Los eventos climáticos extremos dejan de ser un tema medioambiental para convertirse en eventos geopolíticos de primer orden. Esta perspectiva es una señal débil que anticipa un futuro donde la respuesta a desastres, el control de rutas marítimas alteradas, el acceso a recursos post-catástrofe y la ayuda humanitaria se convertirán en herramientas de poder y competencia entre estados. La capacidad de un país para proyectar poder en un contexto de crisis climática podría redefinir su influencia regional, convirtiendo el cambio climático en un acelerador de la competición estratégica.