«Hace varios años, empecé a notar algo nuevo cuando las adolescentes o mujeres jóvenes acudían a mi consulta para sus primeras sesiones psiquiátricas. Antes, las pacientes temían que les dijeran que, según su percepción, algo andaba mal con ellas. Ahora, estas jóvenes anunciaban sus diagnósticos —trastorno por déficit de atención con hiperactividad, trastorno obsesivo-compulsivo, ansiedad, depresión— casi antes de decirme sus nombres.(...)
Una chica me contó que se había autodiagnosticado depresión, y luego reconoció que pensaba que así me preocuparía por ella. Otra chica se aferraba al diagnóstico de TDAH, sobre todo porque la hacía sentir menos sola al conectarla con una comunidad en línea activa y dinámica.
Varias jóvenes insistieron en que encajaban en la definición clínica de ansiedad, porque les resultaba menos aterrador culpar a un defecto inherente en su cerebro que explorar las causas de su malestar real, que resultó ser una mezcla de ira hacia sus seres queridos y culpa por tener esos sentimientos. Otra chica dijo que usaba sus diversos autodiagnósticos como un refugio para todo aquello que le parecía "exagerado" de sí misma, lo que le permitía cumplir con lo que ella consideraba la mayor aspiración de una adolescente: estar tranquila».