.

Máximas Capitales 37

Es decir, el cambio de circunstancias puede hacer que algo deje de ser justo simplemente porque ya no es socialmente útil. Y lo que es más, aunque algo haya sido proclamado y aceptado socialmente como justo, tampoco será justo si contraviene la razón.

Cuando, sin que surja ninguna circunstancia nueva, una cosa declarada justa en la práctica no concuerda con las impresiones de la razón, es una prueba de que la cosa no era realmente justa.

De la misma manera, cuando como consecuencia de nuevas circunstancias, una cosa que se ha pronunciado justamente ya no parece estar de acuerdo con la utilidad, la cosa que era justa, en la medida en que era útil para las relaciones sociales y los intercambios de la humanidad, cesa de ser justa en el mismo momento en que deja de ser útil.

Máximas Capitales 38

Resumen

Justo es todo compromiso mútuo entre dos o más partes que acuerdan unos límites a su comportamiento para reducir el dolor que pueden infligirse entre sí cuando las circunstancias hacen ese acuerdo útil y no atenta contra la razonabilidad.

El único problema es que a esta consideración de justicia le faltan sujeto y objetivo. ¿Quién juzga lo justo e injusto? ¿Es el objetivo epicúreo crear «una sociedad justa»?

Las dos siguientes máximas, las últimas del conjunto, la XXXIX y la XL, hablan por sí solas.

La primera señala que la justicia -es decir, los acuerdos socialmente útiles establecidos en la sociedad existente- es una forma universal, válida para toda persona, de restringir la inseguridad del «mundo exterior». Eso sí, cuando no haya justicia posible, solo cabe tomar distancia.

Quien soluciona de la manera mejor posi­ble la falta de seguridad que le llega del mundo exterior, debería hacer amigos. Aquellos de quienes no puede hacer amigos, al menos debería evitar hacer enemigos; y si eso no está en su poder, debería, en la medida de lo posible, evitar todo trato con ellos y mantenerlos al margen, en la medida en que sea de su interés hacerlo.

Máximas Capitales, 39

La pregunta evidente es... ¿«mundo exterior» a qué? Y la máxima 40, la que da conclusión al conjunto, responde con claridad: la colectividad del huerto, ese espacio social seguro que goza de relaciones de intimidad y por tanto de franqueza (parresia) entre sus miembros.

Si quedaran dudas, Epicuro remata definiendo a la comunidad por aquello que, como vimos en el capítulo anterior, la diferencia para él con más claridad del resto del mundo: no compadecerse por la muerte de sus miembros.

Todos los que consiguen la posibilidad de procurarse la máxima seguridad de quienes les rodean, no sólo viven en­tre sí con el mayor gozo, dado que disponen de la garantía más solvente de seguridad, sino que, a pesar de haber conseguido unos con otros la más plena intimidad, no lamen­tan, como si se tratara de cosa digna de compasión, el final anticipado del muerto.

Máximas Capitales, 40

Las normas y acuerdos justos, siempre convencionales y por ello temporales y locales- son herramientas que sirven a la comunidad para establecer su autonomía de la sociedad esclavizante sin llegar a romper con ella. Por eso mismo, la comunidad deberá huir de todos aquellos ámbitos en los que las leyes y normas sociales no sean capaces de proteger de daño y dolor a sus miembros, bien porque sean aborrecibles a la razón epicúrea, bien porque las circunstancias cambien y dejen de ser útiles.

Esta separación de la vida social y sus injusticias no es algo en sí temible, al contrario, la autarquía, la suficiencia productiva, es la base material de la libertad comunitaria.

El fruto más delicioso de la autarquía es la libertad

Sentencias Vaticanas, 77

Para Epicuro ésta es la verdadera riqueza de la comunidad. La independencia de la economía la sociedad establecida hace casi imposible que la comunidad sea «rica» en el sentido convencional. Pero podrá ser libre en la medida en que pueda sostenerse por sí misma. Ésto resulta tan evidente para Epicuro que recomienda que si la comunidad obtuviera muchas riquezas, las distribuya sin remordimiento en su entorno para «ganar su benevolencia», vaya a ser que el rechazo social ponga en peligro la suficiencia productiva.

Una vida libre no puede conseguir muchas rique­zas, porque eso no es fácil de hacer sin servidumbre de la turba o de los poderosos. Pero una vida así [autárquica] tiene un suministro inagotable para todas las necesidades. Y si por casualidad consigue muchas riquezas, incluso ésas llegaría a distribuir­las sin dificultad alguna para hacerse con la benevolencia de quienes les rodean.

Sentencias Vaticanas 67

La fraternidad como movimiento

Recordemos una vez más que, como deja caer el propio Diógenes Laercio, los epicúreos se dividían entre los amigos que trabajan en los huertos y «viven en­tre sí con el mayor gozo, unos con otros [en] la más plena intimidad», y los conocidos, unidos al movimiento «sólo por los encantos de su doctrina».

El sesgo impuesto por los filósofos barrocos y los primeros teóricos de la burguesía, prolongado hasta hoy en la academia, ha querido ver en las referencias a la amistad algo muy diferente de la fraternidad propia de la pertenencia comunitaria a la que se refería originalmente. Reducen amistad, como felicidad, a su significado individualista contemporáneo. Del mismo modo, en la autarquía quieren ver exclusivamente una disposición individual para contentarse con poco y no el objetivo de la suficiencia productiva comunitaria.

Para consagrar esta operación han utilizado el aplanamiento de la doctrina por Diógenes Laercio, invisibilizado el huerto como comunidad productiva y convirtiéndolo sin vergüenza en un jardín barroco. Y sobre todo, han torcido el sutil juego de la parresia epicúrea, que recorta el alcance de los mensajes hacia el exterior para hacerlos asequibles y prácticos universalmente, hasta lo grotesco.

Pero una vez más, basta unir las Sentencias Vaticanas que nos hablan sobre la amistad para entender que no tienen sentido más que como descripción de la fraternidad que vive en las relaciones dentro de los huertos.

Para empezar, la afirmación del propio huerto como forma de liberación de la escasez y la omnipresencia de la necesidad.

La necesidad es un mal, pero no hay ninguna necesi­dad de vivir sometido a la necesidad.

Sentencias Vaticanas, 9

La fraternidad comunitaria nace en este contexto de la necesidad de colaborar, de trabajar colectivamente.

Toda amistad es por sí misma deseable, pero recibe su razón de ser de la necesidad de ayuda.

Sentencias Vaticanas, 23

Necesidad de colectividad que no se limita a producir lo necesario para satisfacer las necesidades esenciales, sino que se centra en aquello que es la fuente más segura de una vida satisfactoria: el conocimiento liberador. Conocimiento que además produce resultados inmediatos y acumulativos.

A las demás tareas de la vida sólo después de termi­nadas les llega el fruto, pero en la búsqueda de la verdad co­rren a la par el deleite y la comprensión, pues no viene el gozo después del aprendizaje sino que se da el aprendizaje a la vez que el gozo.

Sentencias Vaticanas 27

Pero atención: no todo el mundo puede ser aceptado en la comunidad. No puede aceptarse ni al que se mueve por el deseo de aceptación, sin preocuparse de lo que la pertenencia comunitaria significa, ni integrar a quien no quiere comprometerse realmente y guarda una distancia reticente. La fraternidad no nace del mero estar juntos, requiere que los que vayan a integrarse tomen riesgos y compromisos, y estén decididos a ganársela.

No se debe dar por buenos ni a los que se apresuran a la amistad ni a los remolones a aceptarla, es me­nester ganarse la satisfacción de la amistad aun a costa de ciertos riesgos.

Sentencias Vaticanas 28

Por eso no valen para la vida en comunidad ni aquellos que utilizan a los demás ni aquellos que se consideran autosuficientes.

Ni es amigo quien a propósito de cualquier cosa busca ayuda en los amigos ni quien no ve posible ser ayudado por los demás. Uno usa la amistad como un tendero y el otro corta de raíz con la posibilidad de esperar de él algo bueno en el futuro.

Sentencias Vaticanas 39

Tampoco valen aquellos que sienten que la independencia productiva de la comunidad no provee de lo suficiente para sus aspiraciones sociales o materiales.

Nada es suficiente para aquellos para lo que lo suficiente es poco.

Sentencias Vaticanas 68

En realidad la base de la pertenencia comunitaria no es el resultado de intercambios que se equilibran -o no- para unos y otros en una contabilidad sin fin de afectos y favores. La fraternidad epicúrea nada tiene que ver con el utilitarismo benthamita.

La fraternidad hace que siempre recibamos más de lo que necesitamos simplemente porque poder contar con el apoyo de aquellos con los que trabajamos, aprendemos y hablamos en verdad nos aporta serenidad y por tanto nos hace libres.

No obtenemos tanto apoyo de la ayuda que recibimos de los amigos como de la confianza en poder contar con su ayuda.

Sentencias Vaticanas 34

Por eso,

La persona íntegra se preocupa principalmente por la sabiduría y amistad; de estos, el primero es bueno para toda la vida, y la segunda es buena todo el tiempo.

Sentencias Vaticanas 78

La extensión de las comunidades epicúreas y con ellas de la amistad, esa fraternidad que surge como principio social en las colectividades epicúreas, es vista por Epicuro como el verdadero heraldo de la eudaimonia. Como ya dijimos, la eudaimonia griega no es la felicidad individual burguesa, sino la «buena vida», o mejor aún, el «buen modo de vivir». Tiene pues un sentido necesariamente social o cuando menos comunitario.

La amistad recorre danzando el mundo entero, proclamando para todos nosotros que despertemos al buen modo de vivir [eudaimonia].

Sentencias Vaticanas 52

Lo que Epicuro nos está señalando es lo mismo que Diógenes de Enoanda en la parte final del pórtico: es posible otra sociedad no esclavizante, no dividida entre personas libres y esclavas, ni entre sexos, ni entre trabajo manual e intelectual, capaz de satisfacer las necesidades humanas naturales (universales).

Las colectividades epicúreas lo anuncian. Y lo que es más importante: proclaman que es hora de despertar

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Pregunta 1

¿Es el objetivo epicúreo crear «una sociedad justa»?

Pregunta 2

Lo justo para los epicúreos es...

Pregunta 3

Las dos cosas más importantes para un comunero íntegro son:

Pregunta 4

Que «la amistad recorra danzando el mundo» significa que:

Pregunta 5

¿Los epicúreos desarrollan una ética o una moral?

Pregunta 6

La autarquía asegura que la comunidad...

Pregunta 7

La amistad es...

Epicureismo para comuneros › Tema 5

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