La conquista del trabajo en 2026
Cada vez más sectores necesitan emprender la conquista del trabajo por sí mismos: a las mujeres, los jóvenes, los trabajadores de PYMEs en crisis de sucesión, se suman ahora los mayores de 55 y las primeras víctimas de la aplicación de la IA a los sectores digitalizados: desarrolladores de software, redactores, documentalistas, traductores, diseñadores, contables, administrativos, traductores, diseñadores... Lo que viene no es un «Holocausto Becario», es el fin del «sentimiento de clase media» y las condiciones salariales y laborales que le daban materialidad.
Cada vez más sectores necesitan conquistar el trabajo por sí mismos
Analizando las condiciones generales del mercado de trabajo en 2023 fijamos como centro de nuestra labor de promoción de las cooperativas de trabajo asociado para 2024 a los jóvenes. En 2025 un nuevo segmento tuvo que plantearse, especialmente en EEUU y Europa, la conquista del trabajo como una necesidad personal: los trabajadores de empresas en crisis de sucesión.
A unos y a otros se suman ahora los mayores de 55 años, tradicionalmente el grupo de edad más estable y con mejor remuneración total entre los trabajadores. Ahora el de vida más precarizada. De hecho, en el rural, donde esta ola llegó hace tiempo, este grupo y sobre todo, dentro de él, los varones de menor cualificación, es seguramente el que vive una situación más dolorosa y también el menos atendido por las políticas públicas.
Y en el horizonte inmediato, una transversal, lo que en EEUU llaman «A.I. Job Apocalypse»: el desplazamiento masivo -hacia trabajos menos cualificados o el desempleo- de trabajadores intelectuales y digitales sustituidos en labores básicas por IAs más baratas que ellos.
Los mayores de 55
La crisis que arrancó hace 15 años, fue en un primer momento una crisis financiera: los activos perdieron bruscamente valor, ni los bancos sabían ya que garantías tenían para cubrir sus operaciones y el crédito se restringió de forma suicida. El mercado de vivienda y construcción se hundió, las PYMEs cerraron en masa y entramos en una crisis keynesiana clásica con aumentos masivos del desempleo, caída de salarios y deflación.
Lo que siguió fueron básicamente políticas de crecimiento inflacionario sostenidas por la política monetaria acompañadas de austeridad fiscal. La forma infalible de acelerar la caída de los salarios reales -la pobreza laboral reapareció como algo estadísticamente relevante por primera vez en medio siglo- pero también de dejar fuera del aparato productivo a sectores sociales completos y crear bolsas de miseria.
En una situación así, las empresas en vez de invertir en nueva tecnología para ser más productivas, como no ven claro el futuro y los salarios está cayendo, se ven incentivadas a rejuvenecer plantillas y reducir de paso el número de trabajadores con derechos adquiridos, antigüedad, etc. En España, esta tendencia, que ya era clara al final del gobierno Rajoy y se vio fortalecida por la reforma laboral de aquel gobierno, fue azuzada después por el gobierno Sánchez con nuevas formas precarias de trabajo indefinido y sobre todo al centrar toda la política laboral en la subida -significativa- del SMI.
Resultado: la desaparición de los salarios medios, los que hacían sentirse clase media a una buena parte de los trabajadores cualificados. La gestión económica de la recesión del COVID remató la jugada.
A día de hoy el salario medio prácticamente no ha crecido desde 1993 pero la distribución de salarios se ha reordenado entre dos polos: el SMI por abajo y los salarios de los cuadros de las empresas medianas y grandes -que han subido más que ningún otro- por arriba.

Ahora las primeras oleadas de víctimas de aquella reeestructuración invisibilizada son mayores de 55 y tienen, por primera vez, una tasa de desempleo mayor que los trabajadores entre 25 y 44 años. En España, trabajar toda la vida no ha servido a una generación entera para consolidar su bienestar ni ganar seguridad vital. Al revés, lo que nos dicen los datos es que todas las expectativas se han visto traicionadas con ellos: ni han encontrado recolocación -siquiera en trabajos peor remunerados- ni han visto valorados sus esfuerzos de recualificación, de hecho, cuanta mayor fuera su cualificación mayor es la probabilidad de que no encuentren empleo nunca más.

No es un problema de recualificación ni de que estemos viviendo una automatización masiva. Como las inversiones escasearon no estamos ni de lejos en la situación de los trabajadores industriales alemanes o estadounidenses. Lo que ha ocurrido es que mientras los salarios reales de los trabajadores bajaban, subía el coste laboral para las empresas.

El resultado es que las empresas se ven desincentivadas a contratar y muy incentivadas a expulsar aun más trabajadores maduros relativamente más caros por poco más o menos el SMI.
Lo que viene: el impacto de la IA
En 2026 seguramente no llegaremos a las cantidades de puestos de trabajo perdidos que se están barajando en EEUU y otros países hoy. Pero empezaremos a ver grupos de trabajadores ya digitalizados afectados de un modo similar al que allí se vivió hace dos años cuando....
La cantidad de ofertas de trabajo activas para desarrolladores de software disminuyó un 56%. En el caso de los desarrolladores sin experiencia, la caída es aún peor: un 67%
La expectativa sin embargo es muy similar. Los trabajos intelectuales no especialmente complejos serán arrasados a medio plazo. Cosas como los documentalistas de despachos de abogados o los redactores que convierten notas de agencia en artículos para la prensa. Esta misma semana uno de ellos relataba su propia debacle tras reconvertirse en peón en una ciudad pequeña de EEUU y advertía:
En ciudades como la mía, la externalización y la automatización consumieron empleos. Luego, el propósito. Luego, a las personas. Ahora, las mismas fuerzas están ascendiendo en la escala de ingresos. Sin embargo, Washington sigue obsesionado con la competencia y el crecimiento global, como si siempre aparecieran nuevos trabajos para reemplazar lo perdido. Quizás así sea. Pero dada la voracidad de la IA, parece mucho más probable que no. Si nuestros líderes no se preparan, el silencio que siguió al cierre de las fábricas se extenderá por los parques de oficinas y las oficinas en casa, y el dolor que durante tanto tiempo ha soportado la clase trabajadora podría pronto afectarnos a todos
Si las políticas de competitividad y crecimiento inflacionario se han comido los salarios distintivos de los trabajadores cualificados del mundo industrial y los servicios clasicos, la IA lo empezará ahora a hacer con los servicios digitalizados: periodistas, desarrolladores de software, documentalistas, contables, administrativos, traductores, diseñadores... Lo que viene no es un «Holocausto Becario», es el fin del «sentimiento de clase media» y las condiciones salariales y laborales que le daban materialidad.
El reto por el que merece la pena trabajar
Todos esos sectores sólo tienen una alternativa real a la dependencia, el hastío y el horizonte de la pobreza laboral: conquistar el trabajo por sí mismos. Esto pasa por apostar fuerte por las cooperativas de trabajo, pero también por desarrollar herramientas que les permita sobrevivir en la competencia azuzada por la IA sacando oportunidades donde los cambios en el gran juego geopolítico juegan en contra de las grandes empresas.
En 2026 toca reimaginar muchas cosas, entre ellas la soberanía. Y la que merece la pena empieza, como todo lo que merece la pena, por la conquista del trabajo.