La tragedia de los bienes privativos
La tragedia real, cotidiana, es la de la propiedad privativa, no de los comunales. A día de hoy, en buena parte del interior de la península, la propiedad privativa es un agente de desertización industrial y natural. La única tragedia del comunal es su ausencia.
Llevamos más de una semana acompañando a distintos grupos de empresarios portugueses con interés en abrir a este lado de la frontera. El objetivo es volver a poner en producción tierras e industrias. En un territorio relativamente pequeño, tres términos municipales, la variedad de equipamientos muertos otrora productivos, es sorprendente: explotaciones turísticas, fábricas, canteras, naves de todo tipo, talleres, campos...
La primera vez sientes la oportunidad latente bajo las máquinas inservibles, los campos sobre-explotados y los edificios agrietados, pero tras la tercera o la cuarta visita empieza a emerger la sensación de estar visitando un país que no acaba de salir de una postguerra terrible.
En muchos casos una historia similar: fallecen los socios o la pareja que creó la empresa y la hizo crecer. La heredan los hijos. Se ponen sueldo. No pisan por ahí. Reducen a la mínima expresión los costes de mantenimiento, aumentando los beneficios a corto. Pero a base de no mantener y no reinvertir van quedando obsoletas unas líneas e inusables otras. Poco a poco el negocio reduce su propio mercado y sus ingresos. Mientras la infraestructura se va ajando, la plantilla se reduce. Y vuelta a empezar hasta que ya no quedan líneas para cerrar. Tan sólo una nave en ruina que es un cementerio de máquinas de otra época y trabajos sin entregar.
Algo muy parecido a los campos, un día densos encinares, hoy llenos de retamas y calvas pobladas de florecillas y yerbas que señalan su sobre-explotación. Unas veces, los dueños, te dicen que sencillamente están demasiado mayores como para mover más el ganado. Además, sus hijos marcharon y no queda nadie detrás. ¿Para quién van a mantener la sostenibilidad? Ya se venderá cuando ellos no estén. Otras veces, los hijos, migrados a la ciudad, dejaron el campo como pastos a vecinos o familiares que «los cuidan». Los cuidan tan bien que puedes andar kilómetros sin ver una encina joven. Pero ¿qué le importa eso a un propietario que como mucho da un paseo dos veces al año por la finca y al que las florecillas les parecen preciosas?
La lógica de la sobre-explotación es la misma en fábricas, explotaciones turísticas y dehesa. Una versión grotesca de la Tragedia de los bienes comunes. Sólo que en los comunales rurales reales, históricos, nunca existió tal cosa. Ahí siguen para demostrarlo los montes de mano común ocupando un 22% de la superficie de Galicia.
La tragedia real, cotidiana, es la de la propiedad privativa, no de los comunales. A día de hoy, en buena parte del interior de la península la propiedad privativa es un agente de desertización industrial y natural. La única tragedia del comunal es su ausencia.