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¿Qué aprender de DSA?

DSA (Democratic Socialists of America) es el fenómeno político del momento en EEUU. Más allá de las diferencias programáticas con el grueso del partido demócrata, la clave de su éxito es recuperar y reinventar la sede partidaria como espacio diverso, autogestionado y comunitario. Hay mucho que aprender ahí. Aunque también retos que el origen milenial y universitario de la DSA tiene difícil superar.

¿Qué aprender de DSA?
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¿Qué es diferente en DSA?

DSA es el fenómeno político de la temporada en EEUU. No sólo por haber colocado candidatos en las primarias del partido demócrata como nunca hasta ahora había conseguido una corriente interna, sino por representar un cambio en la forma de organización política estadounidense de base.

Vista de cerca, la DSA se percibe menos como una expresión de clase que como una expresión cultural. Las comunidades presenciales construidas en torno a intereses comunes —del tipo que antes se encontraban en boleras, locales de punk rock intergeneracionales, sótanos de iglesias o librerías radicales— son raras hoy en día, y las secciones de la DSA cumplen esa función. Ofrecen no solo una política diferente, sino un modelo distinto de lo que significa participar en política. El funcionamiento de las secciones es en gran medida autogestionado, lo que añade un toque de irrealidad a sus victorias, como si un grupo de amigos universitarios hubiera creado un sello discográfico en su residencia estudiantil y, de alguna manera, lo hubiera utilizado para destituir a un congresista con ocho mandatos. «Se convierte en algo que haces para encontrarte con tus amigos, y para hacer amigos», me dijo Shua Sánchez, una organizadora de 36 años de la sección de Milwaukee.

Incluso los estrategas demócratas que desconfían de la creciente influencia del grupo en el partido reconocen que han descubierto algo que la corriente principal del partido ahora tiene dificultades para producir de forma natural. «Representan un verdadero compromiso cívico», afirmó Adam Jentleson, exmiembro del equipo de Harry Reid y John Fetterman y presidente del Searchlight Institute, un nuevo centro de estudios demócrata que intenta alejar al partido de la política cultural de la era de 2020 [el famoso woke 1.0]. «Ya no tenemos clubes de Elks. Ya no tenemos sedes sindicales, en realidad. Pero tenemos a estas 50 personas reunidas en una sala debatiendo las Reglas de Orden de Robert».

La ironía del comentarista sobre las Reglas de Robert es una forma codificada de recordar que estamos ante la evolución local de la izquierda milenial, equivalente a nuestros quincemistas e inevitablemente asociada a la rebelión de las clases medias universitarias en precarización. Ese origen milenial es al mismo tiempo la causa del mérito y las limitaciones del modelo DSA.

Porque la innovación principal de DSA, al fin, ha sido reinventar la sede como un espacio organizado por proyectos muy diversos, cada uno de ellos auto-organizado por el grupo de apasionados de turno. Si se consigue poner en marcha una masa crítica -en principio no muy grande- de proyectos y tiempos para el «todos con todos» el sitio se convierte en algo que haces para encontrarte con tus amigos, y para hacer amigos. Así se reconstruye el espacio comunitario.

Es decir, DSA rompe con la práctica venenosa y muy milenial de la militancia twittera una ruptura, no superada del todo, pero que le permite superar el acendrado individualismo que el relato de las redes centralizadas impusa y generar sentido de propósito colectivo, que es lo que resaltan los analistas y periodistas que los visitan.

Las limitaciones

No hay que engañarse, por mucho que centren su programa en el conjunto de los trabajadores estadounidenses, DSA es la expresión de un sector social muy concreto: la clase profesional urbana, formada en la Universidad y precarizada al poner un pie en la calle. Los mismos que ahora llevan todas las papeletas de sufrir, antes que ningún otro sector social, el impacto de la IA.

Pero el grueso de los trabajadores, que llevan cuarenta años de precarización ya a las espaldas, están en una situación diferente. Entre ellos la atomización es ya extrema:

Menos de la mitad de los estadounidenses tienen una licenciatura, pero quienes no la tienen son menos propensos a encontrar lugares de encuentro (parques, bibliotecas, incluso cafeterías), a unirse a grupos cívicos o clubes sociales y afirman tener muchos menos amigos cercanos o personas a quienes recurrir en busca de apoyo social. El título universitario de cuatro años no es solo un indicador económico; se ha convertido en un factor determinante del estilo de vida.

En los estudios de caso y las transcripciones de entrevistas de «Nobody to Call» (Nadie a quien llamar), los hombres sin títulos universitarios describieron una deriva social que se convierte en un precipicio social: graduarse de la escuela secundaria significó la pérdida de una infraestructura accesible para la conexión, y con ella una reducción de los grupos de pares, y ninguna nueva estructura —la universidad, el ejército, un sindicato, iglesias o grupos cívicos— que la reemplazara.

La mayoría de los hombres entrevistados por Pressler y Duggan estaban prácticamente aislados; de los 30, casi la mitad afirmó no tener amigos cercanos, y seis dijeron tener solo uno. En una de las muchas frases conmovedoras del reportaje, un entrevistado señaló sin rodeos: «No tengo a nadie a quien sienta que le importo».

A día de hoy las sedes de DSA son espacios hipsters en barrios hipsters. Si estuvieran en Madrid, estarían en Malasaña y Lavapiés. Es decir, muy lejos de esos trabajadores jóvenes atomizados. Y es ahí, donde se juega el futuro social. En la atomización dejada a su albur germinan los monstruos totalitarios pero si se supera desde abajo todo cambia.

¿Será DSA capaz de llevar su modelo de sede y participación a los barrios? A estas alturas sería bastante inocente pensar que la izquierda milenial va a salir de su cascarón de relaciones endogámicas. Pero el modelo está ahí. Y puede expandirse desde bases más sólidas.

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