«La política española se mueve, como el resto de la política occidental, en la dinámica entre centro y periferias. En nuestro país esa versión es entendida desde la tensión entre Madrid y la España plurinacional, pero hay otra vertiente muy relevante, y más en la medida en que los partidos (excepto los nacionalistas, e incluso ellos) han puesto las condiciones de vida por encima de los elementos identitarios en esta campaña. Las ciudades pequeñas e intermedias y los barrios populares y de clase media baja conforman las periferias reales y han sido habitualmente olvidados. Son lugares que se acercan menos a la política y que desconfían de ella, también porque sus habitantes apenas están representados en unos partidos dominados por clases medias y medias altas y porque los partidos han preferido las redes y los medios de comunicación a lo físico.
Son espacios poco conocidos por unas formaciones políticas que han perdido la conexión con ellos por la falta de organización y que, en consecuencia, abordan sus problemas de forma genérica y sin conocer el día a día de sus habitantes. Sus reivindicaciones no han sido escuchadas, más allá de apelaciones en términos caritativos a la España vaciada o en términos grandilocuentes a la clase obrera. Esas periferias cobrarán peso político, especialmente porque se van extendiendo cada vez más. El centro empequeñece, las periferias se amplían. Es una clave de estas elecciones: lo territorial importa».