La evolución de las religiones en EEUU y lo que podemos aprender de ellas
El campo religioso en EEUU ha evolucionado de formas un tanto terribles en estas décadas. Sin embargo hay aprendizajes ahí que nos hablan del papel de lo comunitario en cualquier experiencia asociativa, de las dificultades para sostener la esperanza en una sociedad atomizada y de la vuelta a la presencialidad.
¿Qué tenemos que aprender de las religiones?

Han pasado casi quince años desde que se publicó Religión para ateos de Alain de Botton. La propuesta central del libro es que los ateos necesitan de espacios físicos y sociales para hacer comunidad entre ellos, debatir cuestiones morales e inspirarse y discutir relatos de todo tipo. Apunta también la necesidad de tener lugares propios, liberados de significados teistas o patrióticos, para poder pensar y estar en soledad. Incluso rompe con el prejuicio sesentayochista contra los rituales reivindicando una cierta ceremoniosidad atea.
Tras su publicación Alain de Botton ganó cierta relevancia proponiendo formas alternativas -malamente llamadas terapéuticas- de disfrutar de las Artes Plásticas, los libros, la cocina y hasta las noticias. Proponía transformar formas de consumo establecidas en herramientas para la reflexión útiles para acercarse a lo que los epicúreos llamaban ataraxia.
El trabajo de Botton ha servido para reformular en tiempo presente una noción de espiritualidad atea que ya cultivaron autores y científicos vinculados a la IIª Internacional como Lunacharski o Adler. Una definición que va más allá de ser un sinónimo de vida psicológica para fundir ésta con la moral comunitaria, las elecciones estéticas y la reflexión activa sobre lo social.
Pero la propuesta de Botton -y de sus antecesores socialistas- tiene otras consecuencias. Si aceptamos el mensaje principal, la afirmación de que las grandes religiones están satisfaciendo necesidades comunitarias e íntimas que son independientes de la creencia en seres sobrenaturales- tenemos que aceptar que las evoluciones del magma de iglesias, cultos y creencias que forma el panorama religioso contemporáneo en Europa y las Américas, responden a la evolución de necesidades sociales a las que no podemos permanecer ajenos.
Por eso, desde que discutimos este libro, hace ya más de una década, estamos muy atentos a los cambios y tendencias en el mundo religioso, fundamentalmente cristiano, en EEUU y Europa.
Cosas que aprender del cristianismo en EEUU

Esta semana el New York Times publicó una larga entrevista de Ross Douthat a Ryan Burge, un sociólogo especializado en la evolución de las religiones y sus denominaciones en EEUU, cuyo trabajo hace una mirada de largo plazo y sostenida sobre datos duros de la religiosidad estadounidense. Cuando leemos sus trabajos y escuchamos sus reflexiones nos da la impresión de que la historia religiosa de aquel país es una pieza fundamental sin la que no pueden entenderse sus transformaciones -y limitaciones- políticas.
En la conversación aparecieron una serie de conclusiones que trascendían el marco de las religiones en EEUU para hablarnos en realidad de algo universal: la relación entre activistas -sea cual sea su esperanza- y comunidad organizada.
Los que dudan son los que suman
Tener esperanza, hacer propia la idea de que el mundo puede ser transformado para mejor y que eso tiene que ver con lo que uno haga y qué papel juega en la comunidad en la que vive, significa nadar contracorriente en un mundo que nos abruma con mensajes de un individualismo cada vez más nihilista.
Eso aplica a los que mantenemos cualquier tipo de militancia social tanto como para los militantes de cultos religiosos. En la izquierda tradicional es un lugar común achacar la falta de compromiso social y la caída de militantes a la pérdida de valores como la solidaridad en el conjunto de la sociedad. Lo que nos cuentan Douthat y Burge sobre el mundo creyente estadounidense no es exactamente lo contrario pero aporta un ángulo diferente y muy interesante.
Pensamos en la religión con tres componentes: comportamiento, creencia y pertenencia. Entonces, los comportamientos como la asistencia a la iglesia son los que en realidad han caído más rápido que todos. Lo que pensamos es que el comportamiento es lo primero que desaparece. Luego, suele ir seguido de la pertenencia, y finalmente, la creencia va detrás.
Es decir: mientras las personas siguen participando en espacios comunes de socialización en los que refuerzan semanalmente sus valores, todo va bien. Cuando los dejan, así mantengan la esperanza y los valores, empieza una cuenta atrás que acaba en la renuncia a aquello que veían como generador de sentido en sus vidas y en la sociedad.
Esta dinámica se fundamenta en algo que Burge señala y que generalmente se invisibiliza: la importancia de la gente que duda, que no acaba de ser una roca, la gente que, como él caracteriza, podría decir «en mi mejor día, creo en estas cosas».
Mucha gente duda; nunca pueden creer con certeza ninguna doctrina de su iglesia. Por ejemplo, el pastor se pone de pie y dice algo con mucha estridencia y seguridad, y la gente en las bancas dice: «Sí, espero que sí». O «Supongo que sí». O «Quizás sea cierto».
Estos son los primeros que se desenganchan, y lo hacen en mayor proporción cuanto mayor, más contundente y más sectario es el mensaje del emisor. Para cuando los auténticamente creyentes se vienen a dar cuenta, están solos y aislados. El número de «nones», equivalente religioso a los apolíticos, ha crecido exponencialmente.
La corriente principal [del cristianismo estadounidense, que ha pasado de mayoritaria a prácticamente marginal en 50 años] siempre ha sido el refugio de los escépticos, que se esfuerzan por creer estas cosas, pero a veces no logran superar el obstáculo. Y si eso desaparece, si eres protestante, tu única alternativa es el pastor evangélico que golpea el púlpito y dice: «Si no crees lo que nosotros creemos, irás al infierno». Y la persona sentada allí dice: «Sí, pero ¿cómo lo sabes?».
Esos son los que nos faltan: Esta enorme cantidad de personas que estaban abiertas a la idea de creer no tendrán una vía de escape para ir a un lugar donde realmente sientan que personas como ellas son bienvenidas y que la conversación vale la pena, porque no encontrarán algo como: «Si no crees lo que nosotros creemos, eres inferior a nosotros». ¿Y por qué querrías ir a un lugar donde te sientes inferior, voluntariamente? Yo, desde luego, no lo haría.
La experiencia de vivir la comunidad es el mensaje
Irremediablemente enfrentados a la ideología del sálvese quien pueda que la sociedad actual destila, para construir una alternativa al sectarismo es necesario entender que es lo que une a ese sector que quiere tener esperanza pero no acaba de conseguirlo al espacio de pertenencia común. La respuesta de Burge es clara: la experiencia comunitaria, el hecho de poder aportar y recibir en la experiencia cotidiana.
¿Qué nos mantiene en la iglesia, entonces, si nuestra fe en la resurrección literal de Jesucristo comienza a flaquear? ¿Qué nos impulsa a seguir adelante? Creo que es ese aspecto social: Esperamos que estés ahí. Nos gustaría que estuvieras ahí. Eres un miembro valioso de nuestra comunidad. (...)
La religión es, obviamente, una búsqueda teológica, sin duda. Pero también es una búsqueda social. La gente se da cuenta de que ir a la iglesia les trae muchísimos beneficios, además de salvar su alma de la condenación eterna. Les permite hacer amigos. Les permite encontrar pareja. También les permite decir: «Necesito un veterinario». «Necesito un dentista». «Ah, oye, el Dr. Fulano se sienta en el banco de atrás, ve a hablar con él». Crea una conexión social. Y no se dan cuenta. No lo expresan, y nunca entienden por qué hacen estas cosas.
El efecto de la polarización
En Europa se suele pensar que la polarización política extrema que vive EEUU -y la caída en el delirio de partes decisivas de ambos partidos- se alimentó de la entrada en política de las iglesias. Lo que nos cuentan Douthat y Burge es bastante más interesante y complejo.
La llamada corriente principal, que ya no lo es en términos numéricos ni de influencia ideológica, la del protestantismo clásico (luteranos, presbiterianos, metodistas, baptistas y episcopalianos) era la de un cristianismo institucionalista, racionalista y vagamente progresista indistinguible en sus valores sociales de los valores sistémicos.
En un primer movimiento, años sesenta, la sintonía de valores de fondo entre estas denominaciones facilita el crecimiento del evangelismo porque nada estridentemente contracorriente y se pretende más «auténtico».
Por eso el evangelismo ha tenido tanto éxito. Se ha distinguido claramente del resto de la cultura y ha dicho: «Estamos nosotros y están ellos. No somos ellos, ni ellos son nosotros. Mantengamos estas creencias distintivas sobre el matrimonio homosexual y las pastoras». Y a algunas personas les atrae esa diferencia.
En un segundo movimiento, la polarización colaboró a la desintegración de estas iglesias institucionalizadas mayoritarias y realimentó la emergencia del evangelismo, lo que a su vez polarizó el campo religioso destruyendo instituciones centrales para evitar la caída en el delirio irracionalista.
Creo que, en cierto modo, al no elegir un bando en la lucha política actual [la corriente principal se ha debilitado al extremo], la gente quiere inclinarse hacia un lugar que esté codificado como de izquierda o de derecha. La línea principal se resistió a todo eso. Y creo que eso es parte de su desaparición, porque la gente no pudo entender qué eran.
El resultado es que la tendencia dominante es un irracionalismo, un emocionalismo sin sustancia real ni profundidad intelectual, expresivo, que no exige un compromiso de aprendizaje, en el que no cabe el espacio para los que dudan.
El hilo conductor del crecimiento religioso, no solo en Estados Unidos, sino en todo el mundo, es el pentecostalismo, lo que llamamos adoración carismática, que es lo que mucha gente ve cuando piensa en laicos: los tambores, las guitarras, las manos alzadas, los largos servicios de adoración. Creo que este emocionalismo es, de hecho, un factor predominante. En la década de 1960, si ibas a una iglesia donde la gente levantaba las manos y rodaba por los pasillos o tenía reacciones emocionales intensas, te miraban como alguien raro. Y ahora, millones de personas participan en ese culto. Se ha normalizado mucho en los Estados Unidos modernos.
A día de hoy el campo religioso estadounidense está prácticamente arrasado por estas tendencias, asociadas a lo más delirante del movimiento MAGA. Y sin embargo, la corriente principal ha tocado fondo y al parecer vuelve a crecer porque ha aprendido algo valioso de sus antagonistas.
Territorio, presencialidad y relación interpersonal en vez de virtualización
La entrevista se cierra con una pregunta de Douthat sobre el papel de Internet y la IA, un tema que es recurrente en los pensadores católicos como él. Burge le corta en seco:
Escuchen, la religión ha perdurado durante toda la civilización occidental porque funciona para muchísima gente. Y por mucho que intentemos rehacerla con la tecnología, la IA e Internet, presentarse un domingo cualquiera con un grupo de personas, cantar canciones, recitar credos y escuchar un sermón es transformador y lo será para toda la historia de la humanidad, hasta donde yo sé.
De nuevo: participar en una comunidad y experiencia presencial de compartir. Esa es la clave. Y precisamente por eso: quien quiera volver a crecer debe plantearse la vuelta al territorio.
Otra cosa que diré —y creo que esto es realmente interesante— es que la corriente principal está empezando a inspirarse en el evangelismo y a centrarse en la plantación de iglesias, es decir, en fundar nuevas iglesias. Por ejemplo, los episcopalianos [rama estadounidense del anglicanismo] si encuentran a un sacerdote joven interesante que parezca muy comprometido, le dan un montón de dinero y le dicen: «Ve a fundar una iglesia en algún lugar. Toma, un millón de dólares, o 500.000 dólares, y si necesitas más, regresa». Porque, ¿adivinen qué? ¡Tenemos mucho dinero pero tenemos muchos sacerdotes jóvenes y prometedores!.
La plantación de iglesias ha sido básicamente competencia exclusiva del evangelismo durante los últimos 30 años, y estamos viendo algo de esto a pequeña escala. Los episcopalianos podrían estar regresando porque están empezando de cero. No se están mudando a un edificio antiguo con tanta tradición. Dicen: No, no, sumémonos a «El Viaje», «La Rampa» y «La Aldea» [nombres típicos de iglesias no denominacionales habitualmente en edificios tipo Ikea o Kiwoko], pero al estilo episcopaliano.
Escuchen, ¿cuál es la alternativa para la iglesia tradicional ahora mismo? Es un declive perpetuo. Así que más vale que se lancen a la lucha. Creo que algunos han captado ese mensaje y podrían ser más activos en la plantación de iglesias en el futuro. Y podría haber un futuro para la iglesia tradicional.
¿Qué tiene ésto que ver con nosotros?
Como vemos, el campo religioso en EEUU ha evolucionado de formas un tanto terribles en estas décadas. Las tendencias dominantes hoy son milagreras y emocionalistas, muchas veces excluyentes y con fundamentos tan vacíos como un libro de autoayuda. Sin embargo, los creyentes del viejo mundo y las viejas denominaciones -las perdedoras en todo este proceso- parecen haber aprendido algunas cosas que trascienden la lógica y la ideología de las creencias religiosas. Cosas que nos hablan del papel de lo comunitario en cualquier experiencia asociativa, de las dificultades para sostener la esperanza en una sociedad atomizada y de la vuelta a la presencialidad.
De todas esas cosas debemos aprender porque no hablan de su mundo de creencias sino del mundo social de nuestra época.
¿Qué significa todo esto en la práctica?
La presencialidad es la clave. Hoy por hoy lo virtual es comunicación, no comunidad. Si queremos fomentar la creación de cooperativas de trabajo o la llegada de nuevos vecinos a los pueblos tenemos que tener actividades regulares en lugares estables. Por ejemplo, si convocamos a personas de la ciudad que están evaluando venir a vivir a un pueblo, debemos organizar eventos anuales o semestrales a los que puedan volver e incorporar a su rutina. No van a llegar y besar el santo.

Un papel central -y habitualmente subestimado- de los espacios estables y las actividades regulares es fomentar la experiencia de comunidad entre los que participan. Por eso no debemos hacer exclusivamente cosas instrumentales, sean cursos, eventos o seminarios. Encontrarse, charlar y hacer cosas juntos -así sea ir a un concierto en el Patio y cantar como si no hubiera un mañana- ya es lo suficientemente valioso y a menudo lo que hace posible ir más lejos porque permite pasar de la experiencia a pertenencia.
Por eso no debemos buscar decantar a los participantes, por ejemplo separar a los que tienen un plan real de mudarse al rural de los que no, o a los que están en este momento en condiciones de crear una cooperativa de los que no. Seguramente tendremos una cierta proporción de personas que vengan regularmente a cursos de cooperativismo sin llegar a constituirse en cooperativa nunca y otro que venga a encuentros de repoblación que nunca vaya a mudarse al rural. Da igual. Son los que, como decía Burge, pueden decir «en mi mejor día, creo en estas cosas». Y esos, son imprescindibles.
