La percepción de que el concepto de "libertad de expresión" ha sido "volteado" para servir a agendas que atacan a medios públicos o minorías apunta un cambio en el relato dominante. Ya no es un principio compartido, sino un campo de batalla semántico. Cuando los conceptos básicos del contrato social se convierten en armas partidistas, se pierde el terreno común para el debate. Esto apunta a una disrupción en la esfera pública, donde la confianza en las instituciones se debilita no por censura directa, sino por la deconstrucción estratégica de los valores que las sustentan.