Historia de una estrella
En todo el arte descubierto de Tartesos no hay una sola «estrella tartésica», aunque tampoco es precisa la expresión «estrella islámica» ni siquiera la de «estrella mudejar». La estrella de ocho puntas formada por dos cuadrados separados 45 grados entre sí que abunda en el arte popular peninsular, empezó a usarse con profusión en la península ibérica casi trecientos años antes de la aparición del Islam.
Antecedentes: la estrella ocho puntas
El Sol del Comunal igualitario

En el contexto de de economías comunales y sociedades igualitarias las representaciones solares del Neolítico y el Calcolítico simbolizan la comunidad y la abundancia.
El Sol con ocho rayos aparece sin embargo antes en la Mesopotamia ibérica, como sabemos en los estratos del Neolítico Antiguo y Medio. Por ejemplo:
- Fragmentos de vasijas encontradas en la Cueva de las Ventanas y la Cueva de la Carigüela, en Piñar, Granada, en los comienza ya el proceso de estilización que lleva del sol de ocho rayos a la estrella de ocho puntas.
- En la Cueva de los Murciélagos en Zuheros, Córdoba, y en la Cueva de Nerja, Málaga, se documentaron motivos esteliformes -un punto o círculo central del que irradian alrededor de ocho pequeños segmentos- en cerámica neolítica, fechada por radiocarbono entre aprox. 4500–3500 aEC.
- En la Sima del Conejo en Alhama de Granada, se identificó un motivo solar dentro de una composición incisa muy elaborada.
También aparecen soles en el arte megalítico, como en el dolmen de Alberite I en Villamartín, Cádiz (4000–3500 aEC). Y se han descrito pinturas esquemáticas de soles en abrigos andaluces de la Edad del Cobre, en Los Millares y otros contextos calcolíticos.
Y antes de la llegada de los fenicios, durante el Bronce Final (1300–800 aEC), en la mitad sur peninsular proliferan las estelas de guerrero. Varias de ellas incluyen soles que continúan la representación neolítica del Sol / estrella de ocho puntas. Si bien estos monolitos muestran figuras esquemáticas (guerreros, armas, carros, etc.), con frecuencia incluyen rosetas, círculos radiados o cruces en aspa que sugieren un astro de múltiples puntas (ocho en muchos casos) sobre la figura principal, consolidando la hipótesis de un culto solar autóctono antes de la colonización fenicia
Además de las estelas, algunas cerámicas de finales de la Edad del Bronce en toda la península muestran decoraciones octogonales. En una vasija encontrada en el Castro de Las Cogotas en Cardeñosa, Ávila (siglo X aEC.) que está en el Museo Arqueológico Nacional, se ve claramente una estrella de ocho puntas; y en la Cueva de Majaladares en Borja, Zaragoza se encontró un vaso ritual decorado con una estrella de ocho puntas con trazos curvos interiores.
Venus Astarté y el estado que mantiene unida una sociedad fracturada

Con la llegada y colonización fenicia, ese mestizaje cultural orientalizante que llamamos Tarteso, dará el salto del sol con ocho rayos y las primeras estrellas esquemáticas a la estrella de Innana, convertida ya entonces en Astarté... cuyo origen y significado es muy distinto.
En la Mesopotamia original -entre el Tigris y el Eúfrates-, la estrella de ocho puntas representa originalmente al planeta Venus, que aparece y desaparece, transitando los mundos opuestos del día y de la noche y anunciando ambos. ¿Por que ocho puntas? Porque cada ocho años Venus, la Tierra y el Sol coinciden en las posiciones relativas de sus órbitas. Es el símbolo de la diosa Inanna. Su culto, nacido en Uruk alrededor del 4000 a.E.C., se extendió por toda Mesopotamia y continuó bajo el nombre acadio de Ishtar primero y luego -un tanto diluida- como Astarté hasta el siglo III de nuestra era.
Inanna es conectora de mundos y opuestos: representa la sexualidad y la fertilidad pero también la guerra y la desolación, la pérdida/sacrificio del poder y la soberanía. En el mito central de su ciclo, lucha por renovar un mundo que se ha convertido en estéril. Arriesga todo para descender al mundo subterráneo de los muertos donde reina su hermana Ereshkigal. Allí pierde su poder, muere y resucita para volver a nuestro mundo y traer la fertilidad con ella. Es un mito de resurrección y abundancia sí, pero muy diferente del solar.

En otro mito Inanna roba los «Me», las tablillas con las instrucciones de uso del mundo, a Enki, el dios del conocimiento. Una historia en la que Neal Stephenson se inspiró para escribir Snowcrash y que anunciaba ya una temprana comprensión de la necesidad y el peligro que para el poder representa el conocimiento. No olvidemos que la sociedad sumeria está rasgada por la brutal división de clases que sigue a la era comunal en Mesopotamia. Inanna es la fuerza que mantiene unida esa sociedad rota... sin restaurar la comunidad.
La versión fenicia de la Inanna sumeria será la que llegue a la Mesopotamia ibérica al rededor del siglo X aEC. Y con ella la profliferación de estrellas de ocho puntas. Pero las estrellas de ocho puntas no son la llamada estrella tartésica, de hecho no se ha encontrado hasta ahora una sola estrella tartésica en el arte de Tartesos.
Ha nacido una estrella

La primera representación documentada que tenemos de la estrella de ocho puntas formada por dos cuadrados con el mismo centro separados entre sí 45 grados (۞) no es ni tartesia, ni islámica, ni mudejar, sino romana. Es un mosaico en el yacimiento arqueológico de Cástulo, en Jaen descubierto en 2013 por el equipo arqueológico del proyecto Forum MMX de la Universidad de Jaén. El mosaico está en una sala de lo que posiblemente fue un edificio público de finales del siglo I eC dedicado al culto imperial. Marcelo Castro, director del yacimiento y las excavaciones, sugiere que pudo tratarse de un edificio dedicado al culto del emperador Domiciano (81-96 eC).
El edificio, seguramente inacabado, fue derruido al caer en desgracia Domiciano. Pero a partir de entonces se multiplican los mosaicos con estrellas de este tipo en el Sur de la península. Tenemos uno del siglo II en la Casa de los Pájaros de Itálica -destruido en 1983- y, datados en el siglo III, un impresionante mosaico en Vilches, y el mosaico que se encontró en Córdoba bajo la Plaza de la Corredera, que ahora se expone en el Alcazar de los Reyes Cristianos. Otros similares en el siglo III pueden encontrarse en distintos lugares de la Tarraconense.
Ni monedas ni coranes
Cuando paseamos por la red -e incluso por buena parte de la bibliografía- es fácil encontrar afirmaciones similares a las de la Wikipedia en inglés sobre la estrella, a la que llama Rub el Hizb como si sólo tuviera uso coránico:
El símbolo se utilizó como símbolo cultural en la época de Al-Ándalus en la Península Ibérica , apareciendo en las monedas. Además, su uso en muchas zonas llevó a que su nombre se cambiara a «la estrella de Abd al-Rahman I».

Volvemos a la misma mistificación de mucha de la literatura nacionalista andaluza y de exaltación cultural islámica: lo que había en las monedas a las que se refiere era una estrella de ocho puntas normal, no una estrella como la de los mosaicos romanos y mucho menos un Rub el Hizb... que no existiría con esa forma hasta casi doscientos años más tarde.
Rub el Hizb significa literalmente un cuarto de pasaje. El nombre explica la función: el Corán se divide en sesenta Hizbs (pasajes) de longitud casi idéntica. Con el tiempo, los copistas, para facilitar el estudio para su recitación en las escuelas coránicas, incluyeron rosetones y decoraciones al final de cada cuarta parte de cada Hizb.

A finales del siglo X empiezan a aparecer en los márgenes algunas de estas figuras con forma de flor octogonal en algunos coranes orientales. Algunos autores lo atribuyen a la influencia de las iluminaciones coptas de Egipto. Un poco más tarde aparece ya la estrella como la conocemos. Un ejemplo conocido es un manuscrito que se conserva en la Biblioteca Nacional de Qatar fechado entre 950 y 1050. Hay que remarcar que en ese momento el octaedro no es un símbolo religioso, sino un adorno, un elemento puramente decorativo que busca mejorar la usabilidad de la copia destinada al estudio del texto sagrado.
Es muy improbable que los lectores a los que estaba destinado le atribuyeran ningún significado particular o lo percibieran como una afirmación identitaria o religiosa. Eso vino mucho después. Las primeras copias orientales del libro que contenían la estrella, seguramente no llegaron nunca a Alándalus o si lo hicieron sólo fueron vistas por unos cuantos eruditos. No viene de ahí la pasión por la estrella de ocho puntas que se expresa desde la proclamación del Califato de Córdoba.
El proceso histórico que llevó a que la estrella de los dos cuadrados se convirtiera en un símbolo común en toda la civilización islámica y su entorno, incluidos los reinos cristianos de León, Castilla, Aragón y Sicilia, no comenzó ni con unas estrellas esquemáticas de ocho aspas en las monedas ni con unos adornos en las iluminaciones del Corán. Por el contrario, la proliferación de estrellas de dos cuadrados en las copias de libros -no sólo el Corán- es parte de la expansión del símbolo desde un ámbito en el que ya significaba mucho para mucha gente.
Para entenderlo tenemos que entender lo que significó al borde del milenio la proclamación del Califato en Córdoba acercándonos a la arquitectura califal cordobesa.
La estrella y el califato

Como apunta Basilio Pavón, la recuperación y extensión de la estrella de ocho puntas de ángulos rectos comienza con la reforma de la mezquita de Córdoba por Abdel Rajmán III:
La estrella de ocho puntas en sus dos modalidades, estrellas con puntas en ángulo recto y la de ángulo de cuarenta y cinco grados son básicas en la decoración geométrica hispanomusulmana de al-Andalus y el Norte de África. En Oriente casi se las olvida. La primera aparece como estructura de la cúpula central de delante del mihrab de la maqsura de la mezquita aljama de Córdoba del siglo X, la otra a uno y otro lado de la misma por lo tanto cúpulas deccompañía, ambas formadas por ocho arcos entrelazados dejando en el centro polígono a título de clave con o sin cupulín gallonado. Ambas, sobre todo la segunda, arrancan de decoraciones geométricas de mosaicos romanos y bizantinos.
No es una mera casualidad que nuestra estrella vuelva cuando se prepara a la ciudad para ser capital califal, tampoco su geometría es un mero recuerdo difuso. La referencia romano-bizantina es explícita y resultado de su adopción como modelo de base en un contexto de exaltación de la continuidad y la tradición de una dinastía que se pretendía omeya y al mismo tiempo había sido la primera en usar el título Rex Hispaniorum.
El mensaje que estaba transmitiendo la nueva mezquita reformada y la inmensa ciudad palatina dedicada a Zahara era el de la institución de una legitimidad universal para el estado al que estaba acabando de dar forma el primer califa: legitimidad dinástica por un lado pero sobre todo legitimidad histórica en tanto que continuidad y renacimiento del Imperio Romano de Occidente. Por eso se destaca la cercanía del emperador bizantino y la llegada de artesanos desde su imperio al tiempo que se da comienzo a una campaña de propaganda que crea el mito de la invasión musulmana en el molde bíblico (Musa-Moisés y Tareq) y el del origen de la dinastía en el romano (Abdel Rajmán como un nuevo Eneas).

Ese es el contexto en que la estrella que había nacido en los mosaicos de edificios públicos romanos y tardoromanos y que en muchos lugares de la península y especialmente de la Mesopotamia Ibérica era todavía visible, volvía ahora para ocupar el cielo de la mayor mezquita de Occidente, a la vista de todo el mundo.
A partir de ahí, la estrella, a la que ahora podemos llamar honestamente califal, se reproduce y conoce variaciones por todo el Alándalus, empezando, casi obsesivamente, por Medina Zahara y su mezquita, como vemos en las decoraciones de la imagen de la derecha. Al mismo tiempo, el modelo original de la maqsura de la mezquita de la aljama se traslada por toda la península, como en la mezquita de Bāb al-Mardūm (hoy Mezquita del Cristo de la Luz) en Toledo, del 999 eC.
El estallido del Califato y la hispanización definitiva del símbolo

Durante el reinado de al-Hakam II, hijo de Abdel Rajmán, la estrella se hará sinómimo del Califato, la forma accesible y manejable de representar una nueva era feliz heredera de la memoria del imperio. Y así continuará siendo aún después o mejor dicho, especialmente después de la guerra civil de 1031 (la fitna) que pondría fin a la centralidad cordobesa.
Las taifas, antes y después de las invasiones bereberes, se verán a sí mismas como el proyecto de una nueva Córdoba en competencia con las demás. La estrella califal sintetizará esta ambición restauradora heredando la idea de continuidad con el pasado clásico de la original.
Lo que es aún más interesante: los reinos cristianos participarán de la misma aspiración. La estrella califal se enseñoreará así en las iglesias y monasterios románicos leoneses como la iglesia de San Tirso o el monasterio de San Pedro de Dueñas en Sahagún.
La estrella llegará a su momento de máxima difusión a partir del reinado de Alfonso X en Sevilla y de la consolidación nazarí en Granada. Doscientos años de intensa transferencia competitiva de conocimiento y tecnología puesta en marcha por un programa consciente de absorción técnico-cultural dirigido por un rey leonés nacido en Toledo y muerto en Sevilla que eligió el romance castellano como lengua de base para estructurar el Imperio al que aspiró y por el que conspiró toda su vida.

Después de Alfonso ni siquiera el castellano será tal, sino español. Y la estrella califal, ahora ya, por fin, estrella mudejar símbolo decorativo de uso general de una abundancia por alcanzar compartida como horizonte por conquistados y conquistadores. Basta pasear por el Real Alcazar de Sevilla para darse cuenta de cómo el edificio cristiano palaciego, obra maestra del arte islámico, sintetiza esta fusión en la que tomará forma la cultura peninsular de la Era Moderna y comenzará el Renacimiento Europeo en general.

Cuando después de la conquista de Granada y hasta bien entrado el XVIII se proceda a la eliminación de símbolos musulmanes de edificios y espacios públicos y domésticos, la estrella mudejar no generará suspicacia alguna. Si es poco a poco orillada y mantenida, hasta el Romanticismo andaluz, en los márgenes -por lo demás, frondosos- de la cultura popular, es precisamente por el desgaste de los orígenes alfonsinos en el proyecto político-cultural de la monarquía peninsular. Desgaste acelerado por la llegada de los Habsburgo y rematado por la de los borbones.
El rescate romántico regionalista

En el XIX en plena invención de la tradición en toda Europa, la mirada romántica sobre Andalucía sirvió de base para la creación de una identidad estética que rescató el arte popular de los patios y las casas para ponerlo de nuevo en las calles y los edificios públicos.
La estrella mudéjar vuelve y se vuelve a convertir en prácticamente omnipresente. Los nuevos artesanos decimonónicos estudiaron los patrones de lacería y los reprodujeron con nuevas técnicas cerámicas, recuperando procedimientos medievales. En la época nazarí se habían empleado azulejos de cuerda seca (trazando contornos con mezcla grasa para separar esmaltes de colores) y vidriados multicolor para formar estrellas y polígonos infinitos. Hacia finales del XIX, renace el interés por estas técnicas: los talleres sevillanos vuelven a fabricar piezas usando cuerda seca y azulejo vidriado polícromo, imitando los antiguos alicatados. Un ejemplo revelador se dio en la propia Alhambra, donde durante las restauraciones del siglo XIX se encargaron nuevos azulejos realizados en Sevilla con técnica de cuerda seca para reponer decoraciones perdidas. Para la ocasión se reprodujeron fielmente los métodos andalusíes de glaseado, señal de un rigor histórico muy novedoso y poco común en la época.
Asimismo, los ceramistas románticos adaptaron estos diseños a lógica industrial británica. La Fábrica de la Cartuja de Sevilla fundada por Pickman en 1841, además de vajillas produjo entre 1870 y 1930 azulejos de estilo neoárabico -el término arte mudejar es de Amador de los Ríos y no comenzó a usarse hasta 1872- entre los que no faltaron estrellas mudéjares de todos los colores y en todas las composiciones posibles. El estilo andaluz estaba pasando de lo popular, terriblemente diverso, a una colección de estándares industriales mucho más limitada. El resultado final fue contradictorio:
- Por un lado el viejo simbolismo romano, califal y mudejar pasó a resignificarse como identidad regional andaluza, quedando sólo en esa medida como parte de lo español.
- Por otro el underground estético popular salió a la superficie y se integró en el imaginario oficial del país, lo que no dejaba de ser un avance democrático para la mitad Sur -semicolonial- española.
- El rescate de la estética popular sin embargo estaba limitado por las posibilidades y modos industriales, lo que redujo el número de patrones que pasaron de época. Algo parecido pasaría después con los recetarios de cocina local, que paradójicamente acabaría con algunos de los ingredientes, técnicas y sabores medievales que se habían conservado hasta entonces (zumaque, alhova, etc.).
- Aunque fue esto lo que hizo al regionalismo estético andaluz capaz de autoalimentarse porque sirvió para crear una industria pujante entre los Pickman y los talleres trianeros con capacidad exportadora.
A comienzos del siglo XX, la estética regionalista ya impregnaba la mayoría de las capitales andaluzas.
Algunos ayuntamientos incluso fomentaron la adopción de este estilo neovernáculo para todos los edificios nuevos de la ciudad (...) En Sevilla el «regionalismo» se convirtió en el estilo de construcción preferido. (...)
Barrios antiguos como el miserable barrio de Santa Cruz de Sevilla fuerlon restaurados haciéndolos mucho más tradicionales, utilizando adoquines, azulejos decorativos y farolas de hierro fundido. A menudo se añadían edificios de estilo típico; en Sevilla esto hizo que el barrio fuera más arquitípicamente andaluz que nunca.
Nacionalismo, una historia mundial. Eric Strom.
La culminación llegaría con la Exposición Iberoamericana de 1929 de Sevilla, donde arquitectos como Aníbal González pusiero firma al estilo regionalista, heredero directo del romanticismo. Edificios como el Pabellón Mudéjar (Parque de María Luisa, 1914) muestran fachadas enteras de azulejos de Triana incluyendo la estrella mudejar en frisos y techos artesonados.
La estrella mudejar había salido del underground para convertirse en el símbolo de una tradición inventada de exotismo regionalista que dejaba fuera tantas provincias donde era decoración popular tradicional como las que llenó de estrellas en los espacios públicos.
Regionalización, institucionalización y proliferación de la estrella mudejar

Mientras las clases pudientes sevillanas abrazaban el regionalismo de raíz romántica, en Teruel la pujante burguesía agraria de la década de los 90 y la primera década del siglo XX, llenaba la capital de edificios modernistas. Lo mudejar era el pasado.
La tardía declaración en 1931, por el primer gobierno de la II República, de la catedral y la Iglesia de San Pedro como monumentos nacionales acredita el poco interés de las clases dirigentes aragonesas por lograrlo, dado que la petición original, por un diputado local, se hizo en 1905. En realidad, las élites locales sólo empezaron a valorar, calladamente, el patrimonio mudejar en 1953, cuando se presenta al público la restauración de la techumbre de la catedral, hasta entonces tapada por una cúpula barroca que se decidió no reconstruir tras los daños causados durante la guerra.

El cambio real sobrevino con la implantación de las autonomías y la transferencia a éstas de las políticas culturales en los años 80. La necesidad de definir identidades regionales en las fronteras de las nuevas administraciones autonómicas y el deseo de atraer el turismo cultural hacia las comarcas rurales se unieron en una reinterpretación del patrimonio histórico y los símbolos asociados a éstos que precipitó una verdadera carrera de méritos ante la UNESCO. Entre 1984 y 2000, 34 conjuntos monumentales españoles pasaron a ser declarados Patrimonio Cultural de la Humanidad.
El efecto sobre nuestra estrella fue su utilización en decenas de logos de iniciativas públicas regionales. Desde rutas patrimoniales a una marca de calidad alimentaria pasando por una autovía y un tren turístico. Eso sí, ahora la misma estrella es mudejar si refiere a algo que se organiza en Aragón y Tartésica si es en Andalucía. Extremadura, Castilla la Mancha, Murcia y Valencia parecen haber quedado al margen del proceso de institucionalización del símbolo.
Sin embargo, paralelamente, en todas esas regiones la estrella ha sido retomada y reinterpretada por nuevas generaciones de orfebres y ceramistas, se encuentra en todo tipo de objetos culturales y basta andar por las calles del Sur peninsular para darse cuenta de que ha renacido el uso del símbolo con los significados y usos más dispares.
La estrella maximalista

Cuando en 2023 nos planteamos crear un logo maximalista queríamos condensar en un diseño abstracto muchas cosas al mismo tiempo: un modo de trabajar y vivir basado en el aporte a la comunidad, la conexión con los grandes movimientos del conocimiento libre de nuestra época -el software libre, para empezar-, la vuelta al territorio, una cierta manera de entender el trabajo, la repoblación, la cultura...
La estrella maximalista une ocho nodos/personas entre sí; cada una con otros dos o tres, de modo que, mientras las puntas de la estrella (lo colectivo) apuntan hacia fuera (simbolizando el aporte del conjunto a la comunidad mayor), en su interior se forman cuatro flechas que marcan la dirección de aporte «fuerte» de cada uno (hacia los más cercanos).
La estrella maximalista es un avatar más de la larga historia de la estrella. Quisiera participar de la lógica solar de la abundancia y la comunidad de los soles calcolíticos, de la capacidad para crear orden de los mosaicos romanos, de la convicción califal de que la única forma de recuperar cualquier pasado imaginado es superar de forma material su grandeza, de la determinación alfonsina por absorber el conocimiento y aspirar a la universalidad, del gusto romántico por las tradiciones inventadas cuando sirven para hacer el espacio compartido más bello y de la libertad que se afirma en cada nueva reinvención contemporánea. Pero sobre todo, nuestra estrella quiere ser impermeable a toda nostalgia y catalizadora de nuevas esperanzas. Quiere unir, construir y avanzar.