Muy interesante el análisis, especialmente cuando se desgrana la pérdida de espacios comunitarios y la precarización como caldo de cultivo.
La pregunta que me surge es: ¿ese identitarismo religioso no tendrá que ver, en el fondo, con las barreras al trabajo?
Digo, cuando una persona no puede realizarse —y por tanto no puede «contarse» desde su aporte, desde su contribución a la sociedad a través del trabajo— la identidad emergente termina saliendo por cualquier lado. Y si además el tejido social se ha ido deshilachando (menos centros comunitarios, menos espacios de encuentro no mercantilizados), por contacto social esa identidad puede emerger con mucha fuerza desde la religión, que a menudo es lo único que sigue ofreciendo reconocimiento, ritual y una comunidad tangible.
El artículo lo apunta cuando habla de los jóvenes que encuentran en una iglesia el único lugar abierto donde hay alguien dispuesto a escuchar. Pero quizá habría que subrayar más la relación con el trabajo: no solo como empleo, sino como actividad socialmente reconocida que te da un lugar en el mundo. Cuando esa vía se cierra o se vuelve precaria e invisible, el vacío se llena con otros relatos —y a menudo los más disponibles son los identitarios.
¿No será que el problema de fondo no es «la religión que vuelve», sino una sociedad que ha dejado de ofrecer a buena parte de su gente un lugar digno desde el que contribuir y ser reconocida?