La era de la cruda verdad
Damos un repaso a la prensa internacional de esta semana desde nuestra mirada. Nada más lejos de un resumen de titulares. Para ayudarte a comenzar el domingo con más esperanza que desesperación compartimos algunas claves de lo que está pasando en el mundo que pueden ser útiles para empezar a cambiarlo de una vez.
Trump y la era de la cruda verdad
Esta semana todo el teatro groenlandés nos ha dado momentos y reflexiones públicas muy significativas. A destacar la expresión usada por el primer ministro danés tras su encuentro en la Casa Blanca con Vance y Rubio.
Como se puede escuchar en el vídeo, calificó la reunión como «frank but also constructive» (franca pero también constructiva). A ningún medio pareció llamarle la atención el uso del adversativo. ¿La franqueza no es constructiva? ¿Lo constructivo son las hipocresías diplomáticas?
En Europa los medios y la clase política parecen pensarlo. Todos saben bien que Trump no es más imperialista que Biden. De hecho, Biden nos legó una bonita guerra en las fronteras orientales y Trump -sin ocultar el precio que quiere cobrar por ello- parece determinado a acabarla. En realidad, como apuntaba Frederic Taddei en Marianne esta semana:
La diferencia con Trump es que siempre nos hemos encubierto con grandes principios universales: derechos humanos, intervención humanitaria, legítima defensa, democracia. Él no se molesta en ese tipo de circunloquios. Ni siquiera se molesta en pasar por el Consejo de Seguridad.
Trump no condujo las relaciones internacionales a la era de la posverdad, sino a la era de la cruda verdad. Nos vemos obligados a admitir que la amistad entre países no existe, que las alianzas tienen sus límites, que prevalecen los intereses individuales y que rige la ley del más fuerte. Preferíamos contarnos historias; era más agradable.
Pretender nostalgia de las hipocresías que vistieron genocidios, matanzas y guerras durante el Siglo Americano parece saltar de la hipocresía al cinismo, pero es lo único que se le ocurre a los opinadores e ideólogos del narcotizante panorama mediático europeo, que como sus propietarios y sus referentes políticos siguen a piñón lo que diga la opinión demócrata estadounidense. Y eso, en sí es un signo extremadamente grave de decadencia. Tenemos un sistema que no funciona con unos cuadros que no saben siquiera defenderlo y, a las puertas, los bárbaros: Ventura de favorito en las presidenciales portuguesas, Bardella y Lepen dando por hecho el salto a la presidencia en Francia, los tories huyendo en masa al partido de Farage en Gran Bretaña, la AfD de favorita en las próximas elecciones en landers alemanes... por no hablar de Meloni en Italia y los ultras del Este.
¿Cómo llegamos hasta aquí?
En EEUU es bastante obvio ya hasta para los medios y opinadores demócratas.
Un estudio exhaustivo publicado el miércoles, basado en el Índice de Progreso Social, sugiere que, en términos de calidad de vida, Estados Unidos ocupa el puesto 32 entre 171 países, detrás de Polonia, Lituania y Chipre.
El Índice de Progreso Social fue introducido en la década de 2010 por un equipo de alto nivel de académicos y expertos. Estados Unidos ocupaba el puesto 18 en 2011, y si bien esto era preocupante, seguíamos estando por delante de Francia, Italia y España. Ahora superan a Estados Unidos
Para explicar el éxito del MAGA basta unir a eso la identity politics, es decir, el neoliberalismo de izquierda abrazado por los demócratas y su efecto desarticulador sobre universalismo y por tanto, no sólo de la aspiración a derechos y servicios universales, sino de toda esperanza en común.
Por bajar a un ejemplo muy concreto: esta semana murió Scott Adams, el creador de Dilbert. La prensa demócrata -y sus ecos europeos- apenas le ha dedicado unos párrafos. El único artículo un poco largo y serio buscaba responder tan sólo al misterio que Adams representa para ellos: ¿cómo alguien de éxito de San Francisco pudo traicionarnos y volverse republicano?. Merece la pena una cita extensa:
[El apoyo a Trump de Adams] parecía la traición de uno de los nuestros. Después de todo, era un agnóstico pescatariano que estudió un posgrado en Berkeley, vivía en un pueblo mayoritariamente demócrata del Área de la Bahía, instaló paneles solares en su tejado y se ganaba la vida haciendo arte. ¿Por qué se rebelaría de repente contra su clase?
Cuando finalmente le pregunté al Sr. Adams cómo se había enfrentado a sus compañeros, estudiantes de alto rendimiento y con una buena formación, me explicó pacientemente que no había entendido bien quién era: su padre era cartero y su madre trabajó un tiempo en una cadena de montaje. Había estudiado en una universidad rural en el norte del estado de Nueva York, había trabajado como cajero de banco donde le robaron a punta de pistola dos veces, según dijo, y luego se licenció en administración de empresas por las noches y consiguió un trabajo en Pacific Bell. Cuando nos conocimos, no tenía traje y hacía poco que había viajado fuera del país por primera vez.
«Dilbert» era un grito de guerra contra la clase gerencial, ese sistema de imbéciles engañados para el que trabajas y que se creen más listos. Los trabajadores lo pegaban en sus cubículos como si fueran luchadores de la resistencia que escribían Vs en las paredes del París ocupado. Pero sus jefes también lo pegaban en sus oficinas, ya que también tenían un jefe idiota. En el universo de Dilbert, «todos son tortugas», me explicó el Sr. Adams cuando nos conocimos. Los peldaños más bajos están llenos de trabajadores competentes y oprimidos, oprimidos por una burocracia infinita que defiende un sistema que en realidad no se basa en la experiencia real.
Desde su punto de vista, yo había vivido tanto tiempo entre gente con buenos curriculum, sumida en pensamientos abstractos, que me había dejado engañar pensando que los problemas complejos requerían soluciones de expertos.
El autor parece olvidar que los expertos económicos desde los noventa parecen servir nada más que para entonar un repetitivo nada que mirar, disuélvanse y no protesten. Y no sólo a los trabajadores. Es difícil por ejemplo olvidar a Paul Krugman argumentando que el mundo rural estadounidense en descomposición eran una panda de desagradecidos recalcitrantes con los que no había nada que hacer.
¿No deberíamos ayudar a estas comunidades? Lo hacemos. Los programas federales —Seguridad Social, Medicare, Medicaid y otros— están disponibles para todos los estadounidenses, pero se financian desproporcionadamente con los impuestos que pagan las zonas urbanas adineradas. Como resultado, se producen enormes transferencias de dinero de facto desde estados urbanos ricos como Nueva Jersey a estados pobres y relativamente rurales como Virginia Occidental. (...) Lo cierto es que, si bien la ira de los blancos rurales es posiblemente la mayor amenaza que enfrenta la democracia estadounidense, no tengo buenas ideas sobre cómo combatirla.
Europa
En Europa, las condiciones no son distintas. Ya hay una generación de votantes que ha crecido en la idea de que el futuro será peor, que sus objetivos vitales difícilmente serán alcanzables y que la única salida es individual y azarosa. Decenas de miles de jóvenes tienen por única esperanza el pelotazo de los pobres, sean las criptomonedas, Only Fans o cualquier otra cosa al precio que haga falta. Mientras, la izquierda, abrazada al identitarismo importado de EEUU, evoluciona hacia un feminismo y un racialismo cada vez más grotesco. Por ejemplo, esta semana leíamos que,
No pasa una semana sin un comentario racista de algún miembro de La Francia Insumisa. Hay que remontarse al Frente Nacional de los años 80 para encontrar un partido político tan obsesionado con el color de piel o la etnia. En unos diez años, la izquierda radical se ha convertido en el grupo político que más habla de «raza» en todo el panorama político francés.
Y ¿en España? Esteban Hernández da algunas claves en su último artículo. Citamos añadiendo algunas negritas.
En los últimos años, ha existido una creciente penetración de las ideas económicas de las derechas entre los jóvenes. Youtubers y podcasters han difundido visiones libertarias, a las que pretendían dar un aliento antisistema, que se convirtieron en populares en sectores de la población. Además, encajaban en un mundo individualista, centrado en el yo y cada vez con menos raíces. La idea que difundían, la de un triunfo rápido, sonaba bien a chavales que cada vez creen menos en el futuro. La secuencia que lleva desde la preparación y la formación hacia un trabajo cuyo salario merezca la pena es escasamente creída, y menos por buena parte de las generaciones jóvenes.
Sin embargo, esto no es más que la expresión de un sentimiento general que apunta en muchas más direcciones. El futuro como problema, en lugar de como esperanza, aparece en generaciones muy diferentes. Por supuesto, está presente en aquellas que tratan de entrar en el mercado laboral o que acaban de hacerlo, pero también entre los treintañeros que ven su progresión laboral estancada o en los cuarentañeros que han visto defraudadas sus expectativas y que comienzan a entender que nunca serán satisfechas. Este sentimiento es uno de los principales motores del descontento. Las encuestas señalan que esas generaciones votan cada vez más a la derecha. (...,)
En ambos terrenos, el generacional y el territorial, prima la búsqueda de enemigo. No hay visión de conjunto, de lo que se trata es de encontrar un chivo expiatorio al que responsabilizar de las disfunciones. No hay visión estructural, tampoco se tiene en cuenta la potencia del conjunto, lo que importa es señalar al otro.
El camino de salida pasa por la construcción de un «nosotros primero» que se asienta en la convicción de que hay que recuperar lo que nos pertenece porque, si se cuenta con los recursos suficientes, nosotros los sabremos gestionar mucho mejor que el gobierno nacional. La versión individualista se recompone en identidad individualista.
A vueltas con la esperanza
De nuevo llegamos a la clave para la formación de discursos decentes y útiles socialmente de aquí en adelante: desde dónde puede construirse esperanza en un marco de decadencia y sálvese quién pueda.
La cuestión es en qué se puede poner esperanza. El modelo europeo se ha dejado ajar país a país. Los servicios públicos básicos están en caída en todo el continente. Por la derecha se privatizan o cierran, mientras que por la izquierda -que ha abrazado el discurso de la justicia social como alternativa a la universalidad- se les reduce cada vez más a la categoría de recurso asistencial por la vía de los hechos. El mercado no es precisamente una luz brillante al final del tunel cuando la precarización va en alza, la edad de emancipación crece incluso en Gran Bretaña y Europa en su conjunto sufre una desindustrialización rampante. Y para rematar, la UE vuelve a las andadas de la austeridad pero, como decía esta semana alguien tan poco sospechoso de euroescepticismo como Pimentel , «quiere destinar más a defensa que al campo».
Apuntábamos entonces dos tendencias emergentes que no hay que dejar morir: la recuperación del territorio, es decir, la repoblación de las zonas rurales y la conquista del trabajo mediante cooperativas y otras formas de propiedad y emprendimiento de los trabajadores. Volveremos a ellas.
Para cerrar nuestro repaso de prensa de ésta semana sólo una reflexión: la esperanza colectiva no se construye desde la lírica sino desde la épica, no pide ironías posmodernas sino mostrar al común que debe tomarse lo común muy en serio. Y apostar por ello.