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El topo y la IA

Mientras la UE lanza su convocatoria para crear cinco gigacentros de datos para IA, la resistencia social a la puesta en marcha de nuevas instalaciones cruza EEUU geográfica e ideológicamente, aunando al 70% de la población. Bajo el impulso de la industria IA, los gobiernos y los grandes fondos, que no quieren perder la oportunidad de colocar cantidades ingentes de capital para crear un nuevo monopolio global cada vez más ligado al militarismo. Bajo el no a los centros de datos, la resistencia a devaluar aún más el trabajo humano.

El topo y la IA
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La IA moviliza capitales a favor y gente en contra

La UE ha lanzado esta semana una convocatoria para la creación de centros de datos para IA que espera movilizar 30.000 millones de euros en inversiones. Sin embargo, lo que la experiencia estadounidense nos dice es que no sólo se movilizan capitales gigantescos para construir estas instalaciones, también se movilizan las poblaciones afectadas. En contra.

Hoy la resistencia a la construcción de nuevos centros de datos cruza todas las fronteras de la vida norteamericana. Hace coincidir a Steve Bannon con Bernie Sanders, a los estados del cinturón industrial con los del cinturón bíblico y a los pueblos del interior con las grandes conurbaciones de los grandes lagos.

Una encuesta reciente de Gallup mostró que el 70% de los estadounidenses se opondría en cierta medida o firmemente a la construcción de centros de datos en su área. En los últimos meses, hemos visto un ataque a un miembro del consejo a favor de los centros de datos (Ron Gibson de Indianápolis); un ataque a un director ejecutivo de tecnología (Sam Altman de OpenAI); moratorias para centros de datos introducidas en al menos una docena de estados (incluido Georgia) y aprobadas en uno (Nueva York); e innumerables ciudades y condados que aprueban sus propias prohibiciones o moratorias, incluso en lugares profundamente republicanos como el condado de Hill, Texas. Muchas personas han sido arrestadas, detenidas o escoltadas fuera mientras protestaban contra los centros de datos en reuniones públicas en Nueva Jersey, California, Wisconsin e Indiana.

¿Qué hay bajo la resistencia a los centros de datos?

Esta semana Ezra Klein entrevistaba a Jasmine Sun, una periodista que suele cubrir Silicon Valley y que volvía de un tour por el Medio Oeste de conocer de primera mano los movimientos de resistencia a la construcción de nuevos centros de datos.

La primera conclusión es que no se trata de una resistencia fundamentalmente medioambiental. El consumo de agua -un argumento habitual en los momentos inciales del movimiento- ha resultado mucho menor del que se temía porque las compañías, que originalmente usaban grandes volúmenes como refrigertante, ahora la canalizan en circuitos que la usan una y otra vez. Resultado, estos centros son mucho más eficientes en uso de agua que la media de la industria estadounidense. El consumo eléctrico -brutal- que al principio había subido los precios para los vecinos en comarcas enteras, tiene cada vez menos impacto en los precios de consumo porque las compañías están recurriendo a construir sus propias centrales de gas y fotovoltaica anexas, lo que es todo un avance en un país que sigue usando carbón como si no hubiera cambio climático.

¿Y entonces? Jasmine Sun lo resume así:

Estuve hablando, por ejemplo, con Charles Franklin, quien dirige las encuestas de la Facultad de Derecho de Marquette en Wisconsin, y me explicó que normalmente se ven resultados de 50-50 en encuestas sobre temas donde hay argumentos sólidos en contra y argumentos sólidos a favor. Y la única razón por la que se ve esta oposición bipartidista de 70-30 a los centros de datos, independientemente de si se vive cerca de uno o no —lo que significa que no se trata solo de NIMBYismo [«No en mi patio trasero» por sus siglas en inglés], sino de que nadie quiere un centro de datos en el patio trasero de nadie— es porque no hay argumentos sólidos a favor. Ni siquiera hay una verdadera lucha en marcha. «Nadie lo quiere» era una frase que oía una y otra vez.

Y cuando profundiza un poco más:

La frase que se escucha mucho entre los críticos de la IA es: ¿Por qué nos imponen esto? O con ChatGPT, no es que la gente diga que no tiene ninguna utilidad, sino que dicen: ¿Por qué me obligan, en mi trabajo, a usar IA para hacer algo peor cuando podría hacerlo mejor?

Es decir, al final, en el centro de la resistencia es la negativa a cambiar trabajo vivo (humano) por trabajo muerto maquinal y, para remate, obtener no el mismo resultado o producto, sino algo peor. Todos hemos sentido con la IA esa pérdida simultánea de control y resultados alguna vez. Y cuando todos lo expresamos al mismo tiempo el resultado social es lo que la propia autora llama el populismo IA.

Y es verdad, la IA no es una tecnología normal, sino un proyecto que nace de fuerzas sociales con suficiente influencia en la regulación y los consejos de administración de las empresas como para imponerse socialmente aunque no mejore de forma inmediata la productividad de la mayoría de sus aplicaciones. Lo contaba la semana pasada la ex-CTO de LuluLemon, que acaba de publicar un libro titulado precisamente «Real Transformation Comes From Human — Not Just Artificial — Intelligence»:

He dedicado 30 años a la tecnología y, como muchos de mis colegas, he utilizado las herramientas más novedosas para resolver problemas complejos. (...) Entonces llegó ChatGPT. Esta nueva tecnología era fácil de entender para la mayoría de las personas sin conocimientos técnicos —directivos, miembros de juntas directivas o inversores—, muchas de las cuales empezaron a exigir que sus organizaciones la integraran de inmediato en todas sus operaciones. Las empresas de IA comenzaron a proliferar como puestos de comida en una feria callejera. (...)

Este fue el comienzo de lo que yo llamo el espejismo de la IA: la creencia de los líderes empresariales de que la IA es mágica, que basta con agitar una varita mágica para resolver un problema complejo y evitar el trabajo de solucionarlo. Es una creencia sincera, y eso es lo que la hace peligrosa. Continué reuniéndome con la multitud de proveedores de IA, todos prometiendo que sus herramientas serían revolucionarias. En conjunto, estas hordas sembraron el caos en equipos que ya estaban sobrecargados de trabajo.

Pero entonces, si frente a la IA se están levantando los trabajadores de escritorio, los técnicos e incluso los directivos tecnológicos... ¿por qué los CEOs y los consejeros persisten en forzar una adopción cuando menos prematura?

¿Quién está imponiendo la IA?

La devaluación sostenida del trabajo desde los años noventa y la globalización -mientras duró- han acelerado la formación de capital en casi todo el mundo. Sin embargo, al mismo tiempo el desarrollo tecnológico ha aumentado la productividad técnica y reducido la escala de capital necesaria para producir todo tipo de cosas, al tiempo que aumentaba el alcance (la gama de cosas que se puede producir con las mismas herramientas/inversión) de las instalaciones productivas.

El resultado: el capital ha sido cada vez más renuente a la inversión productiva. Es ya un lugar común que la inversión productiva neta en europa desde 2014 a 2024 ha sido nula. La lucha de EEUU, tanto bajo Biden -con la IRA atrayendo inversiones verdes- como bajo Trump -imponiendo aranceles para forzar a la instalación de fábricas en suelo americano- debe entenderse como un intento radical de ganar para sí los usos productivos del capital -que al final son tanto los que crean empleos y bienestar como sirvern para ganar guerras. Todo el modelo económico estadounidense hoy está basado en mantener y aumentar su capacidad para succionar capitales a través tanto de la deuda como de los mercados financieros.

En ese marco la IA es una apuesta central porque es un sumidero masivo de capitales. Se calcula que ya ha absorbido más de un billón (un millón de millones) de dólares. Nunca en la Historia del capitalismo una industria había dado salida en tan poco tiempo a tanta cantidad y tan concentrada de capital.

Pero en el capitalismo no se trata tan solo de colocar capitales, se trata de colocarlos en usos rentables. ¿De dónde nacerá la rentabilidad de la IA y todos esos capitales masivamente invertidos ahora? De su capacidad para generar un oligopolio rentable a nivel global. Lo que a su vez, dado que los principales pagadores serán las empresas, significa aumentar la productividad del trabajo intelectual. De ahí la promesa de las compañías de IA sea reducir masivamente empleos de oficina.

Vayamos por partes: ¿Es la IA una tecnología que tiende inherentemente al monopolio? En parte sí, dado que la intensividad en capital es tal -para construir y mantener centros de datos entre otras cosas- que funciona como una barrera de entrada. Pero además la propia industria IA, armada por la ideología aceleracionista de sus padres fundadores e impulsada por la competencia china, está orientada al monopolio como objetivo. Hoy por hoy, la carrera de la IA consiste en llegar a perfeccionar un modelo al punto de que pueda entrenar con éxito al siguiente modelo. Una vez llegados a ese punto, creen que los sucesivos modelos podrían mejorar exponencialmente, multiplicando las distancias entre los concurrentes y al final dándole todo el mercado al ganador o pequeño grupo de ganadores.

Respecto al impacto sobre la productividad y el empleo. ¿Es puro hype? Sólo en parte.

¿Es en realidad una nueva burbuja financiera? Hay algunas diferencias con una «burbuja» de las que conocemos: el capital se concentra en empresas bien establecidas (Google, Microsoft, Oracle e incluso podríamos considerar así a OpenAI), juega con el estado abiertamente de su parte en los mercados globales (expulsando a la competencia china de países aliados y presionando para evitar regulaciones incómodas) y en el mercado interno (transformando el sistema eléctrico a medida, reduciendo las exigencias de impacto medioambiental a los centros de datos e impulsando la generación de ingresos con contratos militares).

Es decir, se parece al último gran estirón acumulativo ligado a la aparición del automóvil. Entonces se produjo la fusión entre la banca, la industria (en primer lugar la pesada) y la burocracia estatal que primero puso en marcha el militarismo y tras la IGM, alentó el desarrollo totalitario del estado apoyando al fascismo para arrasar cualquier resistencia del tejido social organizado entonces masivo. Entre un movimiento y el siguiente: dos guerras mundiales.

Hoy el capital financiero necesita más que nunca asegurar monopolios cuasi-globales para la nueva industria. Si el militarismo la ceba a costa de los impuestos y por tanto de salarios e industrias tradicionales (menos la energética a la que se ceba por otro lado en la misma jugada), la presión para una política exterior más «asertiva» -es decir, codiciosa- ya surge y se deja ver en EEUU, Europa, Japón y China.

El vampiro y el topo

Si resumimos todo lo anterior el paisaje que se conforma como el característico de nuestro siglo no resulta tan novedoso. Por un lado tenemos al capital altamente concentrado apostando por nuevas industrias con aspiraciones monopolísticas globales -como fue en su día la industria del automóvil- que absorben grandes cantidades de capital no sólo en sus propio núcleo sino en la base material que la hace posible -ahora son los centros de datos, entonces la siderometalúrgica. Entonces y ahora, la competencia les lleva de cabeza al militarismo y como quiera que el militarismo tiene un evidente coste social, a apoyar cambios políticos y gobiernos autoritarios y nacionalistas.

Por otro lado tenemos a los trabajadores comunes rechazando la deshumanización, reivindicando la centralidad de su trabajo y rebelándose contra su devaluación. Objetivamente están poniendo también una barrera al desarrollo militarista, aunque no sean conscientes de estar haciéndolo.

Nos dicen sin embargo que la resistencia será inútil, porque las empresas de IA se llevarán los centros de datos a otras regiones y países aliados. Tampoco es ninguna novedad. A mediados del siglo XIX pasaba algo parecido con las huelgas sindicales en la industria británica. Los empresarios las vencían derivando producción a Bélgica o Francia. La impotencia que generaba entre los trabajadores este tipo de respuestas de la industria llevó a que buscaran lazos con las organizaciones de otros países a través de los exiliados que llenaban Londres. Se organizaron fondos para poder enviar telegramas que evitaran el traslado de establecimientos. A partir de esta red, que en la época era alta tecnología, se organizaron y sobre todo, se amenazó con organizar, huelgas solidarias en las fábricas continentales que recibían la producción. En 1864 estas iniciativas cuajaron en la primera organización internacional de trabajadores de la Historia.

Tal vez sea demasiado pronto para esperar algo similar. Pero cuando un topo despierta, es raro que vuelva a hibernar sin haber horadado aún más el suelo que pisa quien persigue cazarlo.

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