Habermas, las redes sociales y cómo construir de nuevo un espacio digital de democracia deliberativa
Durante un breve instante, la web distribuida permitió lo que Habermas había imaginado: una esfera pública donde la sociedad construía su propia agenda desde abajo. Exploramos cómo la centralización de la web y los algoritmos de las redes sociales destruyeron esa posibilidad, sustituyendo la deliberación por adicción, conflicto y control, y por qué la web distribuida sigue siendo la única salida real. Eso sí, no basta con descentralizar la infraestructura, se trata de descentralizar la conversación, que no es lo mismo.
Habermas y la web distribuida
Jürgen Habermas murió la semana pasada, su idea de democracia deliberativa, que se materializó brevemente con la blogsfera, fue la primera víctima de la centralización de la web por las redes sociales.
Resumiendo demasiado, para Habermas el hecho político determinante en una sociedad es cómo se forman las agendas públicas. Quién elige e impone qué temas al debate. Si los temas surgen desde la base social a pie de calle, con toda su diversidad, y de ahí se proyectan hacia la esfera política y administrativa, la democracia tiene una base deliberativa autosostenible que asegura una cierta alineación entre las demandas sociales y el estado sosteniendo un proyecto común. Si el sentido es el contrario, la pasividad social crecerá, la deslegitimación del otro se convertirá en regla general y la cohesión social se fracturará.
¿Qué fue la web distribuida y cuál fue el impacto de las redes sociales?
La web distribuida en ese marco fue una posibilidad real para la sociedad civil de construir agenda pública desde abajo y sin intermediarios mediáticos. Porque el propio Habermas reconoce que los medios no responden al ideal deliberativo sino que, de hecho, colonizan el mundo de la vida, haciendo que los intereses del poder económico y las estructuras partidarias, determinen la conversación pública imponiendo sobre qué pensamos y hablamos y en consecuencia vaciando a la democracia de su contenido.
Las redes sociales centralizaron datos, estructuras y conversaciones. Por lo que generaron la oportunidad de una vuelta de los medios por la puerta de atrás. Ahora como creadores de contextos. Por eso todos los grandes medios empezaron a publicar las cuentas de twitter de sus opinadores y periodistas y a sustituir RSS por enlaces a sus cuentas en redes sociales. Durante un largo periodo parecieron más interesados en relatar -con más entusiasmo que verdad- que los movimientos sociales en Irán, Siria o Egipto habían sido vehiculados por twitter o facebook que en recuperar relevancia con su trabajo.
Los nuevos jugadores y la «colonización de la vida»
Con las redes sociales y los algoritmos, Habermas apuntó que la esfera pública se estaba fragmentando en miles de cámaras de eco a base de información adaptada a sus sesgos. Pero esto sólo fue una parte.
En realidad lo que Twitter o Facebook introdujeron fueron mecanismos algorítimicos de explotación de sesgos para generar mayores índices de activación (=adicción) a base de promover un ciclo permanente de indignación, confrontación y reafirmación de prejuicios. El negocio estaba en mantener enganchados a los usuarios en el gozo de la frustración y el falso sentimiento de superioridad. Así que, en principio, a las plataformas les daba igual el sentido de la indignación que alimentaban y sus consecuencias. El algoritmo soplaba las brasas de todas las frustraciones y todas las angustias politizables primando su efectividad y nada más. En eso consistía la famosa neutralidad de las plataformas.
Pero el bucle algorítmico, de por sí una máquina de crear crispación social y alimentar un sectarismo cada vez más adicto a las realidades alternativas, era también cooptable y podía convertirse en un verdadero mecanismo de manipulación masiva personalizada, como probó con éxito en varios procesos electorales Cambridge Analytica hasta hacer saltar el escándalo por su papel en el Brexit.
A partir de ahí, la colonización de la vida pasó a las manos de nuevos operadores. Gente como Steve Bannon que conectaba intereses económicos y grandes plataformas mediáticas con el tipo de aventurero político que ha marcado los últimos diez años. Gente que entiende la política como una campaña táctica permanente y cuyo objetivo es ganar cada batalla frente a la propia parroquia, no ampliar una base de consenso. Gente que ha renunciado sin dudarlo al universalismo porque ha descubierto que los nichos identitarios y sus resentimientos reales o imaginados son más fáciles de capturar y mantener que una siempre cambiante y escéptica mayoría social. Gente que empaqueta y vende guerras culturales y las financia por cuenta de intereses privados una galaxia de medios alternativos, bots y activistas del tuit. El resultado global es visible y se escriben decenas de artículos todas las semanas abordándolo tanto en EEUU como en Europa, generalmente viendo más el Bannon en el ojo ajeno que el Cummings en el propio.
Resultado
Tras colapsar la esfera deliberativa por la extensión de las redes sociales la colonización de la vida por el juego partidista y mediático ha reducido la conversación social a un mero instrumento táctico en el que todo vale, degradando la convivencia, destruyendo los proyectos colectivos y erosionando al límite la confianza y la esperanza en futuro mejor de los que venían detrás.
¿Cómo construir la alternativa?
Basta ver las dificultades por las que pasa Bluesky para entender que una vez la vida es colonizada por un grupo con fuego de cobertura mediático en un entorno conversacional es muy difícil que no se apropie de él. La historia es similar a la de twitter pero aleccionadora porque ahí el grupo activista totalizante no se identifica con el MAGA más enloquecido, sino con el progresismo norteamericano en teoría más opuesto a la lógica totalitaria. Cuenta el Washington Post:
Las redes sociales dependen de los efectos de red: en teoría, cada usuario hace que la plataforma sea más atractiva para otros usuarios. En la práctica, Bluesky tiene un grupo de usuarios que intentan repeler a los forasteros.
Esos usuarios son una minoría dentro de una minoría. La directora de operaciones, Rose Wang, me comentó que la política representa solo el 10% de la actividad en Bluesky, y que la mayoría comparte historias e intercambia memes, no acosa a otros usuarios. Sin embargo, la facción territorial es lo suficientemente fuerte como para que muchos no progresistas se rindieran rápidamente, y las estadísticas de uso diario activo sugieren que la plataforma está alcanzando una meseta en lugar de un crecimiento exponencial. Si bien el número de personas con cuentas en Bluesky sigue aumentando gradualmente, los usuarios activos diarios rondan actualmente los 650.000, aproximadamente la misma cifra que en septiembre.
La alternativa es, lógicamente, la diversidad interconectada. Pero hay matices importantes. No se contrarresta tan fácilmente el poder de penetración de los medios. Y el tamaño, tanto como la densidad de las interconexiones, importa.
El modelo de grandes nodos que encontró su herramienta emblema en Mastodon, se ajustaba a las demandas de hace una década. Pero aunque contribuyó a crear una primera masa de usuarios, a medio plazo dificultó el crecimiento de lo descentralizado y distribuido porque los nodos eran versiones bonsai de lo mismo que pretendían contrarrestar. El Fediverso sólo ha empezado a recuperar capacidad de referencia cuando el tamaño medio de los nuevos nodos se ha reducido sensiblemente y estos asociarse a comunidades temáticas con agendas propias autónomas de las urgencias y las escandaleras de las ruidosas batallas mediáticas.
No es un problema del software, aunque el software esté pensado en su origen para reproducir el modelo generalista. La gran lección es que un Fediverso descentralizado en grandes nodos generalistas sólo puede multiplicar el espacio mediaticamente controlado.
La cuestión es entender que el objetivo de pasar de un nodo/negocio a una diversidad de nodos sin ánimo de lucro, no es encontrar una forma para que la gente común pueda financiar una infraestructura que haga esencialmente lo mismo que twitter/X o facebook. De lo que se trata es de descentralizar la conversación -sin romperla en feudos cerrados- para permitir la emergencia de nuevos temas y perspectivas que recorran el camino que empieza en las necesidades sociales y termina creando un nuevo consenso social capaz de transformar las reglas de juego.