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Mitra, un dios de la abundancia en tiempos de decadencia

El culto mitraico romano aparece en un momento en el que ya no basta con enaltecer los valores colectivos para mantener la cohesión social. En una época de descomposición política acelerada, desarrollará por primera vez las ideas de abundancia y progreso propagará un comunitarismo cosmopolita centrado en el trabajo, el aquí y el ahora.

Mitra, un dios de la abundancia en tiempos de decadencia
Contenido

Entendiendo la religio romana

La religio republicana

Religio en la Roma clásica, implicaba una obligación jurídica ligada a la pertenencia a la comunidad consistente en honrar simbólicamente aquellos valores que constituían la base de la convivencia, y por tanto el vínculo político básico. Abandonar el culto público a esos valores significaba abandonar un pilar de la cohesión social, y era considerado negligencia, una palabra, que como religio, derivaba de religare (relacionar, reunir, vincular, asociar).

Esta idea de los dioses como alegorías estilizadas de valores sociales, tan lejana del concepto de «fe» tal y como se entiende hoy por influjo de los monoteísmos, no nació en un día. La religio romana evolucionó primero desde un culto original animista basado en genius (el espíritu inmanente de personas, comunidades y eventos, opuesto al animus, estado de ánimo u opinión), Manes (antepasados), y númenes (espíritus de los lugares y más adelante de los fenómenos naturales) hacia una religión campesina con dioses especializados.

Al consolidarse una sociedad urbana, algunos dioses como Vesta evolucionaron para expresar conceptos fundamentales de la convivencia política (como el dentro/fuera) y finalmente aparecen las deificaciones alegóricas como Fides, Virtus, Liberalitas, etc.

Todos estos dioses carecen de mitología en el sentido griego, no tienen un conjunto de relatos y cuentos que articulen una biografía sagrada. Los dioses romanos siempre oscilarán entre la inmanencia del numen y la estilización alegórica de las virtudes deificadas. Y es que lo interesante es que el politeísmo republicano había llamado dioses a las alegorías de los valores sociales que sostenían los fundamentos del estado (en parte también para reducir convenientemente a alegorías las superstitios más peligrosas para la convivencia, casi todas venidas de Oriente, como los cultos de Apis y Ceres en una época y luego los cultos ísicos o el mismo judaísmo y su derivado el cristianismo), convirtiendo el ritual público (la religio) en una ceremoniosidad que servía de cohesionador social.

Sin embargo, al crecer el contacto con otras culturas y surgir la necesidad de integrar creencias y cultos en un sistema común y diverso, la religio romana tuvo la sabiduría de establecer equivalencias y paralelismos, adoptando y fusionando relatos de los diferentes dioses que absorbía en una literatura que se entendía como alegórica, y que permitía incluso la invención abierta si era útil al posicionamiento político o la convivencia (como Virgilio y su Eneida). Por eso escribe Cicerón en «Sobre las leyes»:

Es conveniente también divinizar las virtudes humanas como la Inteligencia, la Pietas, la Virtus, y la Fides. En Roma, todas estas virtudes tienen templos consagrados oficialmente, de modo que aquellos que las poseen (y ciertamente las poseen los hombres de buena fe) creen que de esta manera los dioses se instalan en sus espíritus.

Para entender cabalmente esta cita de Cicerón hay que retomar, claro, esas mismas virtudes en su contexto original. La Piedad en términos romanos, la pietas, es un sentimiento de respeto y deber hacia aquellos conjuntos que se comparten y aman: la familia, la patria, etc. La fe, de la que habla es la virtud de la fides, es decir, el «compromiso con la palabra dada», porque un «fiel» no era todavía alguien sumiso a un credo o una fe, sino alguien en quien se podía confiar porque cumplía sus compromisos. Y la virtus no era sino la superación personal y el coraje en pos del interés colectivo o el bien público.

Las divinidades, los dioses de la madurez republicana y el principio del Imperio, son en realidad arquetipos alegóricos. Y si divinizar al genius de Augusto era reconocer en su obra el arquetipo del buen gobierno, la instalación de la que habla Cicerón no es otra cosa que inspiración individual mediante ceremonias sociales de valores positivos a la convivencia y la supervivencia de la comunidad. La Pax Deorum es en realidad el camino ceremonial (sacra publica) para apuntalar la paz social.

¿Qué era la religio romana?

Un ritual social para la transmisión y celebración permanente de los valores que se consideraban fundamento de la cohesión social. Amalgamaba arquetipos alegóricos establecidos como cultos e instaurados por su utilidad pública, con creencias irracionales heredadas (superstitio) por grupos particulares a los que intentaba reducir al mismo plano simbólico disolviéndolos en un extenso calendario de fiestas, ceremonias y rituales.

Mitra, la crisis de los valores republicanos, y el fin de la religio

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Cuando el sistema republicano entra en descomposición, aparecen una serie de cultos en los que el centro del relato no son las actitudes sociales, sino las individuales. Se hacen populares las biografías y autobiografías edificantes, sectores crecientes de la población buscan en dioses orientales y cultos iniciáticos alimento para una introspección que originalmente era ajena a las tradiciones romanas.

En vez de las interpretaciones cosmológicas, pertinentes en sus orígenes persas, el ciclo de Mitra tal y como queda configurado en los primeros siglos de la era cristiana, debe leerse como parte de la vuelta a la comunidad que siguió a la constatación del fracaso del sistema imperial para restaurar los valores republicanos.

El ciclo mitraico romano es especialmente interesante precisamente porque elabora, sobre la cosmogonía de un dios anterior persa, un relato moral en el que por primera vez, un humano es el centro y es caracterizado como un ser ético y soberano. Las ideas de inteligencia, abundancia y libertad aparecen por primera vez en su forma contemporánea (la Libertas republicana no era una libertad moral, sino libertad pública) y vinculadas a través de una reflexión moral en la que la duda y la decisión se colocan en un plano superior al destino o la voluntad de los dioses.

La relación entre el culto de Mitra -especialmente extendido en las legiones y entre los mercaderes cosmopolitas- con la descomposición de la sociedad romana es evidente. El Mitra romano no es un dios-hombre, sino un hombre genérico que se gana un espacio propio frente a los dioses, produciendo abundancia para todos. Este carácter genérico y humano, se subraya en la idea de que el ciclo en sí mismo tiene un fin aparente.

El ciclo mitraico

Inteligencia, libertad y abundancia

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Mitra nace de una roca que toma vida. En algunas versiones, una serpiente rompe la roca permitiéndole salir. En su mano, un globo terráqueo toma forma con él. El nacimiento de una sola persona--y veremos que Mitra en realidad simboliza a toda persona--es el nacimiento de un mundo, sólo aquello que representa a la Naturaleza le acompaña.

Nace con una antorcha (foculum, pequeña llama), la inteligencia, y un gorro frigio. El gorro frigio era el símbolo en la época que se entregaba a los esclavos que se liberaban. Es decir, Mitra, al nacer, recibe de la naturaleza libertad e inteligencia. Saturno (la Naturaleza cultivada) le entrega además un gladio, una espada corta, un instrumento de lucha.

A partir de ahí los relatos difieren en el número de aventuras y su objetivo, seguramente respondiendo a distintas necesidades culturales locales. Pero vuelven a confluir en cinco escenas principales: El milagro de la roca, la captura del toro, la Tauroctonía, la sumisión del Sol, el banquete y, finalmente, la ascensión solar.

El «milagro de la roca», en el que Mitra hace manar agua de una roca disparando una flecha a una piedra en su centro, es una metáfora muy similar a otras posteriores sobre el uso de instrumentos de precisión y fuerza. Representa la capacidad para satisfacer lo necesario con decisión e inteligencia, con fuerza y control. La Tauroctonía comienza cuando Mitra recibe la visita de un cuervo, el mensajero de Helios (Sol), Mercurio (comercio), etc... El cuervo le encomienda una misión y se la presenta como fatum, como destino decidido por los dioses. Y Mitra duda.

No sabe si atender la orden de Helios o no. ¿Por qué? Porque no entiende su finalidad. Lo que el mensaje le ordena es que encuentre al toro originario, un ser gigantesco y anterior a él, y que lo sacrifique en una cueva elegida por el mismísimo Helios.

El toro representa lo existente, lo anterior, lo que vive en el mundo en el que Mitra ha nacido... ¿y su destino es matarlo? El episodio de las dudas y cavilaciones se prolonga, mostrando claramente la soberanía de Mitra para remarcar que es él quien elige su destino, que no son los dioses los dueños de sus actos sino él mismo... aunque la decisión la tome sin saber y entender en su totalidad el deseo de Helios.

Cuando Mitra encuentra al toro y se enfrenta a él, descubre que sus fuerzas no son suficientes para derrotarle. Intenta entonces cabalgarlo, domesticarlo. Pero tampoco puede. Opta finalmente por resistir asido de sus cuernos... y tras una agotadora cabalgada por el mundo, la estrategia funciona: el toro cae exánime.

Mitra, un dios de la abundancia en tiempos de decadencia

Pero ahí no acaba la tarea. Mitra debe llevarlo a la cueva. Cansado, con el monstruoso toro sobre sus hombros, emprende un camino que será doloroso y agotador. La imagen es potentísima: el peso del viejo mundo, el peso de las propias decisiones, la resistencia, ahora, a interrumpir la tarea...

Finalmente llega a la cueva. Está acompañado de Cautes (aurora) y Cautópates (ocaso) que le abren el paso con antorchas. Está angustiado (y es curioso como este rasgo es destacado en las interpretaciones de la tauroctonía), busca a Helios con los ojos, pero finalmente--con el gladio regalado por Saturno-- corta la yugular del toro. Espera que mane un torrente de sangre... pero fluyen sin parar granos y vegetales comestibles. Aparece un lobo (a veces un perro) que simboliza aquí a la Humanidad, disfrutando de la abundancia que Mitra crea mediante el sacrificio (en su sentido literal de acto significativo) que culmina su tarea. También llega una serpiente (conocimiento/rejuvenecimiento), y Mitra entiende entonces el significado de su misión. Y de hecho la excede: corta el sexo del toro y de la herida brotan las especies domesticables.

El constante fluir de vida y abundancia solo se interrumpe cuando un escorpión (la muerte) pica en los testículos al toro. Ni siquiera el acto creador escapa de ese destino.

Entonces el cuervo trae un nuevo mensaje: Mitra ha de llevar a campo abierto la carne de la res para preparar un banquete. Un león (el rey del mundo que ha muerto) y que había aparecido, en algunos relatos, junto al lobo y la serpiente, le ayuda a despedazar y portar el abundante alimento surgido del sacrificio.

Cuando llega, Helios le hace un homenaje, se postra y le coloca su corona solar. Mitra es un dios ahora. Y es dios por haber creado un mundo que ahora está naciendo. El mensaje es claro: si las personas cumplen su destino transformador, la vida llegará -tras la duda, la lucha, el esfuerzo, y una serie de actos significativos- a convertirse en una celebración de la abundancia en la que los propios dioses se postrarán ante el poder del cambio.

Tras disfrutar con todos los seres del banquete de la abundancia, Helios llama de nuevo a Mitra. Llega el ocaso de su propio mundo. Como ya nos había contado el escorpión, Mitra -y su creación- siquiera se gane ser un dios, no desconocerá la muerte. En un carro de fuego, ambos se elevan hacia el ocaso.

Mitra y las formas del tiempo

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El ciclo de Mitra no es un relato aislado. Lo que da sentido al mito no es un milagro, un misterio, sino la reiteración infinita del ciclo de la creación de abundancia. La columna vertebral del mito mitraico es la concepción dual del tiempo.

El sistema de enseñanza mitraico seguramente dejaba para las fases superiores de la práctica el descubrimiento del «mensaje final» de Mitra, el hombre que se convierte en Dios al generar abundancia para la Humanidad. Las figuras que representan esta parte del culto se conocen como «aiones», «eones» o «jronos». Parece que el nombre cambiaba utilitariamente según el contexto cultural y el lugar.

Estas figuras, como la de arriba que se encontró en 1902 en el mitreo de Mérida, nos devuelven al momento del nacimiento de Mitra, de una roca, un 25 de diciembre. Pero a diferencia de la representación «básica» que da comienzo al relato del ciclo, esta vez Mitra ya no es pequeño, sino un joven atlético, sereno, que luce nuevos atributos: sobre su pecho el león, el tiempo devorador; alrededor de todo su cuerpo la serpiente, el tiempo cíclico, infinito, que nos remite una vez más al ciclo solar como metáfora tanto de la reiteración impasible de los ciclos cósmicos como de la abundancia.

Habitualmente, además, junto a la piedra, una cabra, pues capricornio es el signo del arranque del ciclo solar. Los estudiosos anglosajones hacen mucho hincapié en la lectura «cósmica» del relato de Mitra. Pero la verdad es que aunque hoy la asociación astronómica nos parezca esotérica, en la época se trataba de un sistema metafórico de uso común. Es decir, muy probablemente, como apuntaron los primeros estudios europeos de los símbolos del culto y como veremos después al analizar los componentes del relato, lo cósmico -el ciclo solar- es la base del lenguaje mitraico, no su mensaje.

Lo central es la idea del tiempo dual, a la vez «devorador» (león) e infinito (serpiente), que fija los límites de la ruta vital. Mitra es generador de una abundancia en cada vuelta del ciclo, pero cada ciclo acaba y se renueva en un nuevo comienzo donde ha de empezar otra vez de cero. Realiza cada vez sus «trabajos» sin memoria del tiempo anterior y lo que es más importante, solo puede acometerlos si se enfoca en el tiempo inmediato, el de las tareas. Pero el resultado último es la abundancia, un destello de infinitud que sirve de prólogo a un final (la muerte, el escorpión que acaba con el toro primigenio) que es nuevo comienzo de un ciclo sin fin aparente (subida al carro solar).

La forma mitraica de vencer a la muerte es reconocer la trascendencia del largo camino hacia la abundancia. Esa perspectiva permite concentrarse en la tarea y el objetivo, el aquí y el ahora de un episodio más dentro de un ciclo infinito de hombres liberados empeñados en una misión que les trasciende y les diviniza: llevar la Humanidad hacia la abundancia.

Mitra como primera imaginación del progreso

Dividamos el relato de Mitra en mitemas, unidades de significado. El relato se lee en la tabla de izquierda a derecha mientras los mitemas se agruparían en las columnas.

Fusión/conocimientoLibertad individual/juicioTrabajoSeparación/precisiónAbundancia (y límite)
Mitra nace, adulto, de una roca (la Naturaleza inerte).Porta un gorro frigio (símbolo de los libertos), un foculum (antorcha) que le permitirá ver en la oscuridad de las cuevas (discernir cuando es parte de algo) y un gladio (separación, discernimiento) que le entrega Saturno (la Naturaleza cultivada, la capacidad de crear)Toma vida cuando Kronos -el tiempo- bajo la forma de una serpiente le esculpe y dota de vida. En algunas representaciones lleva un orbe en la mano y Saturno le da el gladio después.
Los humanos mueren por la sequía (a veces provocada por un dios de la oscuridad) y decide salvarlos y regar el mundo.Construye un arco y una flechaAcierta en el centro de la roca que esconde el aguaManan los ríos, se llenan los mares y todo se puebla de especies salvajes.
El cuervo le trae un mensaje de Helios -el Sol- ha de capturar y llevar a una cueva al toro primigenio (la Naturaleza salvaje que existía antes de Mitra)Mitra duda pero finalmente accedeIntenta distintas estrategias para capturarle
Finalmente lo consigue cuando lo agota a base de cabalgar sobre él. Carga entonces con el toro sobre sus hombros hasta la cueva donde le iluminan Cautes (aurora) y Cautópates (ocaso) -otros símbolos del tiempo.Le visita de nuevo el cuervo y le dice que lo mate. Duda de nuevo. No quiere. Se lo vuelve a plantear. Toma finalmente la decisión por si mismo.Finalmente lo hace, corta la yugular y el sexo del toro.La sangre que mana se convierte en las especies vegetales cultivables y la sangre en los animales domesticables. Un lobo/perro -la Humanidad, la comunidad- come lo que mana junto con una serpiente (Kronos, el tiempo infinito). Mitra se refleja en león, su propia naturaleza está cambiando por la tauroctonía, es ya más que humano. La abundancia sigue hasta que el escorpión -el símbolo de Kronos como muerte- pica al toro y este muere.
Helios se «somete» reconociendo a Mitra como dios por haber creado la abundancia y haciéndose uno con éĺ.Descuartiza al toro y lleva los despojos a campo abierto...
...donde hace panes, fermenta vino y cocina carne, preparando la mesa para los dioses ayudado por Cautes y Cautópates (otro símbolo del tiempo).Preside entonces el banquete de la abundancia.
Finalmente, Helios le invita a subir su carro (el carro solar) y Mitra asciende al cielo guiándolo con él...acabando el ciclo y dando paso, con variaciones según las versiones, al tiempo presente (de donde volverá para repetir el ciclo cuando este tiempo acabe).

Mitra, un dios de libertos (fundamentalmente comerciantes y soldados), es un dios del progreso. A través del tiempo vital (león) y a través de las vueltas del tiempo histórico (serpiente). No es un trickster como Puk o Loki en las mitologías nórdicas o Mercurio/Hermes en las mediterráneas. No tiene opción a trampear o engañar, tiene que asumir el coste sus decisiones y trabajar para llevarlas a cabo.

Por otro lado, su concepción del esfuerzo y el sacrificio es muy distinta a la prometeica. Los trabajos de Mitra están más cerca de los de Hercules, aunque con una diferencia notable: a Hercules los trabajos le vienen impuestos por la divinidad así que antes de emprenderlos ya sabe el significado de sus esfuerzos, Mitra debe descubrirlo por sí solo. Y su simétrico: sólo se descubre a sí mismo al transformar su entorno

El conocimiento y la abundancia mitraicas están más cerca de las dionisiacas: se producen por fusión, por cohesión. Pero tampoco es equivalente la exaltación de la fiesta en ambos porque la mitraica -rememorada por sus seguidores con una comida dominical con vino, pan y carne- no supone alienación en el grupo o pérdida de consciencia. En realidad, Mitra va mucho más allá del sincretismo, plantea una temática nueva -la libertad y la responsabilidad individual- en relación con la Humanidad como sujeto, la Naturaleza, el progreso del conocimiento, la abundancia y la cohesión.

Mitra es definitivamente un dios contemporáneo: busca responder a preguntas íntimas sobre el sentido y la relación de la persona con la Naturaleza, el trabajo, la comunidad y la especie.

Las celebraciones mitraicas

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Los cultos se practicaban en mitreos, muchos de ellos cuevas cercanas a ríos o cauces de agua. Sin embargo la mayoría de los que han llegado hasta nosotros eran construcciones anexas a casas o establecimientos militares. La forma, alargada y rectangular, permitía la celebración de banquetes rituales. A veces, además de un atrio o salón de pasos perdidos, se incorporaban vestuarios y piscinas para baños (como en Mérida). Parece que la bancada derecha estaba asociada a Cautes (amanecer), y la izquierda a Cautópates (anochecer), y que los grados superiores se sentaban en la bancada de la derecha --como en los rituales gremiales--, representándose en el techo del Mitreo --muchas veces una cueva-«speleum»-- el cielo estrellado sobre el que viaja el Sol.

Las comunidades no podían tener más de 40 varones de manera estable, cuando se superaba a ése número --antes en todo caso de alcanzar el medio centenar-- la comunidad se dividía en dos (lo que nos remite al número de Dunbar). Se reunían, al menos, los domingos (día del Sol).

Las ceremonias seguramente eran precedidas de abluciones o baños rituales. Los restos de lámparas con figuras de Mitra y representaciones de la Tauroctonía preparados para ser iluminados desde la parte de atrás apuntan a que arrancaban con algún «encendido» del espacio, pasándose después a una libatio o un brindis que incluiría una marca con vino en la frente (como se hace todavía en las bendiciones populares) y un banquete ritualizado que arrancaría repartiendo panecillos y distintos alimentos representativos de la abundancia generada en el sacrificio del toro.

Es posible, dada su aparición en las iniciaciones, que las reuniones culminaran con algún tipo de choque de manos o «cadena de unión». El relato del mito se transmitía a través de tres niveles (cuervo, león y padre) que luego se elevarían a siete tras una serie de iniciaciones a cada grado («sacramentum») cuyo objetivo era exaltar la serenidad (= autonomía personal y solidez moral) del iniciado.

Al parecer, por lo que nos describen los frescos en el mitreo de Capua Vetere, en el primer grado (el cuervo) se conducía al aspirante, vendado y desnudo al mitreo. Al entrar a la «cueva» (speleum) se le hacía agacharse y se le ataban las manos a la espalda, mostrándole el pater (con gorro frigio) una antorcha para que intuyera la luz a través de su venda. Es de suponer que tras unas preguntas rituales, se establecía algún tipo de analogía con el cuervo (portador de la luz); según el relato de Ambrosiaster -un propagandista cristiano antimitraico- los miembros de la comunidad agitaban los brazos haciendo viento y graznaban como cuervos, tras lo que su «liberator», quitaba la venda.

Posiblemente la cuarta prueba simbólica estuviera relacionada con el agua y varios testimonios de padres de la Iglesia sugieren incluso un bautizo ritual. El paralelismo con las iniciaciones masónicas dieciochescas es hasta aquí sorprendente (pruebas del fuego y el viento, «dar la luz», prueba del agua, ...). Sobre todo teniendo en cuenta que hasta finales del siglo XIX, con la obra seminal de Cumont, no se empezó a conocer minimamente el mitraismo.

La incorporación del caduceo entre los símbolos del grado del cuervo podría indicar su uso ritual al final de la iniciación para «resucitar» al iniciante y tomar sus votos. Hay quien ha visto en esta posibilidad un antecedente de las espadas flamígeras gremiales, pero no hay registro suficiente para asegurarlo. La ceremonia -tal vez todas las reuniones- se cerraban con un «apretón» o «cadena de manos» al iniciado, convertido ya uno de los «syndexioi», los miembros de la comunidad. «Sindexioi» significa literalmente «unidos por las manos», creando un paralelismo con el reconocimiento de Mitra por Helios tras el banquete del toro. Quién sabe si no estamos ante un antecedente directo del «darse la paz» de la misa cristiana y de la «cadena de unión» de masones y scouts.

Según Cumont, los «cuervos» cumplían una función similar a la de los aprendices en las celebraciones gremiales: atendían la mesa y servían y cuidaban el speleum, pero no tomaban parte de los banquetes rituales de los que eran espectadores y camareros. Solo los grados «participantes» (de «león» para arriba) eran pues miembros plenos de la comunidad. De aquí, apunta Cumont, podría venir la asociación con el cuervo, servidor del Sol.

De los dos grados siguientes, «nimphus» y «miles», sabemos poco, seguramente por haber sido segregados de la formación de los cuervos e incorporados tardíamente a la liturgia. Cumont relata, basándose en propagandistas cristianos de la época, que los «nimphus» llevarían un velo y se mantendrían en un lugar propio en el templo invisibles a los demás miembros. Mostrarlos («ostendere») constituiría un acto solemne en si mismo, seguramente parte de la iniciación al siguiente grado. Apunta también que la ceremonia de los «miles». Laureles que el iniciado debía rechazar -como a partir de entonces toda condecoración u honor público- diciendo «pertenecen a mi dios».

El paso al cuarto grado, «león», significaba un salto mayor en la medida en que permitía tomar parte del banquete ritual. El «exaltado» tenía que vencer simbólicamente a la muerte (del mismo modo que el Toro debía morir antes de reaparecer como león -o lobo- en el banquete con los dioses). Así, su ceremonia incluía una muerte y un renacer simbólicos, seguramente una historia interpretada frente o el propio iniciado, un ceremonial iniciático típico de los cultos solares, que aparece también siglos más tarde en las ceremonias «escocesas» del paso a la maestría.

Del grado de «león» se separaron posteriormente también otros dos grados: «perses» y «heliodromus», de los que sabemos poco porque seguramente tampoco aportaran elementos centrales del relato, sino ciertos spin-offs o historias marginalia, al modo de la multiplicación dieciochesca de grados en las primeras logias simbólicas. Sabemos, eso sí, que a estos dos grados «superiores», se les entregaba ya el gorro frigio y debían llevarlo en el templo.

El último grado, «pater», parece que originalmente era un título reservado -al modo griego- al director de los servicios y dinamizador de la comunidad del culto, pero que luego evolucionó hacia un grado que unía a todos aquellos que habían realizado esa tarea o estaban, por haber llegado a la «apatía» estoica, la serenidad íntima, en disposición de asumirlo.

Como todo sistema de grados en una comunidad ceremonial, uno de los atractivos principales de las comunidades mitraicas residía en el cultivo de la fraternidad y la disolución de las jerarquías sociales externas. La epigrafía nos muestra como esclavos libertos llegaban con cierta frecuencia no solo al grado de león o pater, sino ocupar un lugar preponderante en la estructura social de la comunidad. Estas eran, al menos desde tiempos de Nerón, asociaciones civiles legales, con su propia jerarquía paralela de cargos destinados no solo a cuidar y mantener economicamente el templo, los rituales y ceremonias públicas (entierros, bodas, etc.) sino en muchos casos cofradías de socorros mutuos que sufragaban algún tipo de seguro mutualizado básico (de vida, deceso, etc.).

Originalidad y trascendencia del mitraismo

El progreso del individuo y la especie

La mayoría de los historiadores de la religión comienzan por destacar la particularidad que el mitraismo representa en relación tanto a la religio como a los cultos mistéricos tanto clásicos como orientales, de los que se diferencia fácilmente, pues simplemente no tiene elementos sobrenaturales. Y es que a pesar de que se ha destacado mucho su relación con el cristianismo, pues el cristianismo tomó de los mitreos no poca cantidad de símbolos e incluso relatos y celebraciones, el Mitra romano nunca se pretendió un dios material, histórico, que interactúa con los humanos como el dios persa del mismo nombre o su equivalente judío. De hecho, no es--como todos los dioses de la religio--más que una alegoría. Lo particular es que no es la alegoría de un valor, una actividad o un comportamiento social, sino del camino vital y las potencialidades presentes en cada persona, que se proyecta en una primera aproximación al concepto de progreso humano.

En realidad el mitraísmo es pura y simplemente el primer programa de desarrollo personal del que tenemos registro histórico. De ahí su trascendencia y la reaparición constante de elementos que le son originales en las principales formas de ceremoniosidad posteriores, y en especial en las de los gremios medievales y como hemos visto, las de los masones de la Ilustración.

La pregunta es por qué surge el mitraísmo. Y la respuesta tiene que ver con el objetivo de su propuesta vital: el desarrollo de la «serenitas» de cada uno, de su soberanía personal, y la convicción de que esa autonomía y solidez moral individual es la base sobre la que la propia comunidad se hace resiliente.

Y es que no hay que olvidar que el mitraísmo se implanta -de hecho, seguramente se crea- en las provincias más romanizadas alrededor del año 150. Cuando el régimen imperial está demostrando ya no ser una solución a la descomposición de la sociedad republicana y sus valores como pretendía, sino un agente de su desarrollo. Es decir, en un momento en el que ya no basta con enaltecer los valores colectivos y en los que muchos empiezan a buscarles una base material más allá del sistema político, en la propia comunidad, y en el ethos que se construye para ella.

¿Qué buscaban aquellos primeros mitraístas con sus símbolos, sus ceremonias, sus banquetes y sus mitos de abundancia y progreso? Pura y simplemente dar estructura y esperanza a sus comunidades, darles un modelo simbólico desde el que construir el relato del trabajo en una vida moral y con sentido en medio de un entorno en descomposición que hacía todo terrible y banal al mismo tiempo.

Mitra y el cristianismo

Se suelen destacar las aparentes similitudes entre el mitraísmo y el cristianismo. Pero la similitud en las formas y los calcos nominales o rituales encubren en realidad una radical oposición. La muerte, en puridad, no existe para el cristiano, que ha de celebrarla porque solo tras ella se encontrará con Dios y podrá cuidar realmente de los suyos. Para el cristianismo la muerte es el paso a la vida verdadera y la vida, como dijo Santa Teresa, «una mala noche en una mala posada».

En el mito de Mitra la muerte está presente desde el momento mismo en que aparece la abundancia bajo la forma de escorpión que mata definitivamente al toro haciendo parar la riada de especies que surgen de su herida. Mitra tiene una vida concreta para crear abundancia para los suyos. Duda, sufre, hace el sacrificio del toro, mata con él una época, alcanza y crea abundancia para los demás... y por ello llega a ser reconocido como un dios. Hasta Helios, el Sol, el mayor creador de abundancia, se postra por ello a sus pies. Pero tras el banquete ha de morir, por muy divino que sea. La muerte está ahí. Infinitamente terrible. Tras ella no hay nada. Ceniza, gloria en el último destello del carro del Sol. Y vuelta a empezar. Es tu turno.

De Mitra solo quedará el genius, el ideal de la abundancia creada y sus consecuencias. Mitra somos nosotros. La muerte, en el mitraísmo, no genera significado. El significado está en el hacer de cada uno, en su vida. Y en nada más. La muerte es la nada, a nada da paso salvo a otro ciclo en el que otro tomará retos y responsabilidades similares, pudiendo triunfar o no.

Si Mitra hubiera optado por no hacer el sacrificio, la suya habría sido una vida distinta, sin significado para otros, no hubiera sido divina, tal vez ni siquiera fuera recordada. El sentido de la vida en el mitraísmo es generar abundancia (infinitud) en un tiempo finito.

Avanzar poniendo en cada paso la fuerza del viaje entero. Esto se intuye ya en el «milagro de la roca», uno de los cuentos del Mitra anterior a la Tauroctonía. Mitra, sediento, se arrastra por los campos. Hace un arco y una flecha. Dispara a una roca. La flecha penetra su centro. Y mana agua. El arco aúna la inteligencia de la invención, la precisión de la puntería, y la fuerza del tensado. Las tres virtudes de los primeros grados mitraicos. Su resultado es salir de la escasez, del imperio de la necesidad simbolizado por la sed. Pero no la abundancia.

La abundancia es otra cosa. Requiere el sacrificio, el «hacer sagrada» al toro, es decir, a la Naturaleza. Algo que se torna complejo cuando ese toro representa a la vez aquello contra lo que Mitra se rebela, el viejo mundo en el que el propio Mitra ha nacido. Solo a partir del sacrificio del viejo mundo, sacrificio que es también el final de todo lo que conoce, Mitra puede descubrir la Naturaleza que contenía y crear abundancia verdadera, abundancia para los demás -que representados el lobo- se alimentarán de la abundancia que brote de la herida del poder en su ocaso.

Naturaleza que, por cierto, reaparece, magnífica, como león que ayuda a Mitra a transportar los despojos. No puede haber nada más distinto del sacrificio del Cristo. Cristo que se deja sacrificar por el viejo mundo y renuncia por tanto también a recuperar lo mejor de él. Que descubre que siempre fue Dios, no a consecuencia de un hacer, sino de una naturaleza inexorable. Cuyo dolor es evidente, directo, sangrante, cuya única duda nace de sentirse abandonado por el Padre.

Mitra, nacido de una roca, de lo más sólido de la tierra, dudará en clavar el gladio entregado por Saturno, padre de los dioses. Dudará ante la idea de sacrificar al toro -el mundo reinante-, le dolerá hacerlo y buscará con los ojos al cuervo que le trajo la idea del Sol. Pero vencerá sus dudas pasando a ser protagonista, haciendo él el acto significativo, convirtiendo simbólicamente al toro en león. Nada más lejos del Cristo víctima, recipientario pasivo y sufrido de una violencia que perdona pero no elude para los suyos, una comunidad a la que desde entonces, según el relato cristiano, acompañará en una larga época de martirilogio y persecución.

El largo ciclo de Mitra

Es indudable la huella cultural del mitraísmo más allá de lo anecdótico (la celebración del 25 de diciembre, las mitras de los obispos, los números de los grados gremiales, la ordenación del espacio y las bancadas en los templos masónicos o el gusto de los liberales decimonónicos por los gorros frigios).

El mitraísmo se ligó durante casi dos siglos a un entorno social de ideas estoicas -si hacemos caso a las ideas de algunos historiadores puede que fuera incluso su «frente de masas»- y fue en buena parte el primer popularizador de una ética de la responsabilidad personal, la serenidad y el cosmopolitismo reacia a lo sobrenatural, contraria a la esclavitud, y enaltecedora del individuo moral en la comunidad.

Más allá de su mensaje, su propia forma, más cercana a un «programa de desarrollo personal» que a un culto mistérico al estilo de los ísicos o los eleusicos, sin duda tuvo una continuidad, si no organizativa, sí cultural. Es desde esa perspectiva que el ciclo de Mitra merece mucha más atención. Si el cristianismo ha dado a Europa relatos, tabúes, y valores que siguen siendo hegemónicos, el mitraísmo fue el mito cohesionador de la primera forma social de un comunitarismo cosmopolita basado en una ética de la autonomía y la responsabilidad personal. Algo no menor para la definición de eso que llaman «cultura occidental».

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