La estela del lobo
Debían de mediar los noventa cuando un buen amigo nos animó a visitar el entonces Museo Provincial de Oviedo. En esa época andábamos con cierta frecuencia por la Isla, en Colunga, y la playa se estaba convirtiendo en el sitio de referencia de no pocas reuniones y discusiones que acabarían, unos años después, dando lugar al primer avatar de nuestra cooperativa. Este amigo, buen conocedor de la historia local, nos animó a buscar una lápida encontrada a finales del siglo XVIII en la Iglesia y que se había incorporado a la primera colección del Museo allá por 1880.
La lápida, dedicada por un tal «Fronto» al culto imperial y que debía «presidir el pater patrarum junto al león», demostraba la existencia de un Mitreo en la Isla. Originalmente datada en el siglo III, el debate arqueológico ha ido estirando la fecha hasta el siglo IV o incluso V.
Se había encontrado en 1786 como parte del pórtico de la Iglesia y había sido parte de la primera colección del museo en 1880. A finales del siglo XIX con la construcción de la nueva iglesia aparecen nuevos restos, la mayoría perdidos hoy. Parece que uno de ellas fue la estela del lobo que ilustra este post y que en los 90 aparecía en el museo como originario de la Isla y datado en el siglo V, aunque ya hace diez años -después de muchos años con el museo cerrado- reapareció en la sala medieval sin datación y con la breve leyenda: «origen desconocido».
Estéticamente la imagen es poderosa: un lobo andando bajo las estrellas hacia Occidente. En el marco superior una estilizada figura humana y lo que parece una estrella fugaz o un cometa, tal vez el Cometa Halley, visible en la península en el 451. Recuerdo que salimos del Museo queriendo saber más sobre esta imagen en la que nadie parecía haber reparado demasiado.
El lobo en la simbología antigua peninsular

La primera representación pictórica de un lobo en la península seguramente sea la de la cueva del Tajo de las Figuras, en el actual Benalup, pintada dentro de una escena de caza hace unos 20.000 años. Pero, lo primero que se encuentra al buscar las apariciones de lobos en la iconografía peninsular es su importancia para el mundo ibérico preromanoen el que es el guardián del Hades y las aguas subterráneas. En otra estela de la sala pre-romana del museo arqueológico de Asturias, los lobos guardan las entradas del líquido inframundo evitando que los vivos entren en el mundo de los muertos antes de tiempo.
La figura del lobo aparece con frecuencia en yacimientos del siglo III AeC como la famosa cabeza encontrada el Cerro el Pajarillo (Huelma, Jaen). El lobo caminando bajo las estrellas aparece por primera vez en un As acuñado en la ceca oretana de Iltiraka (cerca del actual Jaen). En el Norte peninsular el lobo fue la forma y el atributo principal de Tautates o Dispater, el Marte celtíbero, un Dios de la comunidad (dis-pater= padre de cada uno) con rastros hasta el siglo XIII en toda la cordillera cantábrica, que influyó en la conversión posterior de Santiago en guerrero.
Como vemos, el lobo es un símbolo asociado claramente a los «dioses viejos» y así lo entenderá durante la Edad Media la pujante cultura cristiana que lo perseguirá e identificará al peligro, a lo pagano y a la ferocidad irracional. Pasará de guardián que nos protege de la muerte a símbolo de la rapacidad y el salvajismo. En la península ibérica el lobo ocupará por tanto el lugar que Oso tendrá en la simbología cristiano-medieval centroeuropea: un símbolo del pasado y las creencias a rechazar.
La leyenda del lobo y la Osa

¿Por qué esta fijación con el lobo? Aunque el tema no parece haber preocupado en demasía a los historiadores, hay una hipótesis que el amigo que nos descubrió los tesoros del Museo Arqueológico de Asturias nos contó por primera vez y que ha aparecido varias veces en nuestras conversaciones con especialistas durante estos años: la presencia en la costa cantábrica y el Pirineo de grupos politeístas llegados desde otros lugares de Europa -tal vez ligados a los ejércitos tardoimperiales- porque no habían aceptado los decretos de imposición del cristianismo. Y aunque la hemos escuchado no pocas veces, la verdad es que no hemos encontrado trabajos científicos que la sustenten, así que, aunque para muchos sea hipótesis, dejémosla en leyenda, que no por no estar entre lo comprobado deja de tener interés como relato.
Es una historia hermosa y aunque quizás no de para un paper con la evidencia arqueológica disponible, desde luego daría para una buena novela histórica. Imaginemos un grupo -¿exlegionarios tal vez y por tanto probablemente practicantes del mitraismo?- que descontentos con las reformas religiosas y hartos de las turbulencias políticas y militares, decide desertar y tomar el camino del Ara Solis, un antecedente directo del Camino de Santiago del que queda registro desde la época celta y una referencia religiosa generalizada ya entonces.
El Ara Solis fue un altar situado en Finisterre, el punto más Occidental del mundo conocido entonces, donde se celebraba la caída del Sol. A partir de Augusto contará con un templo anexo donde, al parecer, se celebrará también el nacimiento de Venus (motivo por el cual las «conchas de peregrino» de hoy son conocidas como «veneras»).
De esta forma, además, se explicaría el cambio de sentido de la marcha del lobo (el Oriente, se representaba entonces generalmente a la derecha) y la sustitución, frecuente en siglos posteriores, de las estrellas de la Osa Menor por veneras, como en el escudo de los Elorriaga de Oñati.
La gran reforma religiosa impulsada por el Emperador Constantino, que acabaría imponiendo el monoteísmo cristiano y prohibiendo los cultos tradicionales en todo el Imperio con el Edicto de Tesalónica del emperador Teodosio en el 380Ec, no ocurrió de forma instantánea ni sin resistencia.
En la península ibérica, de hecho no hay una orden directa de destrucción y cristianización de los templos hasta el 435 eC y su carácter perentorio y violento indica precisamente la pervivencia de la vieja religión, que a finales del siglo IV seguía siendo según los historiadores de la Hispania tardorromana, mayoritaria. Es conocido que el Occidente ibérico había mantenido una considerable autonomía religiosa. La conocida estela dedicada a Erudinus, aparecida en el Pico de Dobra (Santander) y fechada 30 años después del decreto de Teodosio no parece representar ni mucho menos un hecho aislado, a pesar se haber sido discutida la datación.
La asociación de Marte con las legiones -el signifer que lleva el estandarte de la unidad se cubre con una piel de lobo para llamar a reagrupación a las almas de los soldados caídos en la batalla-, la aparición del lobo caminando de Este a Oeste algunos escudos referidos en el «Notitia Dignitatum» unidas al templo mitraico de la Isla, podrían señalar un origen militar en nuestra estela, sin embargo, no hemos podido localizar en el Cantábrico ninguna de las unidades simbolizadas con lobos en el Notitia entre los siglos III (datación del templo de Mitra) y V (datación de la estela). Sin embargo en la Tauroctonía (el mito central del mitraismo, un sacrificio simbólico de un toro primordial que genera la abundancia), el lobo -o a veces un perro- representa a la Humanidad que se beneficia de la abundancia en forma de granos en los que se convierte la sangre del toro sacrificado al caer.
Esto sería congruente también con descubrimientos de este siglo, que demuestran la pervivencia de la religio en sectores de las clases acomodadas cantábricas en fechas tan recientes como el siglo VIII.
El carácter contradictorio del lobo medieval

De hecho la lucha de la Iglesia católica contra las prácticas politeistas tradicionales siguió mucho más tarde, como parece relatarnos la «puerta pagana» de la Iglesia de Olcoz ya en el siglo XII, donde por cierto el lobo ocupa un lugar central.
La pervivencia de restos paganos en la cultura popular y su choque con la nueva simbólica cristiana aparece con claridad en los distintos papeles del lobo en el Camino de Santiago. En la leyenda popular el mismísimo apostol Santiago toma la forma del animal para acompañar a un peregrino moribundo asaltado por un bandido mientras la manada venga su muerte. En el milagro de San Froilán, el santo obliga al lobo a tomar el lugar de la mula que éste le había matado y cargar con las piedras que portaba. Por un lado el papel de protector y guardián de la frontera entre la vida y la muerte, por otro el de la bestia salvaje y asesina.
Por un lado, venganza y justicia, por otro sometimiento a la Iglesia, su obra y el nuevo orden feudal. Siglos después de la estela de la Isla, el lobo sigue simbolizando la resistencia a un mundo en el que el poder, la riqueza y los dioses que lo representan, se concentran y enseñorean como únicos amos. Tal vez por eso, clanes y familias locales lo tomarán como propio, haciendo que el lobo permanezca hasta hoy como el segundo animal más frecuente de la heráldica hispana, el primero si separamos el mundo catalanófono y Galicia del recuento peninsular. Esta particularidad vexológica refuerza la percepción de la fuerza del sustrato politeísta en la cultura de los reinos de origen cantábrico de la península.
El símbolo hoy
La recuperación del lobo y la Osa como símbolo liga todo ese sustrato de resistencias y migraciones ideológicas a un presente no tan diferente al del hundimiento de la civilización romana. A fin de cuentas,
Venimos de muy lejos, desde el primer tiempo en que hubo hombres sublevados; vamos de camino, mucho más lejos todavía.