Hay un párrafo en el libro en el que se ve claramente la diferencia con nosotros. Dice O.B.:
Una política universalista debe impulsar un cambio en la cuestión de quiénes somos «nosotros» y de cómo «nosotros» entendemos nuestros valores, no en relación con nuestras identidades, historias y valores pasados, sino con un compromiso con la verdad que trasciende nuestros intereses, intuiciones y comodidad, y que determinará quiénes seremos en el futuro.
Sin embargo, nosotros diríamos:
Una política universalista debe impulsar un cambio en la cuestión de quiénes somos «nosotros» y de cómo «nosotros» entendemos nuestros valores, no en relación con nuestras identidades, historias y valores pasados, sino con un compromiso con lo que la Humanidad puede llegar a ser en el futuro que trasciende nuestros intereses, intuiciones y comodidad, y que determinará quiénes seremos en el futuro.
Lo que OB busca -algo más allá de los seres humanos reales y hasta de los dioses, que sirva de absoluto moral- no puede ser una abstracción, una idea filosófica, sino una situación social/material que está más allá de los humanos sólo porque los humanos no lo han realizado todavía... pero hacia lo que su hacer universal (e histórico) ha estado siempre orientado a lograr. Un futuro posible que para unos será un «punto omega» -un límite evolutivo- y para otros una realidad alcanzable en tiempo presente, pero un futuro al fin y no uno cualquiera: uno que nos haga a todos igualmente libres de la esclavitud de la necesidad.
Como la realidad presente es la escasez, el nosotros universal -que requeriría una sociedad realmente libre, es decir, sin escasez- no puede vivir hoy en el presente eterno kantiano. Sólo puede vivir para el futuro, es decir, no puede afirmarse en el ahora más que afirmando al mismo tiempo una esperanza universal.