«El optimismo es el cuento que narran quienes quieren conservar su posición de privilegio; y si puede ser, sin mover un dedo. El optimismo actual no es algo beneficioso, sino una forma de renuncia, de negativa a participar en la vida pública, de resistencia a aceptar que las cosas han cambiado y que hay una tarea grande por hacer. Constatar eso es incómodo porque implica cambiar mentalidades que quieren continuar en un mundo que ya ha huido: supone trabajar, desafiar a algún poder establecido, bajarse de la posición de superioridad moral, aceptar los errores, sacrificarse, perder algo ahora para ganarlo en el futuro».
«Es probable que, durante la Revolución Industrial, los obreros no les recomendaran a sus hijos menores de edad empleados en las fábricas que fueran optimistas y que vieran su situación como una oportunidad y no como un riesgo; es mucho más probable que afirmaciones parecidas las pronunciaran los dueños de las fábricas. Quienes intentaron cambiar las cosas no se fijaron demasiado en si su esperanza era grande o no. Estaba en juego mucho más que un estado de ánimo: simplemente era necesario hacerlo por razones de justicia o de dignidad».