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«Universalismo radical: más allá de la identidad» de Omri Boehm

Por primera vez en mucho tiempo, un libro que intenta afirmar el universalismo agita al progresismo estadounidense. Es importante, sin superar el relativismo posmoderno no se podrán superar las consecuencias del identitarismo y los principios que socavan los servicios universales básicos. Sin embargo, la fundamentación de Boehm parte de una marcha atrás hacia el idealismo filosófico segando la capacidad de su propuesta para afirmar un futuro realmente humano para todos.

«Universalismo radical: más allá de la identidad» de Omri Boehm
Contenido

El libro del momento

«Universalismo radical: Más allá de la identidad» de Omri Boehm está por todos lados. Es el primer libro escrito desde la izquierda estadounidense en las últimas décadas que reivindica el universalismo desde la Filosofía. Y sólo por eso es ya sumamente importante, porque si no se supera el posmodernismo no se superarán el identitarismo y sus consecuencias.

¿Por qué es importante la vuelta al primer plano de debate público del universalismo?

Orillar el universalismo a favor del identitarismo es hoy por hoy la principal carga de profundidad sobre los sistemas universales de previsión y atención a necesidades básicas humanas (Sanidad, Educación, ingreso mínimo universal, atención a los mayores...).

No hay identidades «progresistas» (de género, por ejemplo) y «reaccionarias» (nacionalistas o racistas, por ejemplo). Todas llevan al mismo lugar: la negación de la igualdad radical de todos los humanos y de la lucha colectiva por hacerla realidad.

¿Avance o vuelta atrás?

El lado malo es que Boehm emprende la reconstrucción del universalismo desde la tradición bíblica, Kant y Jefferson. Es decir, desde un idealismo filosófico radical. Es cierto que el argumento de base que le permite rescatar a Abraham es bonito -aunque tan antiguo como la discusión talmúdica. Boehm rescata y reivindica la invención del monoteismo judío no por la idea de unicidad divina sino por someter incluso esa divinidad a una idea superior de justicia universal:

La idea de que hay un solo dios verdadero que excluye a todas las pseudodivinidades no es el mayor logro intelectual del monoteísmo. El logro más importante es afirmar que hay una única y verdadera divinidad, para luego someterla a una justicia aún mayor, que está por encima de ella. Solo tras este paso se comprende el significado universalista del monoteísmo y la idea absoluta de humanidad que surge de él.

Es Abraham, el «padre de todos los pueblos» y de las tres religiones monoteístas, quien desafía a la única divinidad verdadera: «¡Lejos sea de ti hacer morir al justo con el impío, y tratar al justo como al impío! ¡Jamás hagas tal cosa! ¿Acaso el Juez de toda la tierra no debe hacer lo que es justo?». Solo hay un dios verdadero, pero la autoridad de la justicia universal está por encima de él.

Es decir, para Boehm, que sigue paso a paso a Kant en el proceso de construir una Humanidad abstracta, es necesario establecer una verdad absoluta fuera, más allá, de la propia Humanidad real para fundamentar valores universales porque...

Cualquier cosa que dependa de la voluntad de alguien, un dios, un rey o el pueblo, es violable.

En realidad construir absolutos es el camino fácil para afirmar una moral ahistórica de la dignidad humana siguiendo a Kant.

La moralidad es la condición bajo la cual un ser racional puede ser un fin en sí mismo; porque solo por ella es posible ser miembro legislador en el reino de los fines. Así pues, la moralidad y la humanidad, en cuanto que esta es capaz de moralidad, es lo único que posee dignidad.

A diferencia de los animales, que pertenecen a una naturaleza sin propósito, los humanos son libres de perseguir fines morales. Por esta razón, ellos mismos deben ser tratados categóricamente como fines y nunca como simples medios. No solo tienen un valor, como lo pueden adquirir las cosas al ser utilizadas. Más bien, tienen una dignidad que está «por encima de todo precio», es decir, absoluta.

Y claro, las consecuencias políticas se alcanzan de modo casi automático desde los absolutos. Boehm recurre a la premisa de la Declaración de Independencia de EEUU (All men are created equal) para recuperar el tipo de verdad que en la tradición humanista permite justificar la rebelión.

Interpretada como un documento kantiano, su universalismo recupera su significado revolucionario original: dado que las verdades [la igualdad entre todas las personas] que proclama son absolutas, están por encima de cualquier acuerdo o gobierno humano, ya sea despótico o democrático.

El problema idealista

El problema es que todo esto es de un idealismo exacerbado: reduciendo la Humanidad y la verdad a abstracciones absolutas lo que se consigue es una moral estática y atemporal que juzga complaciente desde los márgenes de la Historia sin poder explicar siquiera su propio origen, su despliegue y sus retrocesos. Y sin embargo, la moral monoteista judía, el kantismo o las ideas de la Revolución americana son productos históricos. La idea misma de dignidad humana tiene una genealogía y una fecha de nacimiento.

El recurso a una Justicia Universal preexistente a la propia Humanidad, no es más que el recurso de crear una divinidad moral. Es atractiva porque no deja de ser un artefacto que marca siempre el mismo Norte, pero si puede satisfacer como aparato para justificar una moral de absolutos ignorando el mundo concreto, es obvio que no vale como brújula política porque, como toda divinidad o abstracción idealista, sólo acepta compararse consigo misma: La idea de progreso, de progreso moral se reduciría -idealismo platónico puro- al grado de parecido alcanzado con el modelo ideal; y el motor de tal progreso no sería otro que la voluntad de los creyentes en cada momento. Dicho de otra manera: la moral de la idea absoluta, por universalista que sea, no sirve para explicar la Historia de la especie humana y por tanto tampoco sirve para hacerla.

La alternativa

Pero el universalismo no tiene por qué construirse desde el idealismo más exacerbado. Los valores universales no requieren una idea absoluta sino un sujeto universal. Y ese sujeto universal existe en el momento en que la especie afirma en los hechos (sociales e históricos) un programa, una voluntad de auto-constitución, de alcance universal.

La Humanidad -el hecho social- diferente de la especie humana -el hecho biológico- existe como sujeto porque la estamos construyendo. No desde ahora, desde que nuestra especie existe e intenta -movida por la necesidad- superar la escasez.

Boahm toma a Kant para afirmar que lo que constituye al ser humano como tal es la libertad y por tanto la posibilidad de actuar moralmente. Es incapaz de dar una respuesta a la crítica spinoziana de la que se alimenta la posmodernidad y que, sin embargo, resume bien:

Puesto que un deseo es siempre nuestro deseo, no pueden surgir de este concepto categorías morales universales; de ahí la doctrina de que la razón no implica deberes, sino intereses, y de que no hay diferencia entre lo bueno o justo y lo poderoso.

Si Boehm no puede dar respuesta a esta crítica es sencillamente porque ha colocado su brújula moral como una abstracción al margen de la Historia humana real. Le es útil. Porque en la perspectiva histórica, la libertad deja de fundarse en una supuesta constitución de la Humanidad en tal que no se sabe cuándo se habría producido, y nos obliga a mirar hacia delante y por tanto a expresar un programa. Porque, en realidad, la Humanidad sólo será realmente libre -y por tanto moral- cuando haya superado la escasez. Sólo entonces los intereses no empañarán los valores, en la medida en que no habrá intereses inmediatos -necesidades- contradictorias.

Entonces, ¿no hay moral operativa mientras tanto? Igual que la Humanidad es un proceso en realización, la moral universalista está también «en realización» permanente. Un hecho, una acción es universalmente moral hoy en la medida en que refleja en el presente ese futuro de abundancia / libertad por el que colectiva -aunque no siempre conscientemente- batallamos como especie. De hecho, una acción es moral en la medida en que acerque ese futuro existente ya como punto de fuga, trayendo al presente un pedazo de ese futuro posible, necesario para que la Humanidad llegue a tener una existencia real y plena. Pero necesario no significa irremediable. El hecho de que no aceptemos una teleología fatalista o un destino es precisamente lo que pone en el centro la voluntad humana.

Y de hecho, es en esta dialéctica del futuro y sólo en ella, donde la moral puede entrelazarse con la voluntad y la consciencia real de los humanos reales existentes en cada momento.

El desarrollo moral en cada momento depende no de la aceptación por los vivos de una verdad absoluta preexistente, sino de la capacidad -limitada por la organización social- para aprender, desarrollar conocimiento, transformarse y transformar la organización social.

En ese marco, el progreso moral es el resultado de la acción concreta y cotidiana de transformación de la realidad natural y social por los humanos (trabajo social) y al mismo tiempo un proceso histórico evolutivo jaspeado de cambios políticos, revoluciones tecnológicas y grandes reorganizaciones sociales. Solo en ese movimiento histórico no fatalista, explicable por sí mismo, la Humanidad pasa progresivamente a ser un fin para la especie humana y la moral universalista dará forma a la vida social de la especie.

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