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¿Qué será la Biblioteca Juan Urrutia?

La próxima semana comenzarán los trabajos de preparación y limpieza del terreno que darán paso a la construcción de la «Biblioteca Juan Urrutia», un proyecto que ha estado en el centro de nuestros esfuerzos desde hace más de tres años. Como toda biblioteca de investigación tendrá libros, archivos documentales y alentará debates y publicaciones, pero no se definirá ni medirá su éxito por ninguna de esas cosas. Tampoco se medirá por los medios ni fines de un «think tank». Aspiramos a algo más divertido, potente y útil que todo eso.

¿Qué será la Biblioteca Juan Urrutia?
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La sabiduría de la abundancia

La Biblioteca «Juan Urrutia», como toda biblioteca de investigación tendrá libros, archivos documentales y alentará debates y publicaciones, pero no se definirá ni medirá su éxito por ninguna de esas cosas. Tampoco se medirá por los objetivos y medios de un think tank. Producir papeles y ganar influencia podría parecer una buena idea, quizá incluso necesaria, ahora que el abundantismo deja de ser tabú y los abundantistas, desde ámbitos y perspectivas muy distintos, vuelven a ser escuchados. Pero nos situamos muy lejos de eso. También geográficamente. No estará en Madrid, Bruselas o Londres sino en la Candela porque requiere tanto de esa distancia física respecto al centro como de un cierto tipo de silencio sólo alcanzable en las periferias.

Y es que el objetivo de la Biblioteca Juan Urrutia es servir de catalizador al desarrollo de un metaconocimiento, a una sabiduría, que -partiendo del horizonte de la abundancia posible y la materialidad de las condiciones que la hacen emerger- pueda proponer preguntas nuevas desde las que enfrentar las incertidumbres de un mundo quebradizo. Un mundo cuyas potencialidades son tales que, por primera vez en la Historia, organizar la abundancia parece ser la condición inmediata para la abundancia misma.

En ese mundo en el que todo lo que queda adelante merece ser mejor, la Biblioteca Juan Urrutia es un proyecto de investigación que rechaza partir de un programa de investigación. Un «ábrete al saber» que no pretende compilar lo que ya se sabe o se supo, sino prepararnos para lo que conoceremos. Un planeta Terminus sin Psicohistoria ni enciclopedistas, aunque con hackers y bricoleurs. Una no-universidad, que no quiere ser ni para-universidad, ni anti-universidad, ni siquiera alter-universidad. Un dispositivo que rechaza conciliar conocimientos y se sueña reactor de fusión para liberar la energía que guardan.

La Biblioteca Juan Urrutia no será una reivindicación hermeneútica del autor Juan Urrutia, sino lo que aprendimos de él, echando a andar.

El último texto que Juan publicó, hace ahora dos años, adelantaba ese momento.

Discurso para la inauguración de la «Biblioteca Juan Urrutia»

Comienzo expresando mi agradecimiento a todos los amigos cuyo empeño ha hecho posible esta biblioteca. Una prueba más de que la amistad —la teleia philia aristotélica— es la que hace una sociedad vivible.

Porque el caso es que esta Biblioteca es el resultado de una conversación entre amigos abierta en los años noventa. Unos cuantos de los hoy presentes, entonces jóvenes; y yo, que sigo siéndolo, nos unimos entonces en torno al comunitarismo. Y sí, yo era un catedrático de Economía —perfectamente ortodoxo— pero no podía olvidar ni el mayo del 68 en Europa y EEUU, ni las ideas frankfurtianas, ni la Gestalt de Fritz Perls.

Aquellos entonces jóvenes, que de hecho eran un puñado de hackers, me mostraron que algo llamado TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación) podían dar lugar a una nueva forma de pensar la Economía que entonces se llamó «Nueva Economía».

Esta Nueva Economía se desarrolla en torno a dos ideas importantes: la abundancia es posible y el tejido de redes es crucial. El reto intelectual consistía, nada más y nada menos, que en construir un nuevo modelo económico básico basado no ya sobre el «yo» sino sobre el «nosotros».

Trabajamos duro para formalizar la noción de una «buena vida»good life»), considerando que el comunal es una pieza muy importante, aunque sin olvidar los mercados. Y entre todas las formas políticas amamos la confederación, la única que preserva la diversidad, sabiendo que en una confederación no hay autoridad última, pero también que es mejor aceptar esto que tratar de forjar una artificialmente.

Así que podríamos decir que esta Biblioteca es el producto de décadas de Fraternidad. Fraternidad es, en su fundamento, el placer de estar juntos, como fue ya definido por el concepto epicúreo de «amistad», algo que en su momento da lugar a confianza mutua y compromisos creíbles. Y, como en una sociedad tal la escasez es sobrepasada, la abundancia es posible, no puedo esperar de este centro los útiles pero limitados objetivos de una biblioteca universitaria al uso.

Expresada así mi gratitud séame permitido ahora reflexionar muy brevemente sobre la enorme importancia de esta biblioteca para alcanzar el tipo de sabiduría que necesitamos.

Una biblioteca como ésta es un gozne y los goznes son muy importantes. Piensen en el poco éxito de las varias reuniones negociadoras de estos últimos meses para arreglar conflictos globales inesperados, como lo son todos los de un sistema complejo. Se debe sin duda a la falta de un gozne entre las tablas de la ley de una parte y las de la otra. Un gozne girando sobre el cual los memes sociales y culturales de una comunidad pueden encontrar su correspondencia en los de otra comunidad, detectando así nuestra sombra en el otro.

Los goznes son esos espacios, prácticas e instituciones que permiten que accedamos a la comprensión conjunta de lo que conocimos de forma especializada o simplemente diferente en comunidades distintas. Dicho de otro modo, nos permiten convertir conocimiento en sabiduría y sacar partido de la diversidad.

A la sabiduría, como es difícil de definir, la confundimos a menudo con el conocimiento. Así decimos que un experto o un buen científico son sabios, lo que puede ser cierto, pero no porque sepan mucho de una cosa o de muchas. Alcanzar la sabiduría es difícil sin partir de conocimientos acumulados, pero hay que ir más allá, lo que posiblemente exija olvidar sus detalles para trascenderlos mediante respuestas pensadas a preguntas muy razonables aunque nada corrientes.

La sabiduría es un metaconocimiento que trasciende la manera convencional de dar por sentada una verdad. Si se trata habitualmente de la concordancia entre la palabra y la cosa, la sabiduría nos dice que no hay ninguna verdad eterna.

Se trataría de olvidarse de las convenciones sociales o memes que definen una identidad científica colectiva.

Para alcanzar la sabiduría científica tengo que desprenderme de esa identidad (de economista, de antropólogo o de físico) mediante esa traición secuencial a la que, a veces, he alabado como única forma de llegar a ser uno mismo. Esa renuncia es más fácil cuando uno tiene posibilidades de convivir en el seno de sociedades con convenciones definitorias distintas a aquéllas con las que uno se identifica en uno u otro momento. Y esto os será a partir de hoy un poco más fácil cuando vuestros paseos intelectuales se produzcan en un espacio de conocimiento como éste, en el que conviven muchas identidades distintas.

No es muy difícil cantar a la diversidad como catalizadora de la generación de conocimiento; pero resulta que es también una enorme ayuda para la persecución exitosa de la sabiduría siempre que por semejante cosa no nos limitemos a entender la persecución de un conocimiento trufado de valores espirituales o de objetivos que protejan nuestra especie.

No niego que la sabiduría puede añadir efectividad a estas finalidades, pero ellas no conforman la sabiduría como tal sabiduría que sí que podríamos considerar como el objetivo último a perseguir.

Esta sabiduría necesita diversidad que a su vez exige el nomadismo entre diversas especialidades de la ciencia y/o el conocimiento. Es decir, la especialización no es siempre tan fructífera como a veces se pretende, con lo que la multiplicación en las formas de buscar el conocimiento igual no es tan enriquecedora y sólo refleja intereses creados.

Sin embargo, creo que empiezan a serlo cuando dejamos de considerarlas especialidades con sus propios ritos y variadas cohortes de sacerdotes y comenzamos a ver en ellas ideas distintas de las que no se puede prescindir si queremos acercarnos a la sabiduría en sí misma.

Y querría concluir, de forma menos contradictoria de lo que parece, invitándoos a que, al mismo tiempo que buscáis la sabiduría, produzcáis nuevos reflejos intelectuales que contagien a las distintas comunidades identitarias que conforman la sociedad en la que vivimos.

Vivimos en un mundo lleno de incertidumbres frente a las cuales es urgente elaborar reglas de dedo (rules of thumb), formas automáticas de reaccionar que vayan conformando una heurística que es posible no sea perfectamente racional, pero que es una forma no suicida de irracionalidad que nos permite no morirnos de hambre, como el asno de Burulan, ante la duda de cuál sería la mejor manera de actuar en este mundo nuevo y quizá desconcertante y que, por otro lado, nos reta a contribuir con nuestra reflexión venga ésta de donde venga.

En un mundo así no hay más remedio que contribuir a una nueva heurística como bien saben los inversores financieros que ya no pueden fiarse de los sofisticados cálculos del riesgo. Por lo menos y de momento, tenemos que elaborar unas cuantas reglas para andar por casa, es decir, para orientar nuestros propios pasos; reglas necesariamente elaboradas por uno mismo de forma que cada uno de nosotros se vea obligado a ser un filósofo deconstructor improvisado hijo de esa posmodernidad a menudo simplificada como un raro apéndice de la modernidad.

No nos queda más remedio, por pura supervivencia, que deconstruir para volver a aprender todo de nuevo y sin prejuzgar cuál sea el final de esta forma de experimentar.

Juan Urrutia Elejalde

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