«El momento de efervescencia tiene mucho de trampantojo, ya que hace tiempo que este tipo de movimientos dejaron de canalizar el malestar mayoritario y de representar la esperanza de un cambio para la totalidad social.
El movimiento por la vivienda es un ejemplo claro. Más allá de aciertos y errores de los acampados y de sus representantes, y de la capacidad de generar simpatía o rechazo en la sociedad, se trata de un movimiento de nicho, y no de uno transversal. La vivienda es un problema de primera magnitud para los españoles y abarca mucho más allá de los precios de los alquileres en grandes urbes y zonas tensionadas. Los barrios populares de las ciudades también los sufren, como las pequeñas y medianas ciudades, e incluso el mundo rural. Las causas del aumento de los precios difieren de un lugar a otro y las medidas que se tomen pueden ser útiles, poco relevantes o perjudiciales dependiendo del espacio al que se dirijan. Además, la vivienda no es solo alquiler, también existe la propiedad, mayoritaria en España. Y las hipotecas son un problema: por su coste, por su duración y por lo que se acaba pagando al final del proceso. La vivienda en propiedad es además la preferida por los españoles, que prefieren vivir en su piso a hacerlo en uno de alquiler.
En ese escenario, las izquierdas han decidido situarse en un nicho, el de los jóvenes urbanos precarizados, habitualmente hijos de clases medias con titulación universitaria, que ven cómo el alquiler se come buena parte de sus recursos».
«Ahora están intentando construir el partido de los jóvenes inquilinos urbanos, cuyo enemigo son los caseros: la clase inquilina contra la clase rentista. Ya tienen un nuevo espacio de confrontación, de recorrido corto, pero cuyo lema es efectivo: hay nueva lucha de clases, aunque sea en formato reducido y consista, demasiado a menudo, en enfrentar al último con el penúltimo».
«La ocupación de espacios políticos alrededor de la vivienda que están llevando a cabo las diversas izquierdas es consecuencia de una renuncia: la de no afrontar los problemas sistémicos. Basta comparar 2011, el año del 15-M, con 2026: de unas generaciones jóvenes que se indignaron porque no podían comprar una vivienda, se pasó a los hijos de las clases trabajadoras que no podían independizarse porque no contaban con recursos para pagar el alquiler. Y de ahí a la situación actual: jóvenes de clase media que deben malvivir compartiendo piso o gastando una parte muy importante de sus recursos para hacer frente al alquiler. Esa secuencia contiene una foto nítida de la evolución social.
En ese deterioro hay un problema de fondo, gravísimo, que lleva tiempo empeorando: la diferencia entre lo que se ingresa y los gastos obligados. Las rentas del trabajo tienden a empequeñecer, mientras el coste de los bienes esenciales se dispara. No se trata solo de la inflación actual, sino de una constante en los últimos años: vivienda, energía, alimentos y transporte han elevado sus precios muy por encima de lo que han aumentado los salarios. Tampoco es una situación coyuntural, es una tendencia asentada que afecta de manera muy distinta según la escala social».