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¿De dónde sacar fuerzas cuando no quedan?

¿De dónde podemos sacar fuerzas cuando todo cae alrededor nuestro? ¿Cómo hacer para no olvidarnos de nuestros principios, de nuestros sueños, de nuestra voluntad de ser mejores cuando todo a nuestro alrededor empuja al desaliento, los referentes se caen y las esperanzas se truncan? ¿Cómo seguir siendo buena gente y no perder ni el sentido vital ni el espíritu de comunidad cuando todo te dice que te rindas y parece que todos esperan que lo hagas?

¿De dónde sacar fuerzas cuando no quedan?
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Moral y futuro

Cuando decimos que alguien tiene la moral baja no queremos decir que tenga bajos estándares morales, sino que está desanimado, que se siente desalentado, que no ve claro adónde le conducen las cosas. Por contra, la moral de un ejército es alta cuando cree que ganará la batalla, no cuando su comportamiento con la población civil o los rivales es intachable. Esta acepción como estado de ánimo, como confianza en el éxito que apunta la RAE, nos señala ya la relación de la moral con el futuro.

En otro plano, para nosotros, comportarse moralmente es tener presente en nuestras relaciones con los demás como serán las cosas en una sociedad humana que haya sabido superar la escasez y convertirse en una verdadera comunidad humana universal. Se trata de traer al presente, a través de la forma de relacionarnos con los demás, un pedazo de ese futuro en el que creemos y por el que batallamos. Por eso tenemos constantemente presente, en lo más cotidiano y pequeño, tanto la necesidad de crear abundancia como el objetivo de restaurar la comunidad humana que se expresa en lo inmediato en lo que Alfred Adler llamó espíritu de comunidad.

En ambos planos, en ambas acepciones de moral, el futuro da forma al presente. Pero son dos futuros diferentes. En el planteamiento moral -que es performativo- se trata del futuro en el que creemos. En el anímico el futuro que podemos imaginar. La cuestión es que no siempre podemos imaginar como posible el futuro en el que creemos. Ese es el momento en que la realidad nos baja la moral y la desesperanza nos come.

Cómo recuperar la moral cuando todo cae

La sociedad en la que vivimos nos invita a no mirar, a no cuestionar e incluso a sacar provecho de sus mezquindades y miserias por inhumanas que sean. Y eso erosiona. Nuestras propias cargas y prejuicios, nuestra lógica privada, rematan la faena hasta que nos sentimos sin fuerzas para no dejarnos arrastrar. Es en ese momento de crisis, cuando necesitamos aliento para recobrar el coraje. Pero ¿qué arma el coraje? ¿Qué nos alienta realmente?

Si recogemos todo lo anterior, el coraje no es otra cosa que la capacidad de imaginar el futuro en el que creemos -y a nosotros en él- en el presente. A partir de ahí la relación entre una persona y sus comunidades de pertenencia se resuelve de modo orgánico. Imaginar el futuro socialmente necesario -la comunidad humana restaurada-, alimenta nuestro espíritu comunitario colectivo (el sentido, el significado); poder imaginarse a uno mismo como parte útil y necesaria de sus comunidades concretas, que contribuyen a lo social, a lo humano en común, alimenta el espíritu comunitario del individuo y restaura su sentimiento de pertenencia (su humanidad y su fe en sus propias capacidades de aporte).

Profetas

El momento de rebote es cuando decimos que el futuro que late bajo nuestra convicción moral no solo es necesario o deseable, sino que es posible porque lo he visto. Todos somos profetas de nuestro propio espíritu de comunidad porque todos necesitamos en algún momento imaginarnos más allá de la frustración y la dificultad para poder avanzar.

Este momento profético, esta consciencia de trascendencia, no debe confundirse con la proyección de una comunión con un ser externo intangible como pretenden los sistemas teocéntricos. Sólo desde una perspectiva materialista y antropocéntrica, la comunión de la persona con la comunidad y la especie puede producirse sin mediación -sin alienación- y afirmarse como una moral universalista capaz de sostener un modo de vivir desde la comunidad de pertenencia para la especie en su conjunto. Por eso la esperanza no es monopolio de las viejas religiones. Por eso es imposible entender a Adler sin entender su perspectiva y su práctica política. Por eso, en nuestro caso, como en el de muchos antes que nosotros, la fe en la Humanidad y su futuro dan una capacidad de resistencia -y para apreciar la hermosura de la vida- que ninguna religión puede otorgar.

La magia bajo este momento profético reside en la capacidad de imaginación porque lo que imaginamos se incorpora a nuestra experiencia. Imaginando podemos modificar el balance experiencial que alimenta el desasosiego y erosiona nuestro valor cavando una zanja entre nuestra moral y nuestro estado de moral.

Del efecto moral de la imaginación nace la capacidad transformadora del Arte. Cuando el viajero medieval llegaba a la mezquita de Córdoba o a la catedral de Santiago de repente veía los relatos que conocía insertos en un tipo de grandeza triunfal que le reafirmaba abrumadoramente en su confianza moral y en su pertenencia a una comunidad política y de creencia. Que el Islam rechazara la representación figurativa no niega esto sino que, por el contrario, subraya la importancia que le daba a la imaginación del creyente y a cuanto debía propiciarla.

En una sociedad decadente como la nuestra, por contra, el mensaje atomizador y antihumano de la mayor parte de la ficción -basta echar un ojo por Netflix, Prime y otras plataformas- es pura y simplemente desmoralizador. El protagonista típico sólo puede crecer y encontrar la paz a costa de descubrir la mentira sobre la que se sostenían sus lazos comunitarios, familiares y de pareja.

En cierta manera, al elegir de qué ficción nos envolvemos en nuestro tiempo de ocio estamos haciendo una elección sobre qué mundo queremos imaginar y por tanto desde qué valores ver el mundo posible. Es lo que hacen los jóvenes góticos cuando se alimentan de dramas emocionales en ambientes distópicos, el feminismo cuando difumina la frontera entre realidad y ficción al discutir El cuento de la criada o los nacionalismos irredentos cuando reconstruyen una y otra vez derrotas centenarias variadas. Todas estas ficciones ponen al espectador, lector o asistente en una mirada que reproduce unos sentimientos morales cuyos partícipes quieren mantener a contracorriente del entorno que les rodea.

A otra escala, en paralelo o a la contra de la socialización de la imaginación a través del relato colectivo, en todas las épocas han surgido disciplinas que podríamos llamar ingenierías de la imaginación cuya función es orientar la imaginación individual para reafirmar un marco moral determinado y reforzar la moral de los que lo hacen suyo. Es lo que hacían los hashisim (naziríes) del viejo de la Montaña. Antes de entrar en acción, los prosélitos veían el paraíso en los patios del Alamut reforzados en su capacidad imaginatoria por infusiones de hashish. Es lo que proponían los ejercicios espirituales de Loyola a los primeros reclutas de la Compañía de Jesús, muchos de ellos como el propio San Ignacio, víctimas del síndrome de estrés postraumático.

Hay mucho que aprender de estas prácticas jesuíticas. Por ejemplo, de su análisis se deriva que la imaginación orientada resulta tanto más fructífera cuanto más desarrolla la sensorialidad y recrea el detalle de una escena de ese futuro imaginado dentro de un relato que refuerza los valores y ánimo moral de quien los practica. Porque, cuanto más vívida la imaginación, más parecido será su impacto al de un recuerdo y más sólida la profecía de la trascendencia de nuestro hacer moral.

¿Dónde están las fuerzas cuando todo cae?

¿De dónde podemos sacar fuerzas cuando todo cae alrededor nuestro? ¿Cómo hacer para no olvidarnos de nuestros principios, de nuestros sueños, de nuestra voluntad de ser mejores cuando todo a nuestro alrededor empuja al desaliento, los referentes se caen y las esperanzas se truncan? ¿Cómo seguir siendo buena gente y no perder ni el sentido vital ni el espíritu de comunidad cuando todo te dice que te rindas y parece que todos esperan que lo hagas?

Imaginando e imaginándonos en ese futuro de comunidad restaurada. En los momentos que conducen a él. Resolviendo los conflictos que nos abruman con metáforas y analogías hasta restaurar imaginariamente las copas rotas por nuestros errores o impotencia. Dirigiendo nuestra imaginación, sumergiéndonos en el relato de los futuros que nos dan sentido. Convirtiéndonos en profetas e ingenieros de nuestra propia esperanza.

Lo demás es técnica.

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