«La cuestión de la asignación de capital es esencial en una época rentista. En lugar de construir y producir, el capital prefirió buscar la rentabilidad sin la molestia de lo físico: no tenía que solicitar permisos, ni contratar obreros, ni preocuparse por la subida o bajada de los precios de los materiales, ni esperar a la finalización de las obras. El capital busca espacios más rentables y caminos más rápidos. Con la construcción se gana dinero, solo que el porcentaje de beneficios que se espera es menor del que promete el ámbito financiero».
«AQR Capital Management está en auge en el sector por un esquema innovador que combina diversas inversiones y cuya esencia es aprovechar pérdidas en algunas de ellas para aplazar indefinidamente la tributación de las ganancias. Son métodos que disponen de mecanismos que permiten ampliar el capital mediante ingeniería financiera, por lo que fabricar cosas o construir algo se sitúa en situación de inferioridad.
Ese giro no solo provoca que se construya menos vivienda, sino que también eleva los precios al apostar por la conversión de los pisos en activos. Pero más allá de sus efectos sobre un sector concreto, el desplazamiento del capital hacia lo financiero está en el centro de cambios perjudiciales para países como España: es una de las principales causas de la desaparición de la industria, de que las pequeñas y medianas empresas no encuentren capital (salvo a precios desorbitados), de que los salarios hayan empequeñecido, de que los bancos exijan garantías elevadísimas para las hipotecas y sean muy poco exigentes con el capital riesgo, y de que la innovación ocurra siempre en otros lugares».
«Si se quiere revertir el proceso, es preciso dirigir la inversión hacia la vida real, y eso pasa por medidas estatales y europeas que hagan las cosas más difíciles y menos rentables al capital dedicado a los juegos contables y a la extracción de rentas y mucho más fácil al que produce efectos y beneficios sobre la vida cotidiana. Es un asunto importante, y la movilización de capital se ha convertido en un asunto de primera magnitud en Europa. Pero para lograr el objetivo se necesita un periodo de represión financiera que los gobiernos no parecen acoger con la fuerza que sería precisa. Reducir el asunto a un enfrentamiento entre inquilinos y pequeños propietarios, sin tocar la estructura, puede ser conveniente para finalidades electorales, pero irrelevante en el fondo».