20/12/2023 | Entrada nº 67 | Dentro de Modo de vida

Los nuevos espacios del mundo rural

La revitalización de los pueblos no debe medirse en números sino en modelos que funcionen, pero para que lo hagan hay que construir los espacios propios de un nuevo modo de vida, útiles para construir vidas mejores que las que ofrece la ciudad.

¿Es tan importante el espacio en una época de comunicaciones virtuales?

Pistas del lenguaje

Las metáforas cotidianas de la política y el poder son metáforas espaciales. Hablamos de la Casa Blanca, el Kremlin, Downing Street, la Casa Rosada, los Pinos, la Moncloa, la Zarzuela, Bruselas o el Vaticano, como si el lugar del gobierno y el gobierno fueran la misma cosa. O de Génova y Ferraz cuando hablamos de partidos españoles. Y al final, por muy virtualizadas que estén las finanzas o la propia tecnología, hablamos de Silicon Valley, Wall Street, y la City.

Incluso, cuando miramos al pasado medieval, hablamos del trono y el altar, que son también lugares. Y aún más atrás descubrimos que faraón en antiguo egipcio significaba casa grande, palacio, no rey o emperador. El lugar es el fetiche del poder, una representación tan potente que se come todos los demás atributos.

Así que tiene sentido preguntarse por qué en prácticamente todos los idiomas, los verbos que describen los cambios en el poder son verbos espaciales. El poder se ocupa, se desplaza, se mueve, se asienta, se toma, se abandona, se asalta... Y hay una lógica en eso.

El cambio es espacial porque se incuba desde una cierta distancia

Los grandes cambios históricos que han definido nuestro tiempo se han incubado desde oposiciones espaciales: el burgo o la villa, frente al señorío; la fábrica frente al taller; la ciudad frente al campo, la metrópolis frente a las colonias; los casinos y clubes frente a las Casas del Pueblo.

Y es que si lo pensamos un poco, sin un espacio diferenciado no hay sujetos ni alternativas reconocibles.

Ni siquiera hace falta un antagonismo. Juan Urrutia apunta que, de hecho, en la convivencia social lo que mantiene las cosas unidas es precisamente las distancias diferenciadoras.

Y es que sin distancias no hay diferencias y sin diferencias no hay convivencia sino una masa informe que ni se reconoce ni puede pensarse. Sin diferencias no hay lenguaje y la gramática no es que sobre, es que no nace. No hay forma de decir nada si no sabemos distinguir, al menos el sujeto del objeto del que ese sujeto quiere predicar algo.

Dicho de otro modo, si queremos pensar y transformar el estado de cosas actual necesitamos espacios desde donde hacerlo y desde donde hacer distinguible lo distinto.

Y eso, en la práctica significa que...

La revitalización de los pueblos no debe medirse en números sino en modelos que funcionen

La repoblación no es una cuestión de números. No se trata de descongestionar las ciudades mediante una migración masiva, sino de probar modelos mejores y hacerlo en una relación de comunicación y contraste con la ciudad. El objetivo ahora no es atraer un millón de personas a los pueblos, ni trasladar industrias enteras. Sencillamente no está a nuestro alcance.

El objetivo ahora es impulsar la revitalización de los pueblos a través de:

Pero para revitalizar los pueblos hay que construir los espacios propios de un nuevo modo de vida

El objetivo es crear los espacios que sirvan a construir vidas mejores. Eso incluye:

  • Crear lugares de trabajo integrados en el pueblo y su entorno, que no estén separados ni de la comunidad que es realmente el pueblo, ni de la atención a la familia, ni del aprendizaje y el acceso al conocimiento.
  • Casas, verdaderas casas, no nichos urbanos ni chaletes periurbanos, ni fríos cubitos Bauhaus ni tartitas Falcon Crest. Viviendas que realmente sirvan para vivir y convivir mejor. Casas productivas y sostenibles que, por su propia organización y forma de propiedad, no puedan convertirse en segundas residencias ni pueda especularse con ellas.

Y asegurarnos de que pueblos y espacios no estén segregados sino diferenciados

No se trata de crear paraísos rurales. No existen ni existirán y tampoco es lo que nos proponemos, por mucho que a los del marketing turístico les encante la expresión. En ningún paraíso de ninguna religión se trabaja. Y aquí trabajamos y mucho, aunque también lo disfrutamos y mucho.

Y desde luego, tampoco se trata de aumentar aún más la segregación del campo y los pueblos reduciéndolos a paisaje o incluso a croma, como advertía irónicamente Rufino Acosta. Ni siquiera a paisaje productivo donde ir de turismo social.

Al revés, se trata de que los pueblos sean ese lugar, con distancia suficiente como para que inspiren alternativas vitales y colectivas, pero lo suficientemente insertos en la vida social general como para que sean positivamente diferentes, nunca ajenos. No se trata de volver a las miradas románticas y autoconfirmatorias sobre la autenticidad de la vida rural. Acaban en un suspiro complaciente. Se trata de vivir en un lugar visiblemente menos alienante que unas ciudades saturadas y mercantilizadas.

Se trata de, sin ocultar límites y contradicciones, de servir de llaga en la que meter los dedos y avanzar en las posibilidades reales de desarrollo humano que ofrece nuestra época y nuestro medio, recuperando la riqueza del pasado sin idealizarlo y construyendo vidas mejores en un lugar que, entre todos, podemos hacer mejor.

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