«De la conversación continua con la máquina entre adultos funcionales como el que firma este artículo se habla menos, o se habla en términos astrológicos, casi divertidos, como sustituto de la vieja figura del televidente o la bruja. Tener una respuesta siempre para todo es un alivio; tomar decisiones es uno de los grandes dolores del ser humano, porque conlleva la aceptación de que la vida es finita. Aquí de lo que se habla es de la renuncia al criterio propio, a la opinión. A las decenas de veces al día que, enfrentados a una disyuntiva estúpida (qué desayuno si me duele la tripa, cuánta ropa debería meter en la maleta), delegamos en ChatGPT el ejercicio de nuestras facultades intelectuales, de escoger una cosa y no la otra y sufrir las consecuencias de esa misma elección. Y así, por ese camino, acabar preguntando si romper con una pareja, si cambiar de trabajo, si tiene sentido vivir».
«Quizás la historia esté cruzando ciertas líneas inéditas. En esa inocente conversación que mantenemos tantos con los modelos de lenguaje está por responder una cuestión un poco más profunda: qué partes de nuestra naturaleza humana estamos apagando para siempre, y sobre todo, qué estamos recibiendo a cambio. Yo me siento, a ratos, como en un fumadero de opio».