«Cómo perder un país» de Ece Temelkuran
«Cómo perder un país», de Ece Temelkuran, no es un ensayo sobre Turquía, Erdogan o el ascenso del autoritarismo. Es una advertencia sobre cómo los populismos convierten la descomposición social, la violencia digital y el vacío moral del neoliberalismo en una nueva identidad política excluyente: el «país real». A partir de la experiencia turca, Temelkuran analiza el avance de una forma contemporánea de fascismo que conquista el poder y redefine quién tiene derecho a formar parte de la comunidad. Frente a la impotencia progresista, el particularismo identitario y la política reducida a emociones, el libro plantea una idea central: no basta con denunciar el populismo; hay que construir una causa universalista capaz de devolver futuro, esperanza y sentido colectivo.
Ece Temelkuran
Llegamos a Cómo perder un país por una entrevista a Ece Temelkuran en El Confidencial. La entrevista era interesante, citaba el libro e inmediatamente compramos una copia electrónica.
Temelkuran tuvo que salir de Turquía en 2016, cuando tras el (¿auto?)golpe, el régimen de Erdogan comenzó a encarcelar periodistas en masa. Convertida para su disgusto en exiliada errante, se convirtió en una invitada regular a todo tipo de foros en los que europeos y norteamericanos se lamentan por el ascenso de los movimientos populistas. Pero a diferencia de sus compañeros de eventos, entiende que, si se quiere enfrentarlos, es necesaria una perspectiva universalista de transformación social. Además escribe realmente muy bien, a caballo entre el ensayo periodístico estilo Steven Levy y el relato autobiográfico. No hace falta estar de acuerdo en todo con ella para disfrutar con su trabajo.
¿Qué aprendimos de «Cómo perder un país»?

El ascenso del «populismo» es la parodia matonil de un modelo revolucionario clásico
En enero de 1789 los representantes del Tercer Estado en los Estados Generales convocados por el rey se constituyen en Asamblea Nacional constituyendo de paso al pueblo en nación. Desde entonces todas las revoluciones políticas, incluida la Revolución de Octubre rusa, han seguido el mismo modelo: la revolución es el proceso de constitución política de un nuevo nosotros que, en el acto final, toma el poder y pasa a crear una nueva institucionalidad a medida de su programa.
Temelkuran nos habla de la experiencia turca. Allí, el nuevo sujeto, al que los erdoganistas llaman el país real, acaba constituyéndose como único sujeto político legal expresando el ascenso de una nueva clase social: la burguesía islamista provinciana. El proceso no es bonito y más que a las revoluciones francesa o rusa se parece al ascenso del fascismo y el nazismo. Aunque aquí también hay grupos de matones, la intimidación social de la resistencia de los sectores laicos se vehicula a través de acosos y asesinatos de personalidad en redes sociales de líderes sociales laicos. Empiezan por los menos establecidos y más débiles y se mueven después hacia los grandes referentes mediáticos hasta que:
La voz crítica queda huérfana en la esfera pública, y las masas opositoras se convierten en una silenciosa nave a la deriva sin un faro que las guíe mientras pierden a sus líderes de opinión
Luego, una vez en el poder, esas mismas redes de amedrentamiento servirán para crear el coro útil de la represión estatal directa. El erdoganismo en el poder es una gran y constante purga destinada a crear un pueblo real a medida de la gigantesca red clientelar creada por los nuevos amos y su líder.
Pero en sí mismo no es el acoso lo que les da el éxito, sino la capacidad para ganar sectores populares que irán tomando como propia la identidad del pueblo real.
El populismo es el producto de la descomposición social y moral de las décadas neoliberales
El erdoganismo, como el trumpismo, crece del campo a la ciudad. A menudo, como el lepenismo en Francia o los bréxiters en Gran Bretaña ganando barrios y pueblos desindustrializados que tradicionalmente habían votado a la izquierda. La razones de fondo que se esbozan en el libro son dos.
En primer lugar que la izquierda de los noventa a aquí ha ido desentendiéndose del futuro de los trabajadores y centrando su diferencia en discursos cada vez más particularistas que encontraban público en los sectores urbanitas de clase media intelectual. En ese marco, abrazar el populismo como una reacción casi nihilista...
Es el grito de supervivencia de aquellos cuyo miedo a ahogarse en el creciente mar de desintegración supera a su interés en la supervivencia del prójimo.
Pero esa visión individualista no sale de la nada
El vacío ético del neoliberalismo, su negación del hecho de que la naturaleza humana necesita sentido y busca desesperadamente razones para vivir, crea un terreno abonado para la invención de causas, y, a veces, de las más infundadas o superficiales (...)
Así pues, cabe pensar que el populismo de derechas proporciona su causa al neoliberalismo. El ansia desesperada de las masas se satisface con una simple historia en la que el villano es obvio: la élite, las «brujas feministas», los extranjeros, los traidores o quien sea. De ahí que, por más que los políticos establecidos se quejen del populismo de derechas, en realidad el movimiento es como una prótesis que viene a reemplazar el relato ausente del neoliberalismo, con su causa/sentido maravillosamente intactos. El deseo de la gente de tener una causa se ve satisfecho mediante el confiado relato narrado por el autoritario líder.
La aceptación de la moral neoliberal preparó el campo para el matonismo populista. Habla de una:
Nueva configuración moral de nuestro tiempo, donde la vergüenza y la compasión pasaban a convertirse en responsabilidad del individuo, dejando de ser asunto de las instituciones políticas.
A partir de ahí, la normalización del matonismo supone un paso más allá del individualismo neoliberal, pero un paso en la misma dirección que, a estas alturas, cuando ya se ha dado, parece casi inevitable.
El tiempo de fingir no ver a la víctima ha llegado a su fin: ahora toca quedarse boquiabierto mirando a los oprimidos y echar unas buenas risas a su costa, incluso cuando el opresor ni siquiera nos ha pedido realmente que lo hagamos.
La violencia social, la desaparición del debate arrasado por la violencia digital, las infamias y los asesinatos de personalidad alimentan una nueva pasividad que ya no es sólo acomodaticia, es excluyente para sectores sociales enteros y especialmente para todo el que exprese oposición a la deriva del país.
Retrospectivamente, resulta obvio que el proceso solo se inicia realmente después de que se han causado graves daños al concepto fundamental de justicia, y una vez se ha destruido el mínimo de moralidad del que no sabías que dependías. Es esa inmoralidad agotadora y aterradora la que te obliga a buscar algún otro sitio. No es el emperador quien te empuja al margen de la arena para convertirte en un mero observador disociado, sino sus súbditos.
La impotencia de la reacción progresista se debe a su renuncia al universalismo
Temelkuran señala al posmodernismo y relativismo adoptados progresivamente por la izquierda desde los noventa como la clave de su impotencia frente al ascenso populista.
No es solo que lo que tenemos que decir se vea sofocado por las cortinas de humo y los arietes de la política populista de derechas, es que ya no disponemos de la certeza de un sistema de valores compartidos que nos permita probar, sin lugar a dudas, que se ha cometido un crimen moral.
No se puede afirmar una moral universal sin un movimiento político y social universalista
Esta es la clave de la alternativa que se vislumbra a lo largo del libro.
La verdad no es un concepto matemático que necesite ser demostrado con ecuaciones. Su singularidad exige una brújula moral intacta, con certezas sobre lo que está bien y lo que está mal. Y ese tipo de certeza, querido lector, requiere primero una perspectiva política y después un movimiento político lo bastante fuerte como para luchar no solo contra los reyes sino también contra los dioses.
La pasividad política, empezando por la de los sectores más reticentes al populismo es la clave final del desastre propiciando una resistencia basada en la política de las emociones y las batallas virtuales de personalidades que no llevan a ningún lado.
Si no somos políticamente activos o reactivos, el acto de comprensión se convierte tan solo en expresión e intercambio de respuestas emocionales. Nuestras reacciones se desvanecen poco a poco para convertirse en poco más que un triste cabaret. Las expresiones orales y escritas de ira y temor reemplazan no solo al acto de comprensión y a la conversación activa, sino también a la acción política real. Y con el paso del tiempo el yo, el cuerpo altamente capacitado, se convierte en un pronombre insuficiente, capaz únicamente de soñar despierto y de buscar consuelo en los cuentos de hadas, mientras que el nuevo nosotros político –el pueblo real– deviene cada vez más invasivo y revigorizado con más hostilidad y capacidad de manipulación. Al final quedarse al margen ya no es nuestra elección, porque de hecho no hay ningún otro lugar adonde ir.
¿Cómo enfrentar el populismo?
La sustitución de la acción y construcción colectiva por el estudio y la denuncia fascinada de la brutalidad del nuevo poder es el camino hacia un gran suicidio a la turca, nos cuenta la autora.
Seguir observando obsesionados las palabras y los actos del gobernante/verdugo es como ser uno de esos conejos que se quedan hipnotizados por los faros del coche, olvidar que en realidad puedes hacer algo para evitar lo que se precipita hacia ti. Y les digo a los estudiantes:
- Los conejos no piensan. Un conejo o bien da el primer paso y corre a protegerse..., o no lo hace.
Busca ejemplos y la resistencia vital que encuentra en lugares como las barriadas de Argentina le dan la respuesta final al qué podemos hacer contra el populismo que le preguntan en todas sus charlas: tener una causa un modelo de transformación social propio.
Tiene respuestas, tiene también una contracausa con la que cuestionar la ilusión de una causa del populismo de derechas. Es el conejo que decide dar el paso adelante.
El modelo general de análisis del populismo como un fascismo de nuestro siglo es coherente y funciona. La pregunta que el fascismo plantea con expresiones como país real o con sus diatribas xenófobas es ¿quién tiene derecho a formar parte de la comunidad política? Su objetivo es redefinir el demos excluyendo a unos supuestos privilegiados (como los migrantes que reciben ayudas sociales o las ONGs que perciben subvenciones) al tiempo que exonera a los poderosos patrióticos que les apoyan.
La alternativa, como dice Temelkuran pasa por luchar no contra él, sino por una causa. Pero no vale cualquier causa. No vale por ejemplo el esencialismo que destila la propia Temelkuran cuando escribe:
A veces sucede que entre el público hay una persona especialmente decidida que pregunta: «¿Y dónde está la esperanza?» Mi respuesta es siempre la misma: «Siga a las mujeres jóvenes.»
No valen porque como explica en su libro, el fascismo/populismo es una parodia matonesca del proceso de constitución de un sujeto político universalista como el de las revoluciones clásicas. Y sólo desde el universalismo puede planteársele una alternativa real. Sin embargo, las causas de la izquierda en la última década y antes, han sido particularistas y divisivas por su enfoque identitario y esencialista.
Por eso no vale simplemente agruparlas en una coalición o un frente. Un frente de identidades no tiene otra cosa que ofrecer que un menú de reformas a medida de cada identidad. Un más de lo mismo con más colores. No un programa que plantee una universalidad alternativa capaz de unir en un mismo proyecto colectivo a las grandes mayorías desbaratando la pasividad de los que optaron por el nihilismo, por la falsa venganza de dejar hacer a los populistas/fascistas contra unas élites indefinidas.
Moraleja final
Como transmite Temelkuran, los populismos son movimientos que crecen sobre la desmoralización y la pasividad fruto de la impotencia política. Enfrentarlos requiere un trabajo muy práctico de afirmación moral. Es decir, de recuperación del futuro como referencia y por tanto de restitución de la esperanza. Y afirmar un futuro mejor posible y necesario para todos se resume en una palabra: abundancia.