Las epístolas: entendiendo el tetrapharmakos
En la base de las «cuatro medicinas del alma», es decir, de la vida psicológica, están una y otra vez la necesidad de superar los miedos socialmente impuestos a través de la comunidad y el trabajo colectivo del comunal.
Los consejos que continuamente he venido dándote en mis cartas, practícalos y cúmplelos, interpretando que ésos son los elementos básicos de una vida hermosa.
Epístola de Epicuro a Meneceo
No temas a los dioses
El temor a los dioses es el principal puntal ideológico del esclavismo, como luego lo será -Cristianismo e Islam mediante- del feudalismo. Para los epicúreos es evidente que se trata de una ideología esclavizante a cuya demolición sistemática dedicarán el grueso de su trabajo.
Se trata de demostrar a toda costa que la voluntad de los dioses no tiene nada que ver con el curso de la Naturaleza y la sociedad, pues sin claridad al respecto no es posible liberarse de la ideología dominante y el miedo que inserta en cada uno.
La materialización de esta crítica sistemática y radical de los fundamentos ideológicos del sistema bajo el que viven, será su teoría materialista de la Naturaleza. Pero Epicuro tiene bien clara su finalidad en todo momento.
En primer lugar hay que pensar que el fin del conocimiento de los cuerpos celestes, explicados en conexión con otros cuerpos o bien en sí mismos, no es ningún otro sino la imperturbabilidad y una seguridad firme, justamente como es el fin del conocimiento relativo a las demás cosas.
Epístola de Epicuro a Pítocles
Dioses o Naturaleza incomprendida, en la medida que produzcan «terrores» son igualmente susceptibles de romper nuestra capacidad de juicio y ser utilizados para dominarnos. Por eso el conocimiento, siquiera en términos generales, de los principios naturales, que son las bases de la crítica epicúrea, es fundamental para los miembros, dentro y fuera del huerto.
La imperturbabilidad consiste en estar libre de todas esas inquietudes y en tener en la mente el recuerdo permanente de los principios generales y fundamentales.
Epístola de Epicuro a Heródoto
Sin embargo, el empeño epicúreo, como el de Marx siglos después, no es en realidad elaborar una filosofía, un sistema filosófico alternativo al de las escuelas griegas, sino una anti-filosofía pues el conocimiento verdadero, liberador, solo puede venir de la confrontación con la ideología dominante. No hay que forzar la máquina argumentativa para crear la apariencia de un sistema a costa de crear nuevos mitos, por aparentemente científicos que sean, pues eso nos desviaría del objetivo principal. No se trata de crear una ideología alternativa sino de liberarnos de la existente.
Ni hay que forzar una explicación imposible ni hay que dar la misma interpretación a todas las cosas. [...]
Pues se debe dar cuenta de la naturaleza no de acuerdo con axiomas y leyes vanas sino según demandan los hechos visibles, pues nuestra vida no tiene necesidad ya de irracionalidad y vana presunción sino de que vivamos sin sobresaltos.[...]
Si uno admite una explicación que está acorde con la realidad visible y rechaza otra igualmente acorde, es claro que huye de toda explicación racional y que recurre al mito.
Epístola de Epicuro a Pítocles
Es decir, la estrategia crítica (=demoledora) de la investigación epicúrea no pretende «descubrir» lenguajes y proporciones ocultas ni enunciar «leyes vanidosamente». Dado el conocimiento que pueden alcanzar con «los sentidos», estas leyes naturales serían inasequibles sin recurrir a nuevos mitos, por materialistas que aparentemente pudieran parecer.
El objetivo del conocimiento y la investigación es socavar la alienación. Por eso a Epicuro le basta con mostrar que hay explicaciones materialistas racionales, aunque sean contradictorias entre sí y que los dioses no son necesarios en ningún caso ni situación para explicar el mundo.
Además, como nos recuerda el pórtico de Enoanda, los sistemas materialistas completamente deterministas dejan que entre por la ventana lo que expulsan por la puerta: la fatalidad, el destino, formas de una voluntad externa que aunque no esté presente opera desde el pasado al modo de quien organiza un circuito de piezas de dominó. En términos griegos, el materialismo de Heráclito por su pretensión determinista, acabaría conduciendo al deismo de Aristóteles y su «motor inmóvil», una causa única que origina en un momento todas las cadenas causales posteriores hasta hoy y en el futuro.
Dicho de otro modo, no basta el materialismo para desalienarnos y perder el miedo de los dioses y la fatalidad. El universo -y con él, el comportamiento humano y la vida social- no pueden estar completa y predeciblemente determinados... o no podríamos liberarnos del miedo a entes «superiores» ni enfrentar la irracionalidad en el mundo en que vivimos.
Casi era mejor creer en los mitos sobre los dioses que ser esclavo de la predestinación de los físicos; porque aquéllos nos ofrecían la esperanza de llegar a conmover a los dioses con nuestras ofrendas; y el destino, en cambio, es implacable.
Epístola de Epicuro a Meneceo
Por eso, según palabras de Diógenes de Enoanda, «Epicuro sacó a la luz» el «libre movimiento de los átomos», el clinamen o parénklisis que Lucrecio convertirá en poesía pedagógica en su Rerum Natura durante el primer siglo de la era común.
Un elemento aleatorio en el comportamiento de los átomos, un giro o inclinación (clinamen) inesperado en su movimiento bastan para acabar con la necesidad de una causa única y el fantasma de una voluntad original en la historia de la Naturaleza y cuanto en ella ha existido. El clinamen, el principio que imposibilita un determinismo completo, funda la posibilidad de transformar conscientemente la realidad... aunque también la limita.
Recordemos también que el futuro no es nuestro, pero tampoco puede decirse que no nos pertenezca del todo. Por lo tanto no hemos de esperarlo como si tuviera que cumplirse con certeza, ni tenemos que desesperarnos como si nunca fuera a realizarse.
Epístola de Epicuro a Meneceo
Pero eliminar a los dioses de la explicación de todo, convierte a los dioses en un problema. Y un problema tremendamente práctico además. Precisamente porque el miedo a los dioses es el pilar ideológico del sistema bajo el que vive la sociedad de su época, los epicúreos deben evitar ser reconocidos como ateos, pues el ateísmo es la primera causa de impiedad, es decir, de rechazo de los compromisos ceremoniales, rituales y sociales que fundamentan la cohesión social. Defender abiertamente el ateísmo sometería las comunidades epicúreas a un miedo permanente a la represión.
Epicuro tomará un camino que no les librará de la injuria y el rechazo social permanente, pero sí de la persecución política abierta... hasta la imposición del cristianismo. Como ya hemos visto en el pórtico de Enoanda, la operación epicúrea consistirá en aceptar la existencia de los dioses, redefiniéndolos para hacerlos completamente inoperativos en la realidad humana al tiempo que se les caracteriza como un ideal de satisfacción y serenidad. Este segundo movimiento les permite además dar a los actos piadosos -ofrendas, rituales, etc.- un sentido racional completamente ajeno a la búsqueda supersticiosa de cualquier voluntad o favor divino. El culto a los dioses epicúreos sería un bien para los piadosos al inspirarles serenidad.
Considera, ante todo, a la divinidad como un ser incorruptible y satisfecho -tal como lo sugiere la noción común- y no le atribuyas nunca nada contrario a su inmortalidad, ni discordante con su buen vivir.
Piensa como verdaderos todos aquellos atributos que contribuyan a salvaguardar su inmortalidad. Porque los dioses existen: el conocimiento que de ellos tenemos es evidente, pero no son como la mayoría de la gente cree, que les confiere atributos discordantes con la noción que de ellos posee.
Por tanto, impío no es quien reniega de los dioses de la multitud, sino quien aplica las opiniones de la multitud a los dioses, ya que no son intuiciones, sino presunciones vanas, las razones de la gente al referirse a los dioses, según las cuales los mayores males y los mayores bienes nos llegan gracias a ellos, porque éstos, entregados continuamente a sus propias virtudes, acogen a sus semejantes, pero consideran extraño a todo lo que les es diferente.
Epístola de Epicuro a Meneceo
Aceptemos que los dioses existen ya que todo el mundo cree en ellos. Pero limitémonos a definirlos únicamente por aquello que es común a todas las definiciones de la deidad: es inmortal y serena en el sentido de no tener necesidades insatisfechas. Todo lo demás ignorémoslo. ¿Podemos honrar el buen modo de vivir y la serenidad que representan? Por supuesto. No solo seremos así píos y ganaremos tolerancia social, sino que, de paso, como vimos antes, nos beneficiaremos de los efectos positivos de los rituales y la ceremoniosidad. De hecho, lejos de denunciar los signos de piedad pública, debemos defender que la verdadera piedad es la nuestra, pues pretender que los dioses hagan favores y se ocupen de los mortales atenta contra la idea universal que rechaza que los dioses sientan angustias y tengan necesidades insatisfechas.
La operación es ingeniosa, pero crea sus propios problemas. No es fácil encajar dioses estáticos en un universo materialista en el que todo está compuesto de átomos y nada existe fuera de la materia. Todo cuanto está compuesto de materia, es decir todo, es perecedero para los epicúreos, pues está sometido al movimiento de los átomos, el rozamiento y el choque entre ellos.
Pero bien mirado, piensa Epicuro, la inmortalidad de los dioses puede reforzar la tesis principal. Si los dioses no se «corrompen», si son inmortales, es porque son estáticos, porque no se mueven ni son el origen de ninguna cadena de causas y efectos. Y si esto ocurre es porque no están en nuestro mundo ni en ningún otro... sino en los espacios entre ellos, en los «intermundos» en los que no existiría más que vacío y desde los que es imposible ser causa de nada en nuestro mundo.
Cuanto más reforcemos la idea de que los dioses son «incorruptibles» y «satisfechos», es decir, que su existencia no conoce angustias ni necesidades insatisfechas, más estaremos afirmando la necesidad lógica de su ajenidad, de su absoluta inoperatividad en nuestro mundo. No hace falta negar la existencia de los dioses, nos basta con que no quepa esperar nada de ellos, ni bueno ni malo, para derribar el primer pilar ideológico del sistema: el temor divino.
La muerte no debe angustiarte
Pero si los dioses pueden ser recluidos a un lejano e inoperante espacio vacío entre mundos, la muerte es una realidad cotidiana. No puede decirse que el temor a la muerte no tenga una base material. Y ese miedo es el que, al final, alimenta toda una pléyade de supersticiones y promesas de trascendencia que separan de la realidad -y de su propio ser- a la mayor parte de esas «multitudes» que buscan seguridad en cultos, rituales y pertenencias supersticiosas.
El miedo a la muerte es por tanto, el segundo pilar a derrumbar.
Acostúmbrate a pensar que la muerte para nosotros no es nada, porque todo el bien y todo el mal residen en las sensaciones, y precisamente la muerte consiste en estar privado de sensación.
Por tanto, la recta convicción de que la muerte no es nada para nosotros nos hace agradable la mortalidad de la vida; no porque le añada un tiempo indefinido, sino porque nos priva de un afán desmesurado de inmortalidad.
Nada hay que cause temor en la vida para quien está convencido de que el no vivir no guarda tampoco nada temible. Es estúpido quien confiese temer la muerte no por el dolor que pueda causarle en el momento en que se presente, sino porque, pensando en ella, siente dolor: porque aquello cuya presencia no nos perturba, no es sensato que nos angustie durante su espera.
El peor de los males, la muerte, no significa nada para nosotros, porque mientras vivimos no existe, y cuando está presente nosotros no existimos. Así pues, la muerte no es real ni para los vivos ni para los muertos, ya que está lejos de los primeros y, cuando se acerca a los segundos, éstos han desaparecido ya.
A pesar de ello, la mayoría de la gente unas veces rehuye la muerte viéndola como el mayor de los males, y otras la invoca para remedio de las desgracias de esta vida. El sabio, por su parte, ni desea la vida ni rehuye el dejarla, porque para él el vivir no es un mal, ni considera que lo sea la muerte. Y así como de entre los alimentos no escoge los más abundantes, sino los más agradables, del mismo modo disfruta no del tiempo más largo, sino del más intenso placer.
Epístola de Epicuro a Meneceo
Las cartas de Epicuro son cartas abiertas. Están destinadas a ser copiadas, leídas y compartidas no sólo entre miembros de los huertos y simpatizantes del movimiento, sino entre estos y su entorno. Es por ello que si bien, como en el pórtico de Enoanda, lo central en ellas es universal y está pensado para un público externo, tampoco faltan referencias crípticas y se producen ausencias clamorosas, pretendidamente inapreciables para los externos, pero que resuenan a los miembros de los huertos por su propia experiencia.
Estamos frente a frente con el arte epicúreo de la parresia, el hablar franco. Para los epicúreos, en la comunicación del conocimiento del grupo, nos dice Filodemo de Gádara, hay que elegir el momento adecuado para que cada mensaje alimente su propia reflexión, tener en cuenta su estado de ánimo y dosificar el discurso. Es necesario, en una palabra, marrar, no contarlo todo en toda ocasión sino solo tras escuchar al externo y saber hasta dónde se puede llegar.
La verdadera franqueza, el discurso claro y sin ambages solo cabe dentro de la comunidad del huerto. Hacia fuera hay, en todo caso, filantropía, amor por la Humanidad, que para ser útil tiene que modular el mensaje y recortarlo para que pueda ser comprensible y, eventualmente, aceptado.
Sin embargo, entre los amigos, puertas a dentro del huerto, el mismo hablar franco pleno -que sería incompresible fuera la vida comunal- es fundamental para poder mantener el pulso a la alienación esclavizante del sistema contra el que se parapetan, porque...
Mediante el hablar franco [parresia], incitamos, intensificamos, animamos en cierto modo la benevolencia [eunoia] de los alumnos entre sí gracias al hecho de haber hablado libremente.
Filodemo de Gádara, Sobre el hablar franco
Es decir, la fraternidad, el resultado colectivo de la amistad epicúrea, precisa del hablar franco como del aire. Precisa, por tanto de comunidad, por pequeña que sea. La misma carta a Meneceo se cierra recordándolo:
Estos consejos, y otros similares medítalos noche y día en tu interior y en compañía de alguien que sea como tú, y así nunca, ni estando despierto ni en sueños, sentirás turbación, sino que, por el contrario, vivirás como un dios entre los hombres. Pues en nada se parece a un mortal el hombre que vive entre bienes imperecederos.
Epístola de Epicuro a Meneceo
Unamos ahora los puntos sin salir del mensaje nominalmente enviado a Meneceo. Sabemos que es un mensaje público y por tanto marrano, incompleto. Las posiciones que expresa tienen que acercar al huerto y su conocimiento a los lectores ajenos, pero al mismo tiempo tiene que dar señales reconocibles a los miembros de algo más allá.
Evidentemente el párrafo anterior nos da ya dos de esas notas de apuntador llamadas a despertar reflexiones que no pueden llevarse a público sin escándalo: la necesidad de la comunidad del huerto y la promesa de convertirse en parte de esa nueva Humanidad desalienada cuyos miembros «en nada se parecen a un mortal».
Pero al respecto del temor a la muerte el maestro también ha dejado caer una pista llamativa dentro de la cita con que abríamos este epígrafe:
La recta convicción de que la muerte no es nada para nosotros nos hace agradable la mortalidad de la vida; no porque le añada un tiempo indefinido, sino porque nos priva de un afán desmesurado de inmortalidad.
Epístola de Epicuro a Meneceo
¿«Afán desmesurado»? ¿Es posible siquiera un afán sensato, ponderado, de inmortalidad? Es obvio que Epicuro no se está refiriendo a la inmortalidad en su sentido literal, ni a la que pueden aspirar los poderosos ni los dirigentes de las escuelas de pensamiento atenienses.
Para responder tenemos que volver al testamento de Epicuro y al mismo tiempo poner sobre la mesa el gran vacío del discurso moral epicúreo sobre la muerte: la muerte del otro y en especial la muerte del compañero de huerto y aprendizajes, del amigo.
La clave nos llega otra vez desde el testamento establecido por el propio Epicuro.
El funeral de Epicuro fue íntimo, a diferencia del enorme funeral de Teofrasto de Ereso. Otros filósofos dejaron testamentos para ser recordados. Se interesaban por legar sus propiedades y disponer funerales y homenajes, establecían que se erigieran estatuas y que se manumitieran sus esclavos. Sólo Epicuro se preocupó por preservar los cultos privados de la comunidad del Huerto.
James Warren. Cambridge Companion to Epicureanism
Como recordamos, los honores, propios de divinidad que el testamento instituía no eran exclusivos de Epicuro. El día 20 de cada mes, la fiesta comunitaria mayor y parte desde entonces de las rutinas de todo huerto, no solo celebraba al propio Epicuro sino a Metrodoro, compañero y primer miembro del huerto ateniense ya fallecido a la muerte del maestro. Cada huerto celebraba también a sus propios fundadores desaparecidos ligándolos a la sucesión de kathēgemones, así como a sus propios miembros fallecidos. Todos ellos eran honrados, según la tradición religiosa griega, como hērōs, heraldos que habían alcanzado la divinidad. Lo cual era materialmente cierto según la definición epicúrea de divinidad.
Es decir, si el temor a la propia muerte es banal, la muerte del otro, del ser querido, del compañero, incluso de los padres que nunca fueron parte del huerto, inevitablemente dolorosa, debe ser entendida por los miembros como un momento de la vida de la comunidad para que no afecte a su serenidad y les haga menos satisfechos ni indestructibles.
La inmortalidad epicúrea va mucho más allá del retórico «vivirán en nuestro recuerdo». Las generaciones presentes y futuras del huerto deben inspirarse en sus antecesores para descubrir que es la colectividad la que, al vivir sobre el paso de las generaciones, trasciende a la muerte. Es aquí donde descubrimos la perfecta compatibilidad entre el «muere como si no hubieras vivido» y la institución de honores y sacrificios propios de una divinización a primera vista fuera de lugar entre materialistas.
En realidad, una vez más, lo que ocurre es que la moral epicúrea resulta incomprensible en toda su profundidad cuando se separa del huerto, de la vida en común bajo un mismo techo (contubernium).
El epicúreo predica extramuros contra el miedo a la propia muerte. Pero, puertas adentro va más allá. Sabe la Naturaleza eterna y sus manifestaciones relativamente azarosas y siempre temporales. Rechaza por tanto el «afán desmesurado de inmortalidad» que hoy asociaríamos al individualismo. Y llena el vacío y compensa el dolor por la desaparición de los compañeros colocándolos en una secuencia temporal de más largo aliento. Esa perspectiva los exalta colocándolos en línea con el pasado de la comunidad y prolonga su presencia a través de unos cultos y honores que, bien sabe, «curan» al que los presta, no al que los recibe, pues que ya no existe.
La colectividad de los huertos es así también, la forma de trascendencia más duradera para vivos y muertos. El hortelano epicúreo sabe que no tiene por qué ser eterna. Pero, lucha por ello y en ello encuentra una trascendencia que solo se hace expresa en el modo de vida puertas adentro.
Resulta evidente el paralelismo con las comunidades del comunismo primitivo tal y como las describe Amadeo Bordiga en un famoso texto sobre el día de los muertos.
Estas comunidades, magníficamente poseídas por una poderosa intuición, reconocían el flujo de la vida en la energía que es la misma cuando el sol irradia sobre el planeta que cuando corre en las arterias del hombre vivo y se transforma en unidad y amor en la especie unitaria: especie que hasta que no caiga en la superstición del alma personal con su balance beato del deber y del haber -superestructura de la venalidad monetaria- no teme a la muerte y no ignora que la muerte del individuo puede ser un himno de alegría y una fecunda contribución a la vida de la humanidad.
Amadeo Bordiga, Janitzio no teme a la muerte
Lo necesario es asequible... con trabajo colectivo y propiedad comunal
Si hay un punto en el que la invisibilización de la centralidad de la comunalidad del huerto pasa del reduccionismo al ridículo es en el discurso sobre la «felicidad». Las librerías están llenas de títulos en los que filósofos académicos destrozan a los epicúreos para convertirlos en maestros de la autoayuda y hacer de la crítica materialista epicúrea un «camino a la felicidad». Es el último producto de una tradición filosófica individualista-capitalista, que con Bentham como figura más destacada, intenta convertir el discurso autárquico de Epicuro en base de una concepción individualista y atomizada del individuo, ser aislado y egocéntrico animado y guiado exclusivamente por una calculadora de placeres y dolores.
Nada más lejos del epicureismo. La razón de ser de la colectividad con su huerto comunal, es separarse de la sociedad esclavizante para ganar independencia de juicio respecto a los intereses, enfermedades y terrores que esta crea entre sus miembros.
La crítica tópica del momento era que solo en sociedad, la sociedad realmente existente en aquel momento, la esclavista, podían satisfacerse las necesidades básicas sin las cuales la pretensión epicúrea de desarrollo del conocimiento quedaba necesariamente en nada o, aun peor, en miseria autoinfligida abocada a la barbarie.
Dada la tecnología y relaciones sociales de la época, el huerto difícilmente podía producir para la comunidad la diversidad y cantidad de alimentos y productos equivalente a la que una masa ingente de esclavos en campos, minas y pesquerías producía para un ciudadano libre minimamente acomodado, especialmente aquellos que acudían a las escuelas filosóficas.
Los epicúreos tenían pues por demostrar que el huerto y su propio trabajo físico podía, al menos, alimentarlos suficientemente.
Todo el argumento epicúreo sobre lo bueno y lo malo, el placer (=necesidad satisfecha) y el dolor, está destinado expresamente a argumentar que las necesidades humanas universales pueden satisfacerse a pequeña escala por el trabajo colectivo directo de los comuneros en el huerto comunal, sin necesidad de establecer ni ser parte activa de la reproducción de una sociedad esclavizante.
Esa y no otra es la razón de la apuesta colectivista del huerto. Por eso la invisibiliza sistemáticamente la literatura académica contemporánea.
En la epístola a Meneceo, la relación es extraordinariamente clara: la autarquía, la no dependencia de la sociedad establecida, es el objetivo de la colectividad epicúrea. El huerto comunal puede producir cuánto es realmente necesario para los miembros. Si en apariencia parece escaso es porque la polis educa a las clases libres para depender de una falsa abundancia que es, a su manera, esclavizante.
La autarquía la tenemos por un gran bien, no porque debamos siempre conformarnos con poco, sino para que, si no tenemos mucho, con este poco nos baste, pues estamos convencidos de que de la abundancia gozan con mayor dulzura aquellos que mínimamente la necesitan, y que todo lo que la naturaleza reclama es fácil de obtener, y difícil lo que representa un capricho.
Los alimentos frugales proporcionan el mismo placer que los exquisitos, cuando satisfacen el dolor que su falta nos causa, y el pan y el agua son motivo del mayor placer cuando de ellos se alimenta quien tiene necesidad.
Estar acostumbrado a una comida frugal y sin complicaciones es saludable, y ayuda a que el hombre sea diligente en las ocupaciones de la vida; y, si de modo intermitente participamos de una vida más lujosa, nuestra disposición frente a esta clase de vida es mejor y nos mostramos menos temerosos respecto a la suerte.
Epístola de Epicuro a Meneceo
La producción colectiva autónoma es la forma fácil de conseguir «no sentir dolor en el cuerpo ni turbación en el alma» y al final de «mostrarnos menos temerosos respecto a la muerte».
No podíamos estar más lejos de la calculadora de placeres del «homo economicus» de la teoría económica burguesa y su lectura benthamita del ser humano como un autómata que calcula placeres entre «bienes» mercantiles alternativos.
Cuando decimos que el placer es la única finalidad, no nos referimos a los placeres de los disolutos y crápulas, como afirman algunos que desconocen nuestra doctrina o no están de acuerdo con ella o la interpretan mal, sino al hecho de no sentir dolor en el cuerpo ni turbación en el alma.
Epístola de Epicuro a Meneceo.
Es más, ni siquiera el objetivo es huir del dolor del hambre y la carencia. Si la comunidad busca no sufrir físicamente por las necesidades insatisfechas es para no alimentar la angustia y el miedo y perder la capacidad de juicio y la serenidad que posibilitan una vida realmente libre y satisfactoria.
Pues ni los banquetes ni los festejos continuados, ni el gozar con jovencitos y mujeres, ni los pescados ni otros manjares que ofrecen las mesas bien servidas nos hacen la vida agradable, sino el juicio certero que examina las causas de cada acto de elección y aversión y sabe guiar nuestras opiniones lejos de aquellas que llenan el alma de inquietud.
El principio de todo esto y el bien máximo es el juicio, y por ello el juicio -de donde se originan las restantes virtudes- es más valioso que la propia filosofía, y nos enseña que no existe una vida satisfactoria sin que sea al mismo tiempo juiciosa, bella y justa, ni es posible vivir con prudencia, belleza y justicia sin quedar satisfecho. Pues las virtudes son connaturales a una vida satisfactoria, y el buen vivir se acompaña siempre de virtud.
Epístola de Epicuro a Meneceo.
El dolor es fácil de soportar
Podemos imaginar fácilmente el curso de una discusión típica. Aunque los epicúreos pudieran satisfacer sus necesidades básicas eso no les privaba de situaciones dolorosas debidas a su propio modo de vida, situaciones por las que un hombre libre del momento no tenía por qué pasar... entre otras cosas porque no tenía que labrar la tierra ni ordeñar ganado.
La afirmación de que lo bueno/necesario es «fácil de conseguir», venía seguida de la confianza en que lo malo/doloroso es fácil de soportar. Se trata de relativizar el dolor físico y la enfermedad, de los que las clases dirigentes siempre se sintieron más a salvo que sus subordinados. Por eso Epicuro afirma, como vimos arriba, que la vida hortelana es más sana y de hecho, los epicúreos eran conocidos por su longevidad. No se trataba de ocultar las inevitables carencias, sino de afirmar abiertamente que éstas no superaban en daño causado al bienestar psicológico obtenido gracias a la autarquía comunal.
La comunidad es la base material para no sufrir miedo
El huerto y el trabajo colectivo no son solo una fuente de comida y bienes de primera necesidad, son la herramienta necesaria para vencer los miedos alienantes y los temores irracionales. El dolor y la escasez, siendo puntuales, resultan banales frente a la posibilidad de construir una «vida hermosa» y satisfactoria.
¿A qué hombre considerarías superior a aquel que guarda opiniones piadosas respecto a los dioses, se muestra tranquilo frente a la muerte, sabe qué es el bien de acuerdo con la naturaleza, tiene clara conciencia de que el límite de los bienes es fácil de alcanzar y el límite de los males, por el contrario, dura poco tiempo, y comporta algunas penas; que se burla del destino, considerado por algunos señor absoluto de todas las cosas, afirmando que algunas suceden por necesidad, otras casualmente; otras, en fin, dependen de nosotros, porque se da cuenta de que la necesidad es irresponsable, el azar inestable, y, en cambio, nuestra voluntad es libre, y, por ello, digna de merecer repulsa o alabanza?
Epístola de Epicuro a Meneceo.
No hay color en la comparación entre el ciudadano modélico de la polis, incapaz de superar los miedos más irracionales, alienado de sí mismo y de la Naturaleza, y el comunero epicúreo que sabe que aunque no pueda dominar totalmente su propio futuro, al menos es dueño de su propia voluntad y busca comprender el medio que habita. Porque su voluntad no es fruto de intereses socialmente impuestos sino de su juicio. Juicio que puede ser libre sólo porque la comunidad ha establecido una autonomía respecto a la sociedad esclavizante de la polis a base de trabajo colectivo y propiedad comunal.