«Desde la Ilustración, el progreso funcionó como el credo secular de Occidente. Durante siglos, nuestras sociedades se definieron por la convicción de que el futuro debía eclipsar al presente, así como el presente superaba al pasado. Esta fe optimista no era meramente cultural o institucional, sino abarcadora: todo iba a mejorar. En esta forma de pensar, no había margen para la pérdida.
Hoy, esa creencia civilizatoria se encuentra profundamente amenazada. La pérdida se ha convertido en una condición omnipresente de la vida en Europa y América. Conforma el horizonte colectivo con más insistencia que en cualquier otro momento desde 1945, extendiéndose a la vida política, intelectual y cotidiana. La pregunta ya no es si la pérdida puede evitarse, sino si las sociedades cuya imaginación está ligada a "mejor" y "más" pueden aprender a soportar "menos" y "peor". La respuesta a esta pregunta determinará la trayectoria del siglo XXI».