Literatura, tecnología y desencanto
La tecnología ocupa un nuevo lugar en la literatura. Ya no sentimos vértigo ni asombro ante ella. Sólo desazón y ajenidad. Y sin embargo, una literatura de la abundancia que pase del ensayo a la ficción es más necesaria que nunca para reapropiarnos de lo digital.
La tecnología ocupa un nuevo lugar en el relato
«Agency» es la última novela de William Gibson traducida al español. No aporta gran cosa. No es culpa en realidad de Gibson, a quien con 78 años, sobra oficio. Es que ha desaparecido la sensación de vértigo y asombro que la unión entre tecnología y desregulación generó en los 80 y 90. El mundo que abre la IA no nos hace exclamar que «no hay mapas para estos territorios». Nuestra época ya no es asimilable a:
Un experimento de darwinismo social concebido por un investigador aburrido que mantuviera el dedo pulgar sobre el botón de avance rápido.
Vivimos en la fase terminal del experimento tecno-globalizador. El territorio social está arrasado en su mayor parte y el mapa alrededor de esta senda es una sucesión de desiertos y oportunidades abandonadas. De seguir el mismo rumbo, por delante tan sólo hay más militarismo y aún peores guerras. No es de extrañar que el sentimiento de época no rezume optimismo y esperanza sino desapego.
Esa ajenidad llena la trama de «Animal colonial» de Rodrigo Rey Rosa. En su Guatemala el despliegue tecnológico es una potestad del poder que sirve al estado para crear, partiendo de una cárcel masiva y distópica estilo Bukele, mentes colmena. El hacker ya no es el héroe solitario, sino el millonario que puede pagar las tecnologías y los científicos necesarios para liberar a un ahijado del infierno. En su plan incluye un impulso tecnológico capaz de sacar de la miseria a todo el continente y el sacrificio de cientos de otros reclusos. La suya no es una posición moral, sino un capricho que puede permitirse dentro de una economía de clientelas y favores. Más allá del individualismo neolib lo que había era patronazgo mafioso.
En «Arca» de Ricardo Menéndez Salmón, una novela de fantasmas salpimentada de androides, el protagonismo es de la decadencia y la implosión de Europa. La ajenidad se presenta aristocráticamente como una forma de hastío, un incomodidad amorfa y poco dramática que, en medio del colapso, aspira a la elegancia sutil de Henry James.
La larga espera de la abundancia literaria

Desde que se acuñó el término, el SolarPunk ha sido la demanda de un sector de lectores que quería pasar de la distopía ciberpunk al disfrute literario de la abundancia hecha posible por la tecnología. En todos estos años, sin embargo, fueron muy pocos los autores que dieron respuesta y ninguno consiguió crear nada parecido a una tendencia o un movimiento. A estas alturas, lejos de consolidarse, la expectativa solarpunk parece destinada a conformarse con la ciencia ficción cozy o fundirse con el subgénero de las fantasías y especulaciones climáticas.
Y sin embargo, una literatura de la abundancia que pase del ensayo a la ficción es más necesaria que nunca para reapropiarnos de lo digital, cada vez más accesible y potente y sin embargo cada vez más ajeno.